El Comité Central de Milicias
Antifascistas de Cataluña
y la situación de doble poder
en los primeros meses
de la guerra civil española
Enric Mompó.
Tesis doctoral leida el 8 de julio de 1994 en el Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona.
1.INTRODUCCIÓN.
La dualidad de poderes en las situaciones revolucionarias corresponde a períodos que han sido ampliamente estudiados por los clásicos del marxismo y por otros de distintos orígenes ideológicos. Ya en la revolución francesa encontramos configurados los dos poderes enfrentados, el de la monarquía absoluta, representante de la aristocracia y del Antiguo Régimen, y el de la Asamblea Constituyente, representante del poder de la burguesía revolucionaria, aliada al campesinado y al resto de las clases populares francesas. Entre los revolucionarios de la Comuna de París y el Versalles de Thiers. La dualidad de poderes volveremos a encontrarla de nuevo en todas las revoluciones del siglo XIX y también en el XX.
Las grandes revoluciones de nuestro siglo han aportado un impresionante caudal de datos y experiencias. Sin embargo, la revolución española presenta una paradoja singular. Es uno de los acontecimientos históricos sobre el que más se ha escrito y sin embargo, son escasos los trabajos que han estudiado a fondo la compleja dinámica de la dualidad de poderes.
1.1 OBJETO DE LA TESIS.
Hablar del período revolucionario caracterizado por la dualidad de poderes es algo complejo. Es importante analizar los factores que caracterizaron la situación, la espontaneidad del movimiento revolucionario, la formación de los organismos revolucionarios (los embriones del nuevo estado), la correlación de fuerzas entre los poderes enfrentados,...
Primero sería necesario encontrar una definición general que nos sirviera para delimitar, dentro del período revolucionario, la fase de la dualidad de poderes. Si nos atenemos a las palabras de Linón, un período revolucionario estaría caracterizado por una situación en la que las clases dominantes no pueden seguir gobernando como antes, mientras que las clases populares, por su parte, no quieren seguir viviendo como lo habían hecho hasta el momento. La fase de dualidad, en la que existiría una enfrentamiento larvado entre las autoridades tradicionales y el nuevo poder, sería la consecuencia de un todavía insuficiente grado de conciencia y de organización de los sectores revolucionarios (1).
Concretando, es necesario desmenuzar y analizar las diferentes características, propias de la revolución española para que podamos comprender su dinámica, su ascenso, madurez y declive, a través de la evolución de la dualidad de poderes existente.
Este trabajo ha sido dividido en tres grandes partes que responderían a tres períodos distintos de la revolución española. La primera parte corresponde al período prerrevolucionario (Abril-1931/Julio-1936). La República llegó, como no se han cansado de comentar historiadores, políticos y testimonios de la época, sin encontrar resistencia y sin derramar una gota de sangre. Por distintas razones, casi todas las clases sociales aclamaron la llegada de la República. Unos esperaban que el capital político y las esperanzas que acompañaban a la instauración de la República, serviría para abortar la radicalización de las clases trabajadoras y evitaría que las aspiraciones populares pudieran derivar hacia peligrosas situaciones revolucionarias. Otros, esperaban que la República solucionar definitivamente sus aspiraciones históricas, el hambre de la tierra, los derechos nacionales... Por otra parte, los republicanos pretendían nadar entre dos aguas, para conseguir sus objetivos de modernización del capitalismo español.
Sin embargo, el republicanismo era, a todas luces, inviable, en una época en la que el capitalismo en crisis amenazaba con romperse en sus eslabones más débiles. Cualquier intento de los gobiernos republicanos de izquierda para solucionar los problemas históricos que arrastraba el estado español, y que le impedían convertirse en una economía moderna, chocaban con los intereses de las clases privilegiadas, incluidos los de la burguesía industrial y financiera.
Cinco años después, el proyecto republicano estaba completamente agotado. Las pretendidas reformas se habían perdido en estériles debates parlamentarios. Las tímidas iniciativas adoptadas por el gobierno izquierdista (1931-1933) habían sido neutralizadas durante el bienio negro. En 1936, la República se habían convertido en un cascarón vacío que no representaba a casi nadie. Mientras las clases dominantes se volcaban cada vez a la solución militar para evitar el creciente peligro revolucionario, las clases populares experimentaban una radicalización cada vez mayor, frustradas por cinco años de inútiles esperas. Mientras tanto, las clases medias tendían a reagruparse en torno a los dos grandes polos sociales que se enfrentaban. El único capital político con el que seguían contando los políticos republicanos era el firme apoyo que estaban dispuestos a prestarles los dirigentes de las organizaciones obreras del Frente Popular.
Durante el período republicano, el movimiento obrero experimentó un fuerte proceso de radicalización, consecuencia de su decepción ante la experiencia republicana de los primeros años y por la amenaza fascista internacional que se presentaba con el ascenso de Hitler al poder en Alemania en 1933. La radicalización del movimiento obrero y del campesinado pobre quedó reflejada en las grandes movilizaciones protagonizadas por las dos centrales sindicales (CNT y UGT), en la insurrección de 1934, en el proceso de reagrupamiento de las Alianzas Obreras y en los debates sobre la construcción el partido revolucionario que debía dirigir la revolución que se avecinaba.
Estas experiencias incidieron profundamente en la conciencia del movimiento revolucionario y por lo tanto también en la forma y el contenido que adoptó la revolución. Todas estas cuestiones son de vital importancia para que podamos comprender la génesis de los comités y del resto de organismos que se encarnaron en la revolución española.
La segunda parte de nuestro trabajo estaría dividida en dos y correspondería a los primeros meses de la guerra civil. Exactamente, al período comprendido entre las jornadas de Julio y la integración del anarcosindicalismo en el aparato de Estado republicano. Esta parte equivaldría al ascenso y esplendor de la revolución y es también en este período donde situamos la dualidad de poderes. Sin embargo, nos gustaría destacar a priori una de las grandes originalidades de la revolución española. La dualidad, no se situaba entre las cenizas del gobierno republicano y la multitud de comités-gobierno (calificativo dado por Munis y que es el mejor que hemos encontrado, para explicar la verdadera naturaleza de estos organismos), sino entre estos últimos y los comités dirigentes de las organizaciones obreras del Frente Popular. El mismo Munis prefiere situar la verdadera dualidad de poderes tres meses después de haber estallado la revolución (2), para destacar el aplastante predominio del poder revolucionario frente a las ruinas del estado republicano.
Junto a los comités revolucionarios locales, creados por la iniciativa espontánea de los militantes obreros (los mismos que apoyaban a las autoridades republicanas) apareció toda una gran variedad de organismos que, bajo nombres distintos e incluso con tareas diferentes que encarnaron el poder revolucionario que acababa de nacer (Juntas territoriales, milicias, patrullas de control o de retaguardia, comités de empresa...). En este trabajo intentaremos analizar los procesos de formación de estos organismos, su composición interna, las formas de funcionamiento, la correlación de fuerzas que existían en su seno y también las relaciones con las autoridades republicanas y entre ellos mismos. Nos gustaría resaltar también el elevado grado de espontaneismo de la obra revolucionaria, como un factor que nos ayuda a comprender la naturaleza misma de la revolución española.
"No hay duda que la espontaneidad del movimiento es un indicio de su profundo arraigo en las masas, de la solidez de sus raíces, de su ineludibilidad" (3).
Intentaremos profundizar en el debate sobre la verdadera naturaleza de los diferentes tipos de organismos y sobre su supuesta (o no) esencia soviética o consejista.
También hemos considerado importante intercalar una serie de capítulos destinados a analizar las diferentes actitudes políticas de las organizaciones obreras (con respecto a la revolución española, a los comités, a las milicias, las colectivizaciones agrarias e industriales...). La postura de los diferentes grupos nos ayudará a entender las alianzas, en ocasiones aparentemente paradójicas, que se llevaron a cabo durante el proceso revolucionario.
Más arriba hemos planteado que esta segunda parte del trabajo estaría dividida a su vez, en dos partes. Efectivamente, nuestro estudio no abarca la revolución española en general, sino su impacto en Catalunya, territorio dentro de la llamada "zona republicana", donde el movimiento revolucionario adquirió mayor fuerza y profundidad. Por ese motivo, la parte principal se centraría en los organismos revolucionarios catalanes y especialmente en el Comité Central de Milicias Antifascistas de Catalunya. La otra parte nos servirá para encuadrar la revolución en Catalunya, dentro del contexto de la española. Limitar el estudio al territorio catalán impediría la comprensión del proceso. Hay que tener en cuenta que gran parte de los factores que influyeron en el proceso revolucionario en Catalunya, procedían del marco estatal en el que se estaba desarrollando el conflicto. He considerado imprescindible incluir algunos capítulos para analizar la reconstrucción del aparato estatal republicano y la sustitución del desprestigiado gobierno de Giral por un nuevo gabinete presidido por Largo Caballero. De esta manera, el proceso restaurador se vestía con su ropaje más izquierdista.
Con respecto al Comité Central de Milicias, hemos hecho un capítulo aparte que se iniciaría con su formación, consecuencia del choque del anarcosindicalismo con el reto del poder y que terminaría con su disolución tres meses después. Con el estudio del Comité Central hemos pretendido dilucidar su verdadera naturaleza del organismo en el que se desarrolló una parte importante del conflicto de poderes. Mientras la calle se encontraba en manos de los revolucionarios, en el seno del Comité Central se luchaba para que la balanza del poder se decantara finalmente a favor de una de las dos fracciones.
Tal como se ha indicado a menudo, el período de dualidad de poderes es siempre altamente inestable y no puede ser mantenido indefinidamente. La evolución del conflicto entre las distintas clases sociales tiene que resolverse inevitablemente a favor de una de otra. El triunfo en estas situaciones, no corresponde al grupo inicialmente más poderoso, sino al más clarividente, al que es capaz de definir y luchar mejor por sus objetivos. Dicho con otras palabras, el poder se decanta siempre hacia el grupo que está dispuesto a tomarlo en sus manos.
"Otra vez se vio confirmada una vieja regla de las revoluciones; la batalla debe ser llevada hasta el final, o caso contrario, mejor es no comenzarla" (4).
Con el análisis de la historia y de la obra del Comité Central de Milicias he intentado hacer más comprensible el proceso dialéctico en el que se encontraba inmerso este organismo, que se convirtió en el poder indiscutible e indiscutido de Catalunya, desplazando al impotente gobierno de la Generalitat de Companys. También en este caso me ha parecido interesante y necesario introducir un capítulo destinado a analizar las diferentes opciones políticas que pugnaban en su seno.
"El poder, al igual que la naturaleza, aborrece el vacío. Tanto más en el crisol de una guerra civil, que es la política de la lucha de clases elevada al extremo de conflicto armado. La mayor parte de los medios de producción se hallaban en manos de la clase obrera catalana, pero el poder político se encontraba atomizado en una miríada de comités: compartido, aunque desigualmente, en Barcelona entre el Comité de Milícies Antifeixistes y la Generalitat; dividido dentro del mismo comité; dividido también entre éste y otros comités de Catalunya; dividido entre Catalunya y Madrid. Semejante poder dual (si no múltiple) que era normal en una revolución no acabada, no podía permanecer estático" (6).
Finalmente este estudio consta de una tercera parte que estudia las consecuencias de la integración del anarquismo y del poumismo en las instituciones republicanas. Analizaremos el proceso de decadencia de la revolución. Una vez rota la situación de doble poder en favor de la restauración de la República, los comités revolucionarios, las patrullas de retaguardia, las milicias y las colectivizaciones empezaron a ser disueltas inexorablemente. Sin la existencia de una organización que estuviera dispuesta a responder al resto de la toma del poder, la revolución estaba condenada sin remedio. Desde este punto de vista, podríamos hablar de que la revolución española fue una revolución huérfana.
A lo largo del trabajo podremos observar la creciente escisión entre el instinto y la conciencia de los trabajadores revolucionarios y los cuadros dirigentes de sus organizaciones. Los primeros veían como, poco a poco, sus más preciadas conquistas se les escapaban de las manos. Los segundos, asustados frente a la responsabilidad de la toma del poder, sin el más mínimo programa adecuado para enfrentarse a la complejidad de la situación, se enmarañaban cada vez más en una política de compromisos que debilitaba la revolución.
Desde un punto de vista convencional, el punto de partida de la decadencia revolucionaria se iniciaría con la disolución del Comité Central de Milicias de Catalunya (a finales de septiembre) y terminaría en las jornadas de mayo del año siguiente. La integración del anarcosindicalismo y del poumismo en el gobierno de concentración de la Generalitat sería la señal. Pocas semanas después, el 4 de noviembre, la CNT aceptaba integrarse sin condiciones en el segundo gabinete de Largo Caballero.
Sin embargo, no puede tampoco hablarse de que el declive revolucionario fuera un camino de rosas para la contrarrevolución republicana. Durante los siete meses siguientes, la inmensa energía de la revolución se haría sentir. Una cosa era decretar la disolución de los comités locales, de las patrullas y de las milicias y otra llevarlo a la práctica. Una cantidad importante de los organismos que habían surgido al calor de la revolución de julio, sobrevivieron tozudamente hasta después de las jornadas de mayo barcelonesas, sin que las autoridades republicanas tuvieran la suficiente fuerza para disolverlas.
A pesar de las grandes resistencias, la revolución tenía bloqueado el camino. Su orfandad política le impedía superar el estadio de la dispersión para fundirse en un solo cuerpo que unificase todas las energías que había desatado la revolución. En la historia, y más todavía en la historia de las revoluciones, nada permanece, nada se mantiene estático, lo que no avanza retrocede. Y esto es lo que ocurrió con las utopías anarcosindicalistas de posponer su desenlace para después de la contienda.
"Habiéndose detenido los comités gobierno en el ejercicio local del poder, no aceptando a encadenarse en un sistema de gobierno único y general, la revolución quedó incompleta, dejó de cerrar su círculo de adquisiciones, y sus enemigos encontraron un respiro y condiciones para confabularse contra ella... si los comités revolucionarios no se constituían en base de un nuevo estado y un nuevo gobierno, forzosamente darían ocasión a la reconstitución del estado y el gobierno capitalista" (5).
Las jornadas de mayo barcelonesas, sean cuales fueran sus causas y su interpretación, fueron la última oportunidad de la revolución. La derrota que supuso el desenlace de este enfrentamiento supondría el golpe definitivo. A partir de este punto quedaba demostrado ante los partidarios y los adversarios de la revolución que ésta estaba herida de muerte. Si en aquellos momentos, alguien continuó creyendo lo contrario, pronto la realidad iba a desengañarlo. La CNT quedaría desarbolada definitivamente; el POUM sería ilegalizado, juzgado y perseguido; su primer dirigente, el revolucionario Andreu Nin, torturado y asesinado por orden de Stalin. Con las jornadas de mayo se desataría una verdadera orgía de sangre contra los revolucionarios que no terminaría hasta el final de la guerra. El mismo Largo Caballero, acabaría siendo una víctima del proceso contrarrevolucionario que él mismo había desencadenado desde el gobierno; a pesar de su oportunismo, el máximo dirigente de la Izquierda Socialista, era un obstáculo para los planes de liquidación total del movimiento revolucionario (Largo Caballero se opondría a la persecución del POUM).
Para concluir el pequeño resumen de los objetivos de este trabajo, me gustaría resaltar, una vez más, la idea de la orfandad política de la revolución española. Mientras los trabajadores socialistas, libertarios, comunistas, poumistas, o sin afiliación, realizaban por su propia cuenta y riesgo lo que ellos entendían por revolución (formación de comités, marginación de las viejas autoridades, colectivización y socialización de la economía, creación de milicias...), los cuadros dirigentes, por diferentes motivos, se negaban a llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias y preferían posponer su desenlace hasta el final de la guerra (o hasta un futuro indeterminado). Este hecho es de crucial importancia para entender las características de la revolución española. También nos ayudará a comprender las virtudes y las limitaciones que supuso el fenómeno del espontaneísmo de los trabajadores en una situación revolucionaria como aquella.
1.2 METODOLOGÍA.
Fuentes utilizadas.
El material utilizado para el estudio del Comité Central de Milicias y la situación de doble poder en los primeros meses de la guerra y de la revolución en Catalunya ha sido obligatoriamente muy variado. Queremos resaltar una laguna que consideramos importante, la falta de un trabajo de historia oral sobre el tema de estudio. Los principales testimonios de la vida interna del Comité Central de Milicias han fallecido todos o casi todos. Por lo tanto el estudio ha tenido que centrarse en otros trabajos, ya realizados con anterioridad por otros autores. Vale la pena dividir los trabajos que corresponden a testimonios directos de la guerra y de la revolución, y los estudios hechos posteriormente por los historiadores. En la mayoría de los casos estos trabajos solo aportan una visión fugaz del desarrollo de la situación revolucionaria y de la dualidad (o pluralidad) de poderes.
Hemos utilizado la prensa de la época como una de las fuentes de información. Hemos limitado el estudio a la prensa catalana y a un número representativo de periódicos (uno o dos publicaciones de cada una de las fuerzas políticas protagonistas de los acontecimientos).
También hemos seleccionado algunos documentos de la época, folletos, publicaciones de empresas colectivizadas, octavillas, informes e incluso algunas actas fragmentarias de algunas comisiones de trabajo del Comité Central de Milicias o del primer gobierno de concentración de la Generalitat de Catalunya.
Finalmente me gustaría resaltar el largo e infructuoso trabajo de investigación realizado, en busca del documento que tenía que constituir la piedra angular de este trabajo: El libro de actas del Comité Central de Milicias Antifascistas de Catalunya. Estoy convencido que el hallazgo futuro de este valioso documento ayudará a comprender muchas facetas que todavía se encuentran a oscuras de la historia de este organismo que sustituyó durante algunos meses el poder del gobierno de la Generalitat.
La búsqueda de este documento nos llevó a buscar en diferentes archivos. Indagamos en el Archivo Histórico Nacional de la Guerra Civil que se encuentra en la ciudad de Salamanca. También investigamos en otros centros como el Arxiu Nacional de Catalunya o el Archivo Histórico de la ciudad de Barcelona (Casa de l'Ardiaca). En cambio resultaron infructuosas todas las gestiones que se hicieron para entrar en el Arxiu Tarradellas situado en el Monasterio de Santa María de Poblet (Tarragona). Sin lugar a dudas, el estudio del material que allí se encuentra habría sido especialmente valioso para este trabajo. Los archivos particulares del dirigente nacionalista catalán, Josep Tarradellas, miembro destacado del Comité Central de Milicias, se encuentran en este centro.
También investigamos en el archivo particular de Diego Abad de Santillán, situado en la Biblioteca Arus, con la esperanza que encontraríamos algún material referente al período revolucionario. Desgraciadamente no fue así. La casi totalidad de los documentos que estudiamos pertenecían al período del exilio y respondían en su mayor parte a la correspondencia mantenida por su amigo José Herrera con diferentes grupos y militantes anarcosindicalistas. Sería muy importante poder averiguar donde está el resto de los archivos de uno de los dirigentes libertarios en el Comité Central de Milicias. Hicimos una fugaz incursión en el Centre d'Estudis Històrics Internacionals (CEHI), donde su director, Jordi Planas, muy amablemente nos informó de que en dicho centro no existía ningún material procedente directamente del Comité Central de Milicias, pero nos facilitó una copia de las memorias manuscritas de Felipe Díaz Sandino.
También enviamos cartas a destacados investigadores del tema de la guerra civil española, como Rudolf de Jong, responsable del International Institut voor Sociale Geschiedenis, asociación que mantiene uno de los mejores archivos sobre el anarcosindicalismo español. Rudolf de Jong también nos comentó que a pesar de la gran cantidad de material que posee el Instituto, no se encuentra en él, ningún ejemplar del libro de Actas del Comité Central de Milicias. La misma suerte tuvimos con Pierre Broué, quién nos informó que a lo largo de su dilatada investigación sobre la guerra y la revolución españolas no había encontrado ni rastro del libro.
Algunos investigadores, como Abel Paz han llegado a poner en duda (en una conversación que sostuvimos con él) que este documento hubiera existido alguna vez. Pese a los pobres resultados que obtuvimos en la investigación nos parece infundada la afirmación de Abel Paz. Resulta evidente que un organismo que se convirtió en la cúspide de la pirámide del poder en Catalunya, desplazando a la Generalitat, y que publicaba sus acuerdos en la prensa diaria, tenía que tener un registro donde quedaran reflejados los debates, las diferencias y los acuerdos conseguidos. Sin embargo, al desenlace del conflicto, la huida de los derrotados y el duro exilio (en una Europa que estaba en vísperas de la Segunda Guerra Mundial) son factores que explican que gran parte del material histórico desapareciera y no haya sido encontrado hasta el momento actual.
Finalmente, me gustaría comentar que las últimas pistas que conseguí sobre el paradero de dicho documento, apuntan hacia los archivos del Kremlin. Efectivamente, parece ser que, apenas terminada la guerra, una importante cantidad de material de la CNT fue vista en un vagón de tren en Checoslovaquia, que parecía dirigirse hacia la U.R.S.S.. En cualquier caso, la verosimilitud o no de estos datos, tendrá que ser averiguada por los futuros investigadores.
1.2.1 Bibliografía utilizada.
En este apartado no pretendemos hacer una síntesis de la extensísima obra bibliográfica que se ha llegado a publicar sobre la guerra y la revolución española. Nos limitaremos a hacer un escueto comentario orientativo de algunos de los libros a los que hemos tenido acceso y que hemos podido consultar. Con esto no pretendemos agraviar a la multitud de estudios y de publicaciones que no hemos llegado a seleccionar. Sin lugar a dudas hay cientos de trabajos excelentes que no hemos utilizado. Estamos convencidos de que se nos han escapado muchas obras que hubieran enriquecido decisivamente el contenido de nuestro trabajo. El criterio de selección ha sido en ocasiones empírico. Había que llenar las frecuentes lagunas e interrogantes que surgían a medida que el estudio iba tomando cuerpo. Con frecuencia, hemos utilizado un material, y no otro, simplemente porque era accesible y otro en cambio presentaba dificultades importantes para poderlo abordar. Por esta razón, se nos han escapado gran cantidad de documentos que nos habrían facilitado valiosas informaciones. No hemos despreciado ninguna obra, por escasa que nos pudiera parecer a priori, la información contenida en él. En ocasiones nos hemos encontrado con sorpresas. Trabajos que prometían ser de escaso interés, nos han aportado datos o reflexiones importantes. Sin embargo, la mayor parte del material utilizado lo ha sido, después de una previa y cuidada selección entre la multitud de trabajos que podíamos consultar.
Con este breve capítulo que iniciamos no pretendemos analizar, una por una, todas las obras consultadas Tampoco hacer un extenso comentario sobre ellas. Un trabajo de esta clase se convertiría en otra tesis doctoral y no forma parte de nuestros objetivos. El criterio que hemos preferido seguir, finalmente, ha sido el de escoger los trabajos en los que hemos encontrado mayor cantidad de material específico para el tema que nos ocupa (del de la dualidad de poderes).
Los comentarios que realizaremos, no se referirán al grado de acuerdo o desacuerdo que podamos tener con el autor de cada obra, sino que los relacionaremos con el grado de información que nos ha facilitado en nuestro trabajo.
Me gustaría empezar hablando de la visión global de la guerra civil española, refiriéndome a uno de los estudios más conocidos sobre el tema: El trabajo de Gabriel Jackson "La República española y la guerra civil". Este libro constituye un excelente estudio general sobre los años de la República y de la guerra. Sin embargo, como el resto de los estudios de carácter "liberal" que se han hecho sobre este período histórico, tiende a minusvalorar el fenómeno revolucionario, en aras de lo institucional o de lo militar. La temática de la dualidad de poderes en el territorio "republicano" apenas está esbozada y no existe una seria profundización en la revolución. Muy similares son los comentarios que podríamos hacer sobre el trabajo de Stanley G.Payne "La revolución y la guerra civil española", de Hugh Thomas "La guerra civil española", o de Raymond Carr "La tragedia española". La tónica dominante en todos esos trabajos es la de persistir en la idea de que el conflicto era entre la democracia republicana y la sublevación militar fascista.
Contrastando con la escuela liberal y desde una perspectiva claramente marxista, Pierre Broué y Émile Témine han escrito "La revolución y la guerra de España" que constituye un verdadero clásico. El trabajo analiza en profundidad las causas que llevaron al estallido de la guerra y la revolución, así como los cambios sociales, políticos y económicos que se produjeron a raíz de las jornadas de julio. Broué y Témine describen las características que fue adoptando la revolución (comités revolucionarios, Juntas territoriales, milicias, colectividades). Sin embargo adolece de las limitaciones que conlleva cualquier obra de carácter general: la extensión del trabajo impide extenderse en otras cuestiones (que en este caso son las que nos interesan). Posteriormente Pierre Broué escribió otra síntesis global de similares características "La revolución española" (1931-1939).
Como obras globalizadoras que intentan analizar las causas, el ascenso, esplendor y declive de la revolución vale la pena citar otra obra, la de Grandizo Munis "Jalones de derrota, promesas de victoria", mexicano de nacimiento y dirigente de uno de los pequeños grupos trotskistas que existieron al margen del POUM. La obra de Munis es excelente, aunque por desgracia resulta poco y mal conocida. Una de sus características más interesantes es el hecho de que el autor haya sido también protagonista de los acontecimientos. El trabajo constituye un exhaustivo análisis de las causas y de las circunstancias en las que se desarrolló la revolución española, desde la instauración de la República hasta la victoria final franquista.
Consideramos también imprescindible la lectura de los análisis que León Trotsky, primero desde Suecia y después desde México, realizó sobre la revolución española. A pesar de las grandes limitaciones informativas con las que se encontró, el valor inigualable de los análisis de Trotsky reside en la profunda experiencia que éste tenía de la revolución rusa de 1917. Los trabajos que han reunido el material mencionado son, "La revolución española", recopilada y comentada por Pierre Broué en dos tomos y la selección más reducida "Escritos sobre España".
Para estudiar en profundidad el período prerrevolucionario hemos creído importante destacar algunos trabajos que están centrados en aspectos políticos o ideológicos, o bien en acontecimientos históricos determinados. Merece destacarse la brillante obra de Santos Juliá "La izquierda del PSOE" (1935-1936). La obra aclara muchos aspectos poco conocidos de la evolución de la corriente caballerista del Partido Socialista. A menudo, durante la guerra y la revolución, encontraremos aspectos aparentemente contradictorios en la política de la Izquierda Socialista. Santos Juliá lo ha calificado muy acertadamente como "reformismo radical". El estudio de la naturaleza de esta corriente política nos ayudará a explicar la enorme ductilidad política que mantuvo durante toda su existencia, frente a la presión de grupos más pequeños, pero ideológicamente más coherentes y audaces.
Hay dos hechos que hemos considerado imprescindibles en el período, para explicar las características que posteriormente adoptó la guerra y la revolución: las Alianzas Obreras y la insurrección de Octubre de 1934. Ambas cuestiones están fuertemente vinculadas. Para entender las circunstancias en las que se formaron y desarrollaron las Alianzas Obreras es importante tener en cuenta la obra de Joaquín Maurín "Revolución y contrarrevolución en España". Maurín fue el principal dirigente del BOC, uno de los grupos que impulsaron las Alianzas Obreras y que protagonizaron la insurrección de 1934. También vale la pena citar las obras de Manuel Grossi Mier "La insurrección de Asturias" y de N. Molins i Fábrega "UHP. La insurrección proletaria de Asturias". Grossi, militante destacado del BOC, fue protagonista directo de la insurrección de Asturias y tras la derrota, detenido y condenado a muerte, de la que se salvó con la amnistía de 1936; Molins, periodista revolucionario catalán que formaba parte del periódico nacionalista "La Humanitat", se trasladó a la región asturiana para poder denunciar la verdad de los acontecimientos y de la despiadada represión posterior.
Existe también una recopilación "Octubre 1934" que recoge numerosos trabajos sobre el tema, procedentes de las más variadas tendencias ideológicas. Finalmente vale la pena destacar también el trabajo de Adrián Shubert "Hacia la revolución", que analiza en profundidad las causas de la radicalización obrera en Asturias, región donde los enfrentamientos alcanzaron el grado insurreccional. Sin ningún tipo de dudas podemos hablar de la experiencia asturiana, como el reflejo de lo que iba a ser, poco después, la revolución española.
Durante la guerra y en pleno proceso revolucionario, teniendo en cuenta el escaso peso político del republicanismo en la confrontación, nos hemos limitado a recoger la recopilación de once artículos escritos por Manuel Azaña "Causas de la guerra de España". Estos artículos pueden ayudarnos a comprender algunos aspectos poco comprendidos de la guerra civil (como el del decreto de disolución de las fuerzas sublevadas...) y la tragedia de unos dirigentes políticos que habían sido desplazados por otras fuerzas.
Con respecto a las diferentes fracciones en las que se encontraba dividido el Partido Socialista hemos utilizado el trabajo autobiográfico de Juan Simeón Vidarte (socialista moderado) "Todos fuimos culpables" y la recopilación de artículos de Luis Araquistain (Izquierda Socialista) "Sobre la guerra civil y en la emigración". Ambos trabajos suministran información lateral al trabajo que aquí nos ocupa, pero no por ello menos importante a la hora de completar el cuadro político de la revolución española.
La inexistencia del Partido Socialista en Catalunya no impidió que esta organización no tuviera un peso decisivo en la evolución de los acontecimientos revolucionarios en toda la zona republicana (y por lo tanto, también en Catalunya).
La bibliografía vinculada a los partidos comunistas oficiales (PCE y PSUC) es especialmente abundante. Sin embargo, la mayor parte de ella tiene escaso interés para nuestro trabajo, salvo en lo que respecta a conocer sus tesis políticas (y también de la Komintern y del estalinismo internacional. Con esta orientación hemos seleccionado algunos trabajos que consideramos representativos, como el de Manuel B. Benavides "Guerra y revolución en Cataluña", o el de Joaquín Almendros "Situaciones españolas 1936/1939. El PSUC en la guerra civil". El valor histórico del libro de Benavides es muy reducido, salvo para conocer la mitología estalinista en la revolución española. Deja mucho que desear en lo que respecta a su objetividad. El trabajo de Joaquín Almendros merece destacarse por dos cuestiones: el autor fue Secretario Militar del PSUC durante el período revolucionario de la guerra civil (facilita importante información sobre la política militar del partido: milicias, expedición a Mallorca...) y el hecho de que procediera de la disuelta Federación catalana del PSOE (presenta diferencias en lo que respecta a la visión oficial del partido). Ya dentro de la investigación moderna vale la pena resaltar la obra de Miquel Caminal, "Joan Comorera", minucioso trabajo biográfico de la vida del máximo dirigente del PSUC. Caminal ha hecho un excelente trabajo de investigación, a partir de la prensa partidaria y de la documentación interna del PSUC.
Existen también otros trabajos que han centrado sus investigaciones en la política comunista dentro de la revolución española, y que han ayudado a explicar la aparente paradoja de como un partido obrero, que se autoconsideraba heredero de la tradición bolchevique en el estado español, acabó convirtiéndose en el gran abanderado de la restauración republicana. Burnett Bolloten ha publicado dos trabajos que se han convertido en dos clásicos del tema: "El gran engaño" y lo que sería su revisión y ampliación posterior, "La revolución española". El estudio de Bolloten aborda la actuación del PCE y del PSUC contra la revolución de los comités. A medida que la revolución iría retrocediendo, el anarcosindicalismo y el socialismo de izquierdas irían declinando, para dar paso al formidable aparato comunista oficial, que parecía ser el gran vencedor de la contrarrevolución republicana. Bolloten facilita gran cantidad de datos y de documentación sobre las tácticas de infiltración y de proselitismo de los partidos comunistas en el resto de las organizaciones obreras y en el recién construido aparato de estado republicano.
Joan Estruch ha realizado una buena síntesis crítica de la historia del PCE: "Historia del PCE". Sin embargo, su obra adolece de los defectos forzosos que tienen la mayor parte de los trabajos que abarcan extensos períodos de tiempo. La buena síntesis de Estruch, le impide entrar con mayor profundidad en los períodos históricos estudiados.
Sin embargo es el trabajo de Claudín "La crisis del Movimiento Comunista" el que nos ha merecido mayor interés. Claudín ha hecho un soberbio trabajo de crítica de la degeneración estalinista de la III Internacional. De la misma manera que Estruch, la extensión de su obra le impide entrar con mayor profundidad en el tema que aquí nos interesa. Sin embargo, no hay que olvidar que Claudín fue un privilegiado protagonista de la actividad política de la sección española de la Komintern (primero fue dirigente de las UJC, y después de las JSU). Por sus vivencias personales, la obra de Claudín refleja una singular profundidad en sus análisis, intentando mantener una objetividad que les resulta difícil a aquellos que son juez y parte en un acontecimiento histórico.
Finalmente me gustaría mencionar dos trabajos que han aportado importantes datos para comprender el papel del PCE y del PSUC en la guerra y en la revolución española. E.H. Carr con "La Komintern y la guerra civil española" y la reciente obra de Pierre Broué (todavía no ha sido traducida) "Staline et la Révolution (le cas espagnol 1936-1939)". Ambos trabajos aportan un caudal impresionante de datos sobre las necesidades de la política estalinista internacional y la forma en la que éstas se tradujeron en la revolución española, a través de la correa de transmisión que eran las secciones nacionales de la Komintern.
También el anarcosindicalismo ha aportado un gran caudal de trabajos sobre la revolución española. Algunos tienen un importante valor histórico, otros por el contrario, aportan muy poco, y no pasan de la actitudes propagandísticas de la obra literaria. Es destacable que, prácticamente todos ellos están centrados en el papel que jugó la CNT en el período revolucionario. Esta característica de los estudios libertarios es comprensible, si nos atenemos al papel de primer orden que jugó el anarcosindicalismo en la revolución española. Unos trabajos se han orientado a hacer un balance, a veces favorable, a veces crítico (varía el radicalismo de las críticas) de la línea que aplicaron la CNT y la FAI. Otros han trabajado las extraordinarias realizaciones que llevó a cabo el movimiento revolucionario.
En lo que respecta a los estudios sobre la trayectoria del anarcosindicalismo hemos escogido algunos títulos (debido a la gran cantidad de obras existentes) que hemos considerado suficientemente representativos de las diferentes ópticas que se han desarrollado en el seno del movimiento libertario. Cesar M. Lorenzo en "Los anarquistas españoles y el poder" ha realizado una síntesis de la historia del anarcosindicalismo español desde sus orígenes hasta 1969, en plena decadencia del franquismo. En su obra queda resaltado el período revolucionario de la guerra civil, en la que el anarcosindicalismo fue puesto a prueba por los acontecimientos. José Peirats ha realizado dos obras excelentemente documentadas: "La CNT en la revolución española" y "Los anarquistas en la crisis política española". El primero se trata de una extensa y bien documentada obra de tres tomos, en los que el autor realiza un balance de los aciertos y errores del anarcosindicalismo durante la revolución española. El segundo trabajo se trataría de una obra menor, con los mismos objetivos que la primera. La gran obra de Peirats queda enriquecida por la experiencia del autor en el seno de los órganos dirigentes del anarquismo español. Otro trabajo digno de ser mencionado es el realizado por Vernon Richards "Enseñanzas de la revolución española". El autor enfoca su estudio desde una óptica claramente crítica de la línea colaboracionista que había adoptado la dirección cenetista. Tal como se indica en la introducción, el trabajo de Vernon Richards está considerado en algunos aspectos, como un complemento de la obra de Peirats, pero en otros va mucho más allá en la crítica. El trabajo de Richards se sitúa en posiciones muy cercanas a las defendidas en su momento por el italiano Camilo Berneri (del que hablaremos más abajo). Otro de los trabajos críticos de la línea oficial cenetista es el que fue llevado a cabo por Carlos Semprún-Maura, "Revolución y contrarrevolución en Cataluña (1936-1937)".
Dentro de la multitud de trabajos que se han realizado dentro del movimiento anarcosindicalista hemos considerado imprescindible hablar de la autobiografía realizada por Juan García Oliver, "El eco de los pasos". Sin duda alguna, el autor fue uno de los líderes libertarios más capaces de la CNT. Su trabajo aporta una gran cantidad de datos y de opiniones que han resultado de primera importancia para nuestro estudio, especialmente en lo que respecta a la historia del Comité Central de Milicias. Sin embargo, la obra de García Oliver adolece de una grave limitación. La misma que tienen todos los trabajos autobiográficos de personajes que han jugado un importante papel en los acontecimientos, interpreta la (su) historia desde una óptica claramente autoexculpatoria. Junto al trabajo de García Oliver hay que situar el realizado por Abel Paz, "Durruti, el proletariado en armas". Aunque la obra del historiador libertario está centrada en la vida del revolucionario español, el trabajo queda perfectamente enmarcado en el cuadro histórico de la revolución. También la obra de Diego Abad de Santillán, "Por qué perdimos la guerra" aporta una gran cantidad de datos sobre la tragedia del anarcosindicalismo español. De la misma forma que la de Juan García Oliver, la obra de Abad de Santillán tiene el especial valor de recoger las memorias de personajes que estuvieron en el centro de los acontecimientos. También es importante destacar la recopilación de trabajos de Abad de Santillán, "El anarquismo y la revolución en España". Esta obra recoge una buena cantidad de artículos de prensa escritos por el líder libertario durante los años del proceso revolucionario, es decir desde la instauración de la República hasta su liquidación. No podía faltar tampoco la selección de trabajos de Camilo Berneri, "Guerra de clases en españa (1936-1937)" extraídos del periódico que él mismo dirigía <<Guerra di classe>>. No hay que olvidar que el periódico italiano editado en Barcelona se convirtió, durante los meses de su existencia, en uno de los órganos más coherentes de la oposición anticolaboracionista de la CNT.
Mención aparte merece la obra del historiador demócrata norteamericano John Brademas, "Anarcosindicalismo y revolución en España". La obra aborda la evolución de la CNT desde la caída de la dictadura del general Primo de Rivera y de la monarquía, hasta el desenlace de las jornadas barcelonesas de mayo de 1937.
En el estudio del poumismo hemos seleccionado algunas obras que hemos considerado imprescindibles para comprender su papel en la revolución española y su evolución política. En el período prerrevolucionario (aunque sea un trabajo colateral para nuestro estudio), Pelai Pagés realizó una magnífica investigación sobre la historia de la Izquierda Comunista Española, uno de los grupos que formó el POUM, "El movimiento trotskista en España (1930-1935)". Francesc Bonamusa, ha realizado también un trabajo similar pero centrándose en la vida política de Andreu Nin, el principal dirigente de la ICE y colíder del POUM junto a su amigo personal Joaquín Maurín, "Andreu Nin y el movimiento comunista en España (1930-1937)". En lo que respecta a las recopilaciones de trabajos y artículos, existen varias obras de similares características. Relacionados con Nin están, "Los problemas de la revolución española", "La revolución española", "Por la unificación marxista" y con Juan Andrade, "La revolución española, día a día". Victor Alba, historiador y antiguo militante del POUM ha realizado varios trabajos, entre ellos "La revolución española en la práctica", que reúne un conjunto de documentos políticos, representativos de la línea del partido.
No menos importantes han sido los testimonios "independientes", realizados por extranjeros que estuvieron inmersos en la guerra y en la revolución española. En primer lugar hay que hablar de George Orwell (seudónimo del escritor británico, Eric Blair), "Homenaje a Cataluña", en la que el autor relata sus experiencias como combatiente internacionalista en las milicias del POUM del frente de Aragón. La obra de Orwell tiene un especial interés, si tenemos en cuenta que la defensa que hace de las milicias, no es como teórico, sino después de haber vivido la experiencia como combatiente. Existe otro libro menor "mi guerra civil española", que reúne la correspondencia de Orwell, relacionada con sus vivencias en España.
Una nota especial merece el magnífico trabajo de historia oral, realizado por Ronald Fraser, "Recuérdalo tú y recuérdalo a otros". El extenso estudio, reunido en dos tomos, aporta gran cantidad de testimonios (más de 300 entrevistas) sobre lo que fue el movimiento revolucionario. Gerald Brenan en, "El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil", realiza una profunda reflexión sobre las causas de la contienda, y también de las fuerzas sociales que la protagonizaron. El trabajo de Brenan termina en las puertas de la guerra civil, pero resulta imprescindible para comprender su evolución y desenlace. Un excelente trabajo periodístico de la época es el realizado por Kaminski, "los de Barcelona", y que se aborda principalmente en el proceso revolucionario en Catalunya. El aire "periodístico" de la obra y el hecho de que ésta estuviera acabada antes de finalizar la guerra civil, no le impidió a Kaminski darle una especial profundidad. También tiene un valor excepcional la obra de Franz Borkenau, "El reñidero español", un excelente estudio que, como el trabajo de Brenan, fue publicado antes de que finalizara la contienda. El mismo Brenan ha calificado esta obra como uno de los mejores libros que jamás han llegado a publicarse sobre la guerra y la revolución españolas.
El número de trabajos realizados sobre las colectivizaciones es ingente. Por ese motivo y debido a que gran parte de ese material tiene un contenido propagandístico, pero en ocasiones escaso valor histórico hemos preferido seleccionar algunos de ellos. Desde la óptica libertaria vale la pena citar el trabajo realizado por A.Souchy y P.Folgare, "Colectivizaciones", que estudia el profundo fenómeno colectivista tanto en el campo, como en las ciudades (industrias, servicios). La obra está enriquecida con numerosos ejemplos sobre el funcionamiento de las empresas colectivizadas. Existe una pequeña y valiosa recopilación de artículos, que se ha dirigido hacia el fenómeno colectivizador en el campo, "Las colectividades campesinas". Esta reunión de trabajos y de documentos se extiende a toda la zona republicana, y permite comparar las experiencia en zonas tan alejadas y distintas como puede ser Catalunya, Aragón, Cuenca o Ciudad Real. Desde una óptica no libertaria, encontramos el trabajo de Albert Pérez Baró "30 meses de colectivismo en Cataluña". Esta obra se centra en el régimen colectivista urbano, pero se centra excesivamente en la parte jurídica, por lo que le resta interés para nuestro trabajo. Finalmente merece que destaquemos una de las obras que constituye una de las últimas investigaciones que se han realizado sobre las colectivizaciones, "Colectividades y revolución social" de Walther Bernecker. La obra se centra principalmente en el anarcosindicalismo, organización que representó la columna vertebral del movimiento colectivizador en toda la zona republicana.
Otro tema que hemos abordado es el de las milicias revolucionarias, su formación, características, funcionamiento, su evolución y declive hasta dejar paso al Ejército Popular de la República. Dejando aparte los comentarios hechos más arriba sobre la obra de Orwell, creemos importante destacar la obra de Manuel Cruells, "De les milícies a l'Exèrcit Popular a Catalunya" y la realizada por Michael Alpert "El ejército republicano en la guerra civil". El primero es un excelente estudio sobre el proceso de restauración republicana que en el orden militar quedó reflejado en el declive de las milicias y en la formación de un nuevo ejército de viejo estilo. El segundo traza la evolución histórica de la revolución, desde el punto de vista militar, desde las organizaciones paramilitares durante la república, la formación de las milicias y el Ejército Popular. Alpert hace una buena y detallada descripción de los mecanismos del ejército republicano (oficiales, comisarios).
También queremos mencionar un par de trabajos que se han realizado sobre sucesos de mayo de 1937 en Barcelona. Ambos trabajos arrojan luz en la polémica sobre la interpretación de estos acontecimientos que marcaron el final del proceso revolucionario español. Nos referimos a la pequeña recopilación de artículos de prensa, documentos y octavillas realizado por Frank Mintz y Miguel Peciña "Los amigos de Durruti, los trotskistas y los sucesos de mayo" y también al más reciente trabajo "Los sucesos de mayo de 1937. Una revolución en la República". Este último trabajo reúne las colaboraciones de varios historiadores, Eduardo de Guzmán, Gutierrez Alvarez, Pierre Broué, Franz Mintz, Pelai Pagés, Wilebaldo Dolano..., y que constituye una de las últimas interpretaciones sobre los hechos mencionados.
1.2.2 Periódicos y revistas utilizadas.
El criterio de selección de la prensa que hemos utilizado ha sido el de escoger una publicación representativa de cada una de las fuerzas políticas que participaron en el proceso revolucionario en Catalunya. Por lo tanto, hemos tenido que excluir (salvo en cuestiones puntuales) la prensa estatal (Claridad, Mundo Obrero, El Socialista...).
Relacionado con el republicanismo izquierdista, catalanista, hemos escogido el periódico "La Humanitat". Este diario, fundado por el mismo Lluís Companys, era considerado el portavoz de la Esquerra Republicana de Catalunya y también del gobierno de la Generalitat.
Apenas terminados los combates callejeros de julio, en Barcelona se creaba el Partido Socialista Unificado de Catalunya. Con la aparición del PSUC también se iniciaba la publicación de su órgano de prensa, "Treball".
La prensa anarcosindicalista ha estado representada en nuestro trabajo por la tradicional "Solidaridad Obrera". Sin embargo, nos ha parecido necesario representar a la oposición anticolaboracionista de la CNT en el periódico editado por el revolucionario italiano Camilo Berneri, "Guerra di classe". Este periódico fue publicado entre los meses de octubre de 1936 y mayo de 1937. Berneri sería asesinado a principios de este mes, durante la revuelta barcelonesa. Después de su muerte, el periódico dejaría de publicarse. La brillantez y la coherencia de los artículos de Berneri ha sido un motivo más que suficiente para ser elegido en nuestro trabajo.
Con respecto al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), hemos considerado suficiente el estudio de "La Batalla", el órgano de prensa principal del partido. De la misma manera que la prensa del PSUC, "La Batalla" inició su publicación al calor de la revolución que acababa de estallar.
También hemos considerado necesario incluir los trabajos relacionados con el tema, y que han sido publicados en revistas más recientes. La colección "Cuadernos de Ruedo Ibérico" (66 números editados en 39 revistas, entre junio de 1965 y diciembre de 1979). La publicación, órgano del grupo editor del mismo nombre, fue durante el último periódico de la dictadura, una de las principales tribunas de la oposición antifranquista. En sus números hay una extensa colección de trabajos de numerosos políticos, historiadores y escritores (Juan Martínez Alier, Ignacio Fernández Castro, Fernando Claudín, Juan Andrade...). Los cuadernos de Ruedo Ibérico reunieron importantes discusiones, no sólo sobre la situación política nacional e internacional del momento, sino también sobre el balance de diversos aspectos de la guerra civil. También hemos utilizado algunos números monográficos o no, de "Historia 16", "Historia y Vida", Documents...
1.2.3 Documentación.
La documentación utilizada es amplia y variada. Sin embargo no siempre hemos podido trabajar con el material adecuado. Para ello, hemos hecho una labor de rastreo en los distintos archivos mencionados más arriba.
El temario de la documentación utilizada es heterogéneo. Hemos analizado algunas actas del Consejo de Economía de Catalunya, o de los organismos de Seguridad de la Generalitat (desgraciadamente tan solo hemos encontrado algunas, y nos ha resultado imposible hacer un seguimiento completo de los debates que se realizaron en el seno de estos organismos. También hemos encontrado octavillas, documentos o publicaciones pertenecientes a los sindicatos o a las colectivizaciones barcelonesas. Este material es especialmente importante para acercarnos a la situación real existente durante el proceso revolucionario.
También hemos trabajado con abundante material procedente del gobierno de la Generalitat. Especial mención merece el decreto de disolución de los comités revolucionarios y en el que se declaraba la formación de los nuevos ayuntamientos; el decreto de sindicación obligatoria; el proyecto de decreto de estructuración de los Consejos Generales... Podríamos citar muchos más, pero hemos preferido dejarlo para el índice bibiliográfico, al final.
2. LA SITUACIÓN PRERREVOLUCIONARIA (Abril 1931-Julio 1936):
2.1.LA REPÚBLICA Y LAS CORTES CONSTITUYENTES (1931-1933). EL AGOTAMIENTO DE LAS ILUSIONES DEMOCRÁTICAS.
La caída de la dictadura de Primo de Rivera y, posteriormente, de la Monarquía de Alfonso XIII, abrieron el período de lo que ha venido a llamarse, la revolución española. Durante cerca de seis años, el proletariado y el resto de clases populares esperaron que la República solucionara sus principales reivindicaciones democráticas y sociales. Durante todo este período también experimentaron el alcance y las limitaciones de la República.
El proyecto republicano pretendió completar la revolución burguesa por la vía democrática, contando como principal capital político con el apoyo que le prestaban las organizaciones obreras tradicionales, especialmente de los socialistas.
Sin embargo los dirigentes republicanos, serían incapaces de solucionar cualquiera de los grandes problemas que arrastraba históricamente el Estado Español (la cuestión nacional catalana y vasca, el problema de la tierra, el peso tradicional del ejército en la política del país, el enorme poder económico y político que había acumulado la Iglesia...).
La monarquía había caído sin derramamiento de sangre. Los hombres que tomaron el poder en el 14 de Abril lo habían hecho, no para llevar a cabo la revolución, sino para evitarla. Sin embargo, la República llegaba demasiado tarde. El tradicional atraso de la economía española solo podía superarse con la superexplotación del proletariado y de los campesinos, es decir, con el rechazo a satisfacer cualquiera de las demandas elementales por las que clamaban los sectores populares. En estas circunstancias, el proyecto republicano sería considerado por las clases privilegiadas, como utópico y peligroso, y por lo tanto, solo sería aceptado una vez agotadas la dictadura y la monarquía.
A pesar de todo la burguesía no se dejó convencer. Era consciente de que el movimiento revolucionario desatado con la caída de la monarquía, era una bomba de tiempo que iba dirigida, en esencia, contra sus propiedades y privilegios. Las clases privilegiadas aceptarían la República como un mal menor, frente a una monarquía descompuesta y desprestigiada, que era incapaz de contener el movimiento revolucionario que se estaba gestando.
Sin embargo, también eran conscientes de que no sería posible acabar con él, por la vía democrática y parlamentaria. La República era un aprendiz de brujo que carecía de capacidad para frenar y controlar las fuerzas desencadenadas.
El proyecto republicano, solo podía completar la revolución burguesa y solucionar los principales problemas del país, enfrentándose a los grandes propietarios agrarios, que estaban emparentados con la burguesía industrial y financiera. Cualquier limitada concesión que pudiera hacerse a las demandas populares terminaba convirtiéndose en un ataque contra los intereses del conjunto de las clases propietarias. De esta forma, el proyecto se mostraba inviable. Las clases sociales en las que pretendía apoyarse, el proletariado y el campesinado, y la burguesía industrial tenían intereses completamente opuestos.
Indudablemente, la República llegó con una extraordinaria ola de popularidad, causada por un profundo deseo de cambios de la casi totalidad de las clases sociales del país. Mientras el proletariado y el campesinado pobre depositaban sus esperanzas en el nuevo régimen para conseguir sus reivindicaciones, las heterogéneas clases medias aspiraban a que la República emprendiera un proceso de modernización capitalista que abriría las puertas a un nuevo período de crecimiento y prosperidad económica. Sólo un reducido sector de los grandes terratenientes y de la burguesía, verían con malestar la victoria republicana.
Durante el período comprendido entre la caída de la monarquía y los inicios de la guerra civil, las ilusiones democráticas del proletariado se irían difuminando hasta desaparecer. Cinco años después de la instauración de la República, muy poco de lo esperado se había conseguido.
En 1931, dos millones de trabajadores agrícolas carecían de tierras, un millón y medio de pequeños propietarios estaban obligados a trabajar para los terratenientes para poder vivir. Apenas cincuenta mil propietarios lo eran de la mitad de las tierras cultivables del país. El latifundio y el minifundio se combinaban explosivamente en la mayor parte del territorio. En un país tan eminentemente agrario como era el Estado español, la Reforma Agraria se había convertido en una necesidad ineludible para la estabilidad del nuevo régimen. Sin embargo, cinco años después seguía paralizada en los estériles debates parlamentarios.
La cuestión nacional vasca continuaba sin encontrar solución, mientras que el Estatuto de Autonomía de Catalunya había nacido en 1932 con grandes dificultades, después de ser drásticamente recortado por las Cortes españolas. El poder económico y político de la Iglesia apenas había sufrido limitaciones. Seguía siendo la propietaria de grandes latifundios, y continuaba siendo la principal accionista de numerosas empresas y bancos del país. Las escasas y tímidas acciones que se habían iniciado para recortar el poder de la Iglesia (educación, órdenes religiosas...) habían sido anuladas durante el "bienio negro".
El Ejército, anticuado y con graves problemas en su funcionamiento y eficacia (macrocefalia). Con una larga tradición intervencionista en la política del país, que se había incrementado tras la pérdida de las últimas colonias americanas, especializado en la represión interior, mantenía sus principales cuadros intactos. A pesar de sus permanentes conspiraciones contra la República y de sus fracasados intentos por derribarla, los gobiernos se habían negado a cualquier proyecto de democratización de éste, ni siquiera habían intentado depurar a los elementos más destacadamente golpistas, que continuaron en sus puestos de mando.
Por el contrario, cuando las clases populares, exasperadas por la lentitud de los cambios actuaron por su cuenta, para satisfacer sus necesidades, fueron reprimidas por los mismos gobiernos republicanos que habían apoyado a instancias de sus organizaciones. La República había demostrado su eficacia, en la aprobación de leyes represivas que iban encaminadas a controlar a los movimientos populares (Ley de Defensa de la República,...).
El capital político del republicanismo se iría diluyendo con el agotamiento de las ilusiones democráticas de las clases populares. También en este sentido, perdería su atractivo como dique de contención contra la mareada revolucionaria, para las clases propietarias que cada vez más buscarían la salvaguarda de sus intereses en el ejército.
2.2 EL MOVIMIENTO OBRERO. LAS DIFERENTES CONCEPCIONES DE LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA.
Desde sus orígenes, el movimiento obrero español se encontraba dividido en dos grandes corrientes: el socialismo y el anarcosindicalismo. Fue ya en la década de los años veinte, cuando apareció, bajo la influencia de la revolución rusa de 1917, una tercera fuerza política, el comunismo. La caída de la dictadura los encontró escindidos en varios grupos enfrentados entre si. La temprana estalinización del PCE y su política de expulsiones frente a cualquier tipo de disidencia, había provocado el estallido de la joven organización. El movimiento comunista, aunque todavía marginal, iba a jugar un papel destacado en el futuro de la revolución española.
2.2.1 El socialismo:
El Partido Socialista (PSOE) era, a la caída de la monarquía, la única organización de masas, que había conseguido extenderse por todo el estado, salvo en Catalunya donde estaban reducidos a una pequeña minoría. Los socialistas controlaban un poderoso sindicato, la Unión General de Trabajadores (UGT). Sin embargo, la socialdemocracia española estaba dividida en tres importantes fracciones: la derecha dirigida por Besteiro, el centro de Prieto y el ala izquierda de Largo Caballero, que era a su vez, secretario de la UGT.
El PSOE era desde sus orígenes, una de las organizaciones más reformistas de la II Internacional, quizás solo superado por el laborismo británico. La socialdemocracia española contaba con un amplio historial de colaboración con los diferentes gobiernos burgueses, incluida la dictadura. Largo Caballero había sido Consejero de Estado del gobierno del general Primo de Rivera y había utilizado su privilegiada posición para fortalecer a la UGT, frente al anarcosindicalismo, su adversario tradicional en el movimiento obrero. Solo se desmarcaría en la última etapa, presionado por sus propias bases y cuando era evidente el agotamiento político de la dictadura.
El PSOE participó en el pacto de San Sebastián, donde se había subordinado al proyecto republicano, comprometiendo su propia línea política al servicio de éste. Los socialistas interpretaban el tránsito de la monarquía a la República como una "revolución burguesa" en la que la dirección política tenía que recaer sobre los partidos que se reclamaban de ésta. De esta forma renunciaban, una vez más, a jugar un papel independiente para ceder el protagonismo a los partidos republicanos.
Durante el período 1931-1933, el PSOE colaboraría con los gobiernos republicanos, y el mismo Largo Caballero llegaría a ser ministro de trabajo con Azaña.
Sin lugar a dudas, el socialismo español era el engranaje fundamental para el proyecto republicano. Las partidos republicanos carecían de un programa social propiamente dicho y carecieron siempre, de una base social sólida y estable.
Los dirigentes socialistas creían que una democracia burguesa y progresista, era un paso inevitable en el camino hacia el socialismo, y que tenía la tarea histórica de acabar con los restos del feudalismo español. El socialismo cometía, de esta manera, la misma equivocación que cometerían otras organizaciones, al considerar a la Segunda República como un obstáculo para la reacción, y no para el movimiento revolucionario. Numerosos dirigentes socialistas consideraban que el socialismo llegaría pacíficamente, con el agotamiento de la fórmula republicana para solucionar los problemas del país (3). La política socialista paralizaba al movimiento revolucionario, en espera de su oportunidad para llegar al gobierno.
2.2.2 El anarcosindicalismo:
Al contrario que la socialdemocracia, el movimiento anarquista o anarcosindicalista contaba con una larga tradición de luchas que tenía su origen en los años 70 del siglo XIX, cuando la mayor parte de la sección española de la AIT se había declarado favorable a las tesis de Bakunin frente a las de Marx.
Después de diversas vicisitudes, y de diversos períodos de ilegalidad, en 1911 se había fundado la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). A pesar de la fuerte represión de los gobiernos, en 1917 había dirigido una gran ola de huelgas en Catalunya. A raíz del impacto que produjo en el movimiento obrero internacional la revolución de octubre en Rusia, la CNT se integró efímeramente en la Internacional Sindical Roja (ligada a la recién nacida Tercera Internacional). Tras un corto período de estancia, la CNT rechazaría su adhesión, después de los acontecimientos de Kronstadt en marzo de 1921.
El anarcosindicalismo se convirtió rápidamente en la organización hegemómica del proletariado catalán, y tuvo una gran implantación en otras zonas del Estado, como en Valencia, Andalucía, Asturias, Madrid y Zaragoza.
El contenido ideológico del anarcosindicalismo, claramente apolítico, era contrario a cualquier forma de colaboración con el Estado. Sus métodos de lucha estaban basados en la acción directa y en la lucha de clases. En su seno existían dos corrientes principales, el sindicalismo revolucionario y el anarquismo, que se disputaban su control. Los anarquistas radicales se agrupaban en la Federación Anarquista Ibérica (FAI). La misión de ésta, era mantener la pureza anarquista de la CNT a salvo de tentaciones reformistas, o de infiltraciones marxistas.
La fracción sindicalista (Pestaña, Juan Peiró, Juan López...) defendía la necesidad de utilizar los métodos sindicalistas, como forma para elevar la conciencia de los trabajadores y consideraban indispensable para la revolución, la existencia de una organización de masas, la CNT. Los sindicalistas se oponían a los métodos insurreccionales y espontaneístas de los faístas, que provocaron, durante los cinco años de experiencia republicana, numerosos reveses al movimiento revolucionario. Sin embargo, la FAI acabó por controlar la dirección de la CNT y el sector sindicalista o "trentista" sería excluido. Los expulsados formaron la Federación Sindicalista Revolucionaria en el exterior, o los "Sindicatos de Oposición", en el seno de la Confederación, con fuerte influencia en Asturias y en Levante, así como en algunas ciudades industriales de Catalunya. Uno de los dirigentes de esta corriente, Angel Pestaña, acabaría formando el Partido Sindicalista, renunciando definitivamente a sus orígenes anarcosindicalistas.
La teoría política de la CNT, y de las corrientes que la integraban era de una gran ingenuidad. El historiador y agudo observador de la situación española que precedería a la guerra y a la revolución, Gerald Brenan resaltó el carácter profundamente "idealista y religioso-moral" del anarcosindicalismo (1).
En oposición a las tesis marxistas que consideran al proletariado como único sujeto revolucionario consecuente, el anarcosindicalismo concedía este papel al "pueblo oprimido", es decir, al conjunto de clases oprimidas, sin diferenciar la naturaleza o las peculiaridades de éstas.
El anarcosindicalismo mantenía una visión voluntarista de la historia. Desde su óptica, la revolución era realizable en cualquier momento y dependería solo de la disposición que tuviera la minoría anarquista, capaz con su acción de contagiar a las masas de su revolucionarismo. Partiendo de esta idea, el anarcosindicalismo excluía de sus teorías, cualquier análisis serio sobre las condiciones económicas y sociales existentes, y las sustituía por:
"... la fe en la viabilidad de este estado final (el comunismo libertario), sin que se abordase la problemática de su realización" (2).
Para los militantes libertarios, la estrategia no era importante, la revolución llegaría espontáneamente, cuando la inmensa mayoría de los trabajadores estuviesen concienciados. El anarcosindicalismo carecía, por lo tanto, de una teoría sobre el poder, y sobre la toma de éste. El comunismo libertario llegaría, sin etapas intermedias, con el desmoronamiento de la vieja sociedad explotadora. Enemigos jurados de cualquier tipo de poder, no hacían ningún tipo de distinción entre la naturaleza de los distintos tipos de estado (ya fuera la monarquía, república o un estado obrero).
Los treintistas, criticaban a los faístas, su voluntarismo y su espontaneísmo extremo, es decir, el rechazo a cualquier tipo de organización de la revolución. La crítica trentista era fruto de los numerosos fracasados levantamientos que se habían hecho a instancias de la FAI. Mientras que los faístas reprochaban, en cambio, a los primeros su "reformismo" sindicalista y su falta de confianza en el instinto revolucionario de las masas.
El treintismo consideraba necesario una mayor preparación de la revolución para poder asegurar su éxito Era indispensable contar con una verdadera organización de masas a nivel de todo el estado, la CNT. Las diferencias entre ambas corrientes irían desapareciendo con la nueva oleada de movilizaciones que se había iniciado a partir de la insurrección de Octubre de 1934. La dirección faísta de la CNT realizaría, a posteriori, una crítica sobre su abstencionismo en dichos acontecimientos. Ambas corrientes acercarían sus posturas con respecto a la necesidad de considerar a la Confederación, como la organización de masas indispensable para la revolución que se avecinaba.
La división entre las dos corrientes libertarias sólo quedaría cicatrizada en el Congreso de Zaragoza realizado el mes de mayo de 1936, en vísperas de la guerra civil.
2.2.3 El comunismo:
Además de la socialdemocracia y del anarcosindicalismo, existía una tercera corriente en el seno del movimiento obrero español: el comunismo. Surgido al calor de la revolución rusa de octubre, la organización comunista se había formado a partir de dos escisiones del PSOE y con el ingreso de algunos grupos que procedían del anarcosindicalismo.
A la caída de la dictadura, el comunismo español estaba dividido en tres fracciones importantes, además de numerosos pequeños grupos que acabaron siendo absorbidos.
2.2.3.1 El estalinismo:
El proceso de degeneración burocrática de la URSS, bajo el estalinismo deformó rápidamente las jóvenes organizaciones comunistas que se habían adherido a la III Internacional. El Partido Comunista, supeditado a las directrices dictadas por la emergente burocracia soviética, inició un proceso de expulsiones y de escisiones que debilitaría y fragmentaría considerablemente al pequeño movimiento comunista. El PCE estaba implantado en Asturias, donde contaba con una minoría importante y tenía una cierta implantación en las ciudades andaluzas de Málaga, Cádiz y Sevilla.
El partido oficial, completamente estalinizado y supeditado a la política ordenada por la Komintern, atravesaba una etapa dominada por el ultraizquierdismo, la línea de "clase contra clase" característica del "Tercer Período" de la Internacional Comunista. La socialdemocracia era considerada como la hermana gemela del fascismo (socialfascismo). La caracterización del resto de las corrientes políticas no corría mejor suerte, republicanos, anarquistas, o comunistas disidentes eran consideradas como organizaciones de corte fascista. El PCE defendía la táctica del "Frente único por la base" y rechazaba cualquier acuerdo político con las direcciones de las organizaciones obreras mayoritarias. De hecho, era la negativa a cualquier tipo de acuerdo que no implicara la subordinación del resto de organizaciones a la línea política del PCE, y dada la insignificancia de sus efectivos y el peso aplastante del PSOE y de la CNT esto era imposible.
El PCE mantenía una política de seguidismo incondicional hacia la dirección de la Komintern. Aplicando las análisis de Manuilski, el Partido Comunista oficial había despreciado el movimiento que iba a provocar, posteriormente, la caída de la dictadura y de la Monarquía (3). Poco después del establecimiento de la República, cuando las ilusiones democráticas de las clases populares eran mayores que nunca, el PCE llamaría a la formación de una República Socialista Soviética, basada en soviets de obreros y campesinos.
La política aplicada por el comunismo oficial español hasta finales de 1934, lo aisló, forzosamente, de los trabajadores, que confiaban en sus organizaciones tradicionales. El PCE no pasaba de ser, durante todo este período, una minúscula organización sin arraigo entre la clase obrera y el campesinado pobre.
2.2.3.2 El Bloquismo:
La Federación Comunista Catalano-balear se escindió del PCE en 1930. La FCCB había criticado la miopía con la que la organización oficial se había enfrentado a la caída de la dictadura. Las críticas se extendían a la línea escisionista que el PCE aplicaba en el terreno sindical (Comité de Reconstrucción de la CNT) que lo aislaba de las masas encuadradas en torno a la CNT y la UGT. Un tercer punto de ruptura fue la cuestión nacional catalana, ante la que, según la FCCB, la organización oficial mantenía una postura vacilante. Joaquìn Maurín, su máximo dirigente, había acusado a la Internacional de aplicar sus esquemas sobre la revolución rusa en el resto de países, sin tener en cuenta las diferencias existentes, lo que la había llevado a la derrota en China y en los países donde se había presentado una situación revolucionaria.
En noviembre de 1930, la Fusión de la Federación con el Partido Comunista de Catalá dió lugar al Bloque Obrero y Campesino (BOC), al que posteriormente se unieron algunos pequeños grupos en el resto del estado. El BOC agrupaba a la inmensa mayoría de los militantes comunistas de Catalunya y de Baleares, sin embargo su peso en el resto del Estado era insignificante.
Defendía una concepción de la revolución española completamente autóctona, equidistante de las dos principales fracciones internacionales, estalinistas y trotskistas, en las que se había dividido la IC. Buscaba "una <tercera opción>, nacional, independiente de dogmas y de ortodoxias" (4). Mantenía una concepción sindicalista de la revolución que era una clara herencia del anarcosindicalismo. El BOC defendía la necesidad de construir Juntas revolucionarias, que sería la forma que presentaría el frente único de las diferentes organizaciones obreras. Los soviets eran considerados como algo extraño a la tradición española.
El BOC, profundamente influido por el nacionalismo catalán, se consideraba una organización separatista, partidaria de un Estado Federal Ibérico. Su visión sobre la cuestión nacional catalana, en el seno de la revolución "democrático-socialista" española, hizo que el BOC considerase como progresivo el papel de los dirigentes políticos de la pequeña burguesía nacionalista republicana, en la primera etapa de la revolución española.
2.2.3.3 El trotskismo:
La Oposición Comunista Española (OCE) dirigida por Andreu Nin, nació en Septiembre de 1930, en torno a la Oposición Internacional dirigida por León Trotsky. Hasta 1932, este grupo se consideró como una fracción opositora del PCE. A partir de su III Conferencia pasaría a ser una organización independiente, la Izquierda Comunista Española (ICE).
La ICE consideró a la Monarquía y a la República, como diferentes formas capitalistas. Las reminiscencias feudales existían debido al escaso desarrollo del capitalismo español, pero estaban, sin ninguna duda, al servicio de éste. La llegada de la República, fue analizada como un paso importante en el curso de la revolución española. La Monarquía caía por su incapacidad de frenar al movimiento revolucionario naciente. Era necesario que las masas experimentaran las limitaciones de una República burguesa. Solo el proletariado, arrastrando tras de si al resto de las clases populares, podía completar la "revolución democrática" en su lucha por la "revolución socialista".
La lucha no era entre la República burguesa y la Monarquía feudal, como decían los republicanos; ni siquiera como etapa, como defendían el PSOE. La lucha que se había entablado era entre el capitalismo y el socialismo. La ICE defendía la necesidad de la lucha por las consignas democráticas, que ayudarían a las trabajadores a desembarazarse de sus ilusiones republicanas.
La ICE, como el BOC, defendía la necesidad del Frente Único Obrero. El FUO se diferenciaba del "Frente por abajo" del PCE, en que éste debía realizarse tanto entre las direcciones de las organizaciones obreras, como en sus bases. Para la realización de la revolución socialista era necesario la construcción de Juntas revolucionarias, que no serían una copia exacta de los soviets rusos, pero que, en cualquier caso, se inspirarían en el mismo espíritu que los originó.
2.3 EL FRACASO DE LA REACCIÓN. EL BIENIO NEGRO Y LA RADICALIZACION DEL MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO
El gobierno republicano de izquierdas, de 1931-1933, pronto demostró su incapacidad para resolver los problemas democráticos tradicionales, cada vez más acuciantes. Para frenar al poderoso movimiento que amenazaba con desbordarlo por la izquierda, tuvo que utilizar la represión contra éste, que constituía la base social del PSOE, y del anarcosindicalismo. Los dirigentes socialistas, preocupados, por la creciente impopularidad de su alianza con los republicanos, rompieron finalmente con éstos.
El poderoso movimiento anarcosindicalista, apolítico y contrario a presentar sus propias candidaturas, organizó una campaña por la abstención, como respuesta a la represión. El boicot de la CNT contribuiría considerablemente a la derrota electoral de la izquierda que había estado en el gobierno.
El Comité Nacional que había amenazado con desencadenar la revolución si la derecha se alzaba con el triunfo electoral, tuvo que organizar el levantamiento para "salvar el honor confederal" (5). El 8 de Diciembre estallaba la insurrección, que se extendería por todo Aragón y la Rioja y alcanzaría algunas ciudades de Catalunya. La situación del movimiento popular, después de la derrota electoral, junto a la falta de preparación del putch anarquista lo condenaron al fracaso. Siempre según Cesar M. Lorenzo, historiador libertario:
"los anarquistas seguían sin aprender nada en técnica revolucionaria" (6).
El abstencionismo anarquista había hundido el proyecto republicano izquierdista, pero al carecer de una alternativa coherente, había ayudado sin quererlo, al ascenso de otro, claramente reaccionario. El anarcosindicalismo, debilitado por el fracaso y aislado del resto de las organizaciones obreras por la línea aislacionista que aplicaba la dirección faísta, no jugaría ningún papel decisivo en el período siguiente.
Las clases populares, quedaron profundamente decepcionadas con la experiencia del gobierno de la coalición republicano -socialista. La pequeña burguesía que había apoyado la alianza en las elecciones de 1931, que habían dado paso a la República, acabó dejándose seducir por la derecha. Esto fue la causa de la derrota electoral de noviembre de 1933, y que dió lugar a un período de gobiernos derechistas, conocido como el "Bienio Negro".
La victoria de la derechista CEDA sin embargo quedó empañada al no conseguir mayoría absoluta. La correlación resultante de las elecciones acabó entregando el gobierno al centro-derecha de Lerroux. Los tímidos cambios del anterior gobierno serían anulados rápidamente. Las escasas limitaciones que se pusieron al poder de la Iglesia fueron suprimidas. La moderada Reforma Agraria quedaría completamente paralizada. Mientras que los militares golpistas, protagonistas de la Sanjurjada, fueron puestos en libertad y restituidos a sus puestos en el Ejército, salvo en el caso de su principal protagonista, Sanjurjo, que seguiría en el exilio.
La política del gobierno de Lerroux y de los diferentes gobiernos de centro-derecha no haría sino acrecentar las tensiones en el campo y en las ciudades. Pese a la victoria electoral, la derecha tenía que enfrentarse a un movimiento revolucionario, más poderoso y más radicalizado, que el que había provocado la caída de la Monarquía.
A nivel internacional, Hitler llegaba en 1933 al poder en Alemania, donde pronto se organizó una represión implacable y sangrienta contra el movimiento obrero. Este hecho impactaría profundamente en la conciencia de las masas europeas, y se reflejaría en un intenso deseo de unidad entre los trabajadores frente al ascenso del fascismo, y también en una pérdida de confianza en las instituciones de la democracia burguesa.
Todos estos factores, internos y externos, provocarían un proceso de radicalización entre la clase obrera y el campesinado en el estado español. Los dirigentes socialistas, profundamente decepcionados por la experiencia del anterior gobierno, atemorizados por el ascenso de la reacción y presionados por sus propias bases, cambiaron su viejo discurso reformista para hablar de: "la necesidad de la toma del poder por parte de los trabajadores, y de la dictadura del proletariado",... El ala caballerista, al reflejar este proceso de radicalización de las masas populares, conseguiría capitalizar sus simpatías. Sin embargo, los socialistas de izquierda, a pesar de su verbalismo radicalizado, seguían careciendo de un programa revolucionario coherente. Santos Julià califica la contradicción entre el discurso revolucionario y la práctica del largo caballerismo, como "reformismo radical" (7).
En el mes de Junio de 1934, estallaba una poderosa huelga general campesina en Extremadura y Andalucía, auspiciada por un Comité Unitario formado por la Federación de Trabajadores de la Tierra (UGT) y por la CNT. En las ciudades el clima de tensión social iba en aumento. Sin embargo, la posibilidad de hacer converger a ambos movimientos sería desaprovechada por los dirigentes socialistas por considerar que la situación todavía no había madurado (8). Aislado el movimiento campesino, fracasó por la fuerte represión que se desencadenaría contra él, quedando paralizado durante el período siguiente.
Desarticulado el campesinado, el proletariado industrial quedaría aislado. En el mismo período, entre los trabajadores urbanos había empezado a gestarse un proceso de unidad, encarnado en las Alianzas Obreras, que empezaba a inquietar seriamente a las clases propietarias. La unidad del movimiento era una clara amenaza que debía evitarse a toda costa.
Contrastando con la tensión creciente, la derecha nunca llegaría a tomarse en serio los radicalizados discursos de los dirigentes socialistas. Munis cita de memoria las palabras que Gil Robles dirigió a Prieto, en un debate parlamentario:
"Vosotros los socialistas seréis siempre incapaces de desencadenar la revolución, porque la teméis; sabemos que de vuestra parte todo se quedará en palabras" (9).
La reacción necesitaba tomar el poder, para dar un golpe definitivo al movimiento revolucionario. Su plan se sostenía en el temor que tenían los dirigentes socialistas a desencadenar una revolución que no deseaban. A pesar de sus discursos radicalizados y de sus amenazas inflamadas, expuestas en las Cortes, los dirigentes del PSOE, puestos a elegir entre alentar una revolución de consecuencias imprevisibles y capitular ante la ofensiva de la derecha, tendrían que escoger la segunda opción. Los líderes de la derecha no se engañaban.
2.4 LAS ALIANZAS OBRERAS. LOS PRIMEROS ÓRGANOS DE FRENTE ÚNICO.
La radicalización del movimiento obrero, operada a partir de 1933, iba acompañada de un profundo deseo de unidad frente a la amenaza de la reacción. Este sentimiento colectivo se reflejaría en la aparición de las Alianzas Obreras, como formas de Frente Único Obrero (FU).
El 9 de Diciembre de 1933 se fundó en Barcelona la primera Alianza Obrera. A este primer ensayo de FU se adhirieron la UGT, los sindicatos de oposición dentro de la CNT (treintistas), la sección catalana del PSOE, el BOC, la Federación Sindicalista Libertaria (treintistas expulsados de la CNT), la ICE, la USC, la Unió de Rabassaires (UR) y los sindicatos de Oposición (controlados por el BOC).
La Alianza Obrera, en palabras de Joaquín Maurín, uno de sus principales instigadores era simple:
"Todas las secciones de los partidos y sindicatos obreros que existen en una localidad forman un haz, un bloque. Constituyen un Comité con representantes de cada organización adherida. Comité que centraliza la dirección de todos los movimientos que se llevan a cabo" (10).
El nuevo organismo se identificaba como un Frente de clase, donde las organizaciones que no pertenecieran a los trabajadores, sólo podrían adherirse moralmente, pero nunca como miembros efectivos. El programa de la Alianza catalana era muy general y básicamente defensista frente al avance de la reacción. Sin embargo, encarnaba para importantes sectores obreros, la intención de no marchar a remolque de los republicanos, y de establecer un frente con el campesinado pobre, que se realizaba con la adhesión de la Unió de Rabassaires.
Sin embargo, el Frente Único nacía con una grave limitación: la hostilidad del anarcosindicalismo, hegemómico entre el proletariado catalán. Pocos meses después de su creación, la USC abandonaría la Alianza, para entrar a formar parte del nuevo gobierno de la Generalitat. La UdR, sindicato campesino controlado por la Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) adoptó también una actitud similar.
En febrero de 1934, el periódico anarcosindicalista asturiano "La Tierra", publicaba un artículo de Valerio Orobón, dirigente de la regional de la CNT, llamando a una alianza revolucionaria de las diferentes organizaciones obreras (11). Los puntos de la propuesta eran: la defensa de un programa revolucionario que excluyera la colaboración con el régimen; la socialización de la economía y la elección de los trabajadores de sus representantes, revocables en cualquier momento, en los órganos ejecutivos de la Alianza.
El 28 de Marzo de 1934, se constituyó una nueva Alianza en Asturias. Firmaron el pacto, la UGT, la Federación asturiana del PSOE y la CNT. Poco después el BOC y la ICE también se adhirieron al nuevo organismo.
El pacto CNT-UGT que dió lugar a la Alianza expresaba su programa en términos similares a los defendidos por Valerio Orobón. Defendía además, la necesidad de trabajar por la creación de una Alianza Obrera a nivel estatal. Pretendía crear órganos locales que deberían servir de base al nuevo Frente. Sin embargo los miembros de los órganos de la Alianza, no iban a ser elegidos democráticamente por los trabajadores, ni tampoco se planteaba la revocabilidad de éstos por las bases, sino que tanto a escala regional, como a escala local, las AO estarían formadas por delegaciones de cada una de las organizaciones obreras firmantes del pacto. También se reconocía la libertad de crítica entre las organizaciones integrantes de la Alianza (12).
La CNT asturiana estaba controlada por los treintistas, que eran manifiestos partidarios del Frente Único. La actitud del anarcosindicalismo, el componente más obrerista y combativo de los socialistas de la región y la larga tradición de colaboración de las centrales sindicales, hizo posible que la nueva Alianza agrupara a todas las organizaciones obreras, a excepción del PCE. El peso del movimiento obrero y la lejanía de los aparatos dirigentes de las organizaciones harían que, a diferencia de Catalunya, su programa expresara con mucha más claridad, sus objetivos revolucionarios.
Poco después, en el mes de Mayo, se formaba una nueva Alianza en Madrid. Firmaron el pacto, el PSOE, las Juventudes Socialistas, la UGT, la ICE y los treintistas. Posteriormente se incorporaría también la Federación Sindical Tabaquera, sindicato independiente de las grandes centrales. Sin embargo, en Madrid, la Alianza Obrera iba a tener un pesado lastre durante toda su existencia, la hegemonía aplastante de los socialistas en el movimiento obrero de la capital.
Hubo otros intentos, con mayor o menor éxito, para extender la formación de nuevas Alianzas Obreras por todo el estado (Valencia, Santander, Extremadura, Andalucía...). La hostilidad de la CNT y de la FAI, y la falta de entusiasmo del PSOE para extenderlas, hizo que salvo en Valencia, los nuevos organismos nunca pasaran de ser un mero proyecto.
2.4.1 PARTIDARIOS Y DETRACTORES DE LAS ALIANZAS OBRERAS EN EL SENO DEL MOVIMIENTO OBRERO.
El deseo de unidad de los trabajadores frente a la amenaza de la reacción no fue el producto de la política de ninguna de las organizaciones políticas y sindicales. El movimiento obrero buscó la unidad a partir de sus experiencias con los gobiernos de la coalición republicano-socialista. Otro factor que intensificó el deseo de unidad de clase, fue el avance de los fascismos europeos y el impacto del ascenso de Hitler al poder en Alemania.
Fueron los factores internos y externos, los que provocaron un sentimiento de desconfianza hacia las fuerzas republicanas. El deseo de unidad de la clase iría acompañado de otro no menos intenso, el de la independencia política frente al republicanismo y la burguesía. La experiencia durante el período 1931-1933 había sido nefasta. Los gobiernos republicanos de izquierdas, sostenidos por los socialistas, no habían apenas avanzado en el cumplimiento de sus promesas electorales. Sí en cambio habían elaborado una serie de leyes represivas que serían aplicadas contra los trabajadores, cuando estos protestaron por la lentitud de las reformas. La experiencia alemana, -la quiebra del sistema parlamentario burgués y el ascenso del nacionalsocialismo- tampoco ayudaba a confiar en las instituciones parlamentarias republicanas.
Cuando afirmamos que el deseo de unidad y de independencia política no era el fruto de un trabajo político de ninguna organización nos basamos en la propia concepción que tenían de la revolución española, las organizaciones obreras mayoritarias.
En el Partido Socialista, una organización con una larga tradición reformista, la radicalización de sus cuadros dirigentes fue el fruto de la presión de sus propias bases partidarias. El anarcosindicalismo mantenía durante toda esta época una posición sectaria. La dirección faísta confiaba en que podía hacer estallar la revolución, con sus propias fuerzas, sin la necesidad de colaborar con sus rivales en el movimiento obrero, los partidos marxistas.
El resto de organizaciones, el sector treintista del anarcosindicalismo, el BOC, la ICE y el PCE eran organizaciones demasiado débiles para provocar este profundo sentimiento revolucionario entre las amplias masas, que no les seguían. El BOC y la ICE habían defendido desde sus orígenes la necesidad de construir organismos revolucionarios de Frente Único (Juntas Revolucionarias, Soviets,...), sin embargo solo habían podido defenderlas en el terreno de la propaganda, y entre los limitados sectores obreros adonde llegaba su influencia. Es a partir de la derrota electoral de noviembre de 1933, cuando considerarían que había llegado el momento de convertir la propaganda en agitación. Sin embargo, sus exiguas fuerzas se habrían estrellado, si su giro político no hubiese reflejado el avance de la idea de la unidad en la conciencia de los trabajadores
2.4.1.1 EL socialismo y las Alianzas Obreras.
Gerald Brenan atribuye a la UGT de Largo Caballero, la iniciativa en la creación de las Alianzas Obreras (13). La afirmación de Brenan es más que dudosa. No es ninguna casualidad que la primera de las Alianzas surgiera en Barcelona, donde el peso del PSOE y de la UGT era claramente minoritario. Parece mucho más creíble la afirmación de Munis (14), de que este organismo surgió a partir de la iniciativa de la ICE y del BOC. Éste último grupo, gozaba de un cierta implantación en Catalunya. Sin duda alguna, la integración del PSOE y de la UGT en el proyecto de las Alianzas Obreras, convertiría a éstas en el eje político del movimiento revolucionario durante este período. Ésta parece ser la causa de la confusión de Brenan.
Los dirigentes socialistas empezaron a hablar de Frente Único a partir de la derrota en las elecciones de 1933. El PSOE tenía que recuperar el prestigio que habían perdido con la colaboración con los republicanos. Fue a partir de este momento, cuando la Izquierda Socialista radicalizaría sus discursos, para empezar a hablar de revolución socialista y de la dictadura del proletariado. También sería este el momento en el que empezaría a defender el proyecto de las Alianzas Obreras.
Sin embargo, hay una evidente contradicción entre los discursos de los dirigentes y su escasa iniciativa en la formación de los nuevos organismos revolucionarios. El escaso número de Alianzas Obreras que se crearon, prueba que el verdadero proyecto socialista no pasaba por ellas, o en cualquier caso, solo era un instrumento ocasional.
Largo Caballero defendía la unidad obrera en el seno del PSOE y de la UGT. Los soviets no eran necesarios en España. La dictadura del proletariado se realizaría con el gobierno del Partido Socialista, que paradójicamente, se encontraba bajo el control del ala prietista.
"Cada cual debe gobernar <<conforme los intereses y la ideología de su clase, y cuando al Partido Socialista le llegue la hora del poder, y le llegará, porque eso está escrito en las leyes imanentes de la Historia, también gobernará solo>>" (15).
El ala prietista, sin embargo, aspiraba abiertamente a la instauración de un régimen de democracia burguesa avanzada, con el soporte de la pequeña burguesía radicalizada, e incluso de la burguesía industrial. Los prietistas consideraban que el socialismo tan solo podría llegar mediante un largo proceso de maduración política en el seno de una República burguesa y parlamentaria.
Los dirigentes de la Izquierda Socialista esperaban que el fortalecimiento de sus organizaciones y su alianza con el anarcosindicalismo -que acabaría por entrar en razón- junto a la crisis económica, el agotamiento republicano y un posible golpe militar frustrado, acabaría por darles automáticamente el poder, apenas con una simple huelga general (16). En espera de que su concepción fatalista de la revolución española se cumpliese, los cuadros dirigentes del PSOE utilizaban su control sobre las masas revolucionarias, para negociar con la burguesía y reconstruir su pacto con los políticos republicanos.
Solo así podemos explicar su negativa, no solo a extender las Alianzas por todo el país, sino también su oposición a democratizarlas y a convertirlas en verdaderos órganos de Frente Único. La entrada pues, de los socialistas en las Alianzas, no era porque las considerasen organismos revolucionarios, sino como una concesión a su propias bases, que deseaban la unidad, sin ninguna condición. Las Alianzas Obreras, bajo la hegemonía de los socialistas, también se convertían en una advertencia a la burguesía para que contase con ellos, y no se dejase arrastrar por la tentación fascista.
Los dirigentes socialistas sentían verdadero temor a perder la influencia que tenían sobre sus bases sociales. Cómodamente situados, como los auténticos defensores de la unidad ante la clase obrera, frente al sectarismo anarcosindicalista, no estaban dispuestos a que las pequeñas, pero activas organizaciones, como el BOC, la ICE o los sindicatos treintistas, les disputasen la hegemonía. Eran conscientes de que estos grupos solo podrían rivalizar con ellos, a través de la democratización y extensión de las Alianzas Obreras.
El carácter que el caballerismo daba a las Alianzas Obreras era el de órganos de carácter insurreccional. Por lo tanto, no debían protagonizar las luchas cotidianas de los trabajadores. Esta tarea quedaba en manos de los sindicatos. Apartadas de las luchas, se evitaba la consecuencia lógica, su democratización: La elección democrática de representantes obreros, revocables, a partir de los centros de producción. De esta forma se impedía la conversión de estos órganos de Frente Único, en verdaderos organismos del poder revolucionario, a semejanza de lo que habían sido los soviets rusos de 1905 y 1917.
El funcionamiento burocrático de las Alianzas aseguró el control del Partido Socialista sobre éstas. Las condenaba a convertirse en simples comités de enlace. Sin embargo, la participación del anarcosindicalismo asturiano y la lejanía de la organización socialista de esta región, del aparato burocrático de Madrid, permitiría que la Alianza Obrera asturiana acabara por convertirse en la encarnación del poder revolucionario en esta región.
2.4.1.2 El BOC y la ICE.
La idea de las Alianzas Obreras forma parte del programa de estas dos organizaciones, desde sus orígenes. Ya en 1931, ambas defendían a nivel propagandístico, la necesidad de construir Juntas Revolucionarias en toda la geografía española. También las dos organizaciones defendieron la extensión de las Alianzas a nivel estatal. Sólo de esta forma, el Frente Único adquiriría una dimensión política revolucionaria, la del poder obrero frente al estado burgués.
"La Alianza Obrera no es el soviet, puesto que sus características son distintas, pero desempeña las funciones del soviet, al que sustituye ventajosamente dadas las particularidades de la organización obrera española. Lo que el soviet fue para la Revolución rusa, la Alianza Obrera lo es para la Revolución española" (17).
A diferencia de los soviets rusos, las Alianzas Obreras no necesitarían "democratizarse" para agrupar a todo el proletariado en su seno, ya que éste, ya estaría representado, con la incorporación posterior de los sindicatos mayoritarios, la UGT y la CNT. Para el bloquismo, los soviets eran un cuerpo extraño en la revolución española. Los soviets de 1905 en Rusia, habrían nacido para llenar el vacío organizativo del movimiento obrero ruso, que carecía de organizaciones tradicionales (partidos, sindicatos...) a diferencia de lo que ocurría en España (18).
La ICE también era partidaria de las Alianzas, como órganos de Frente Único de todas las organizaciones obreras. Sin embargo, era necesario que evolucionaran para convertirse en verdaderos organismos de poder. La ICE consideraba que las bases de las Alianzas tenía que ser los centros de trabajo, donde serían escogidos los representantes democráticos de los trabajadores, sin distinción de tendencias.
La analogía con los soviets rusos resulta evidente (los soviets rusos nacieron de los comités de fábrica y de huelga, existentes en 1905 y 1917). Las Alianzas eran un paso hacia la creación de verdaderos Consejos Revolucionarios. Sin embargo tenían una seria limitación que debía ser superada: su estructura burocrática. Habían nacido de un pacto entre las diferentes organizaciones obreras, al margen de los centros de trabajo.
La CNT y el PSOE eran las organizaciones hegemónicas en el movimiento obrero. La ICE y el BOC solo podían disputarles la influencia de las masas revolucionarias en el seno de las Alianzas. Sin embargo, las limitaciones eran evidentes. El anarcosindicalismo se negaba a ingresar en los nuevos organismos, y la socialdemocracia obstaculizaba su democratización.
Dos corrientes obreras quedarían al margen de este intento de Frente Único. La corriente mayoritaria del anarcosindicalismo y el Partido Comunista.
2.4.1.3 El anarcosindicalismo.
El movimiento libertario se encontraba dividido frente a las Alianzas Obreras. La corriente mayoritaria veía con hostilidad la existencia de estos organismos. No veía en ellos un proyecto de plasmación de la unidad de los trabajadores, sino un intento de todas las organizaciones rivales, que pretendían disputarle sus propias bases sociales.
En el Pleno nacional que se celebró en Madrid, en Junio de 1934, la cúpula confederal condenaría la iniciativa asturiana. La dirección libertaria, controlada por la FAI, hablaba genéricamente sobre la necesidad de la unidad de todos los trabajadores, sin embargo solo la concebía en el seno de la CNT, lo que en la práctica, significaba su rechazarla.
En febrero de 1934, la CNT emplazó a la UGT a aceptar la supresión total del capitalismo y del estado, como condiciones necesarias para conformar un pacto entre ambas centrales sindicales. El cambio de actitud, indicaba que la dirección libertaria sufría la presión creciente de sus bases para avanzar hacia la unidad. Sin embargo, este cambio sólo era aparente, la cúpula anarquista se aferraba a su antigua posición. La CNT acentuaba la idea del pacto con la UGT, siempre y cuando ésta aceptase su propio programa y renunciase al propio. El ultimatismo faísta esterilizaba cualquier intento de Frente Único.
Los mayoritarios veían la integración en la Alianza Obrera de Asturias, el reconocimiento de:
"... la constitución de un poder ejecutivo encargado de organizar la Revolución, de ejercer la autoridad y de mantener el orden al día siguiente de ser realizada" (19).
Los libertarios asturianos reconocían una de las tesis fundamentales del marxismo, la necesidad de que un poder obrero dirigiese la revolución y organizase la construcción de la nueva sociedad. En la práctica, abandonaban uno de los postulados fundamentales del anarquismo, la negación del poder, y aceptaban la Dictadura del Proletariado. Unos meses más tarde, la Alianza Obrera asturiana se convertiría en un verdadero organismo del poder revolucionario, es decir, en una verdadera dictadura del proletariado, durante la insurrección de Octubre.
Los treintistas, mayoritarios en la región de Asturias, habían comprendido la necesidad del Frente Único, tras las frustrantes experiencias de los putchs promovidos por la FAI, en los años 1932 y 1933. Defendían la necesidad de la unidad entre los trabajadores si se quería asegurar el éxito de la revolución.
2.4.1.4 El Partido Comunista.
La otra corriente hostil era el Partido Comunista. El IV Congreso del PCE en marzo de 1932, había reafirmado a la organización en su táctica sectaria y ultraizquierdista del período anterior. La expulsión en Octubre del mismo año del antiguo grupo dirigente de Bullejos, a instancias de la Internacional, lejos de corregir los errores, los había agravado.
Desde la aparición de las Alianzas, el PCE rechazó la posibilidad de ingresar en ellas. La idea del "Frente Único por la base" era una copia calcada de la línea defendida por la Komintern durante lo que ha venido a llamarse "Tercer Período". Esta táctica ya había tenido nefastos resultados en Alemania, donde la división y los enfrentamientos entre comunistas y socialistas había ayudado al triunfo del nazismo.
En la práctica, el "Frente Único por la base" del PCE era similar al defendido por la corriente mayoritaria del anarcosindicalismo, solo era posible aceptando incondicionalmente la política del Partido Comunista. Sin embargo, la línea política del estalinismo español era completamente inconsistente. Mientras el anarquismo agrupaba a un importante sector del proletariado español, el PCE era una organización numéricamente insignificante y aislada del grueso del movimiento obrero.
El PC de Catalunya, sección catalana del PCE, acusaba, en Mayo de 1934, a la Alianza Obrera de Catalunya de ser un "instrumento de la Generalitat", que había sido creada por los "perros falderos" de la burguesía, para "engañar a los obreros que quieren el Frente Único sinceramente" (20). El argumento se apoyaba en que la CNT, se encontraba al margen de la nueva organización. Si el anarquismo, la socialdemocracia, los comunistas disidentes, todos eran variantes del fascismo, el PCE solo podía considerar los nuevos organismos como "Santas Alianzas de la contrarrevolución".
El PCE promovía su propia versión sobre la unidad: el "Frente Único por la base", que oponía a las Alianzas Obreras. Sin embargo, la persistencia de la línea ultraizquierdista, que lo había aislado hasta entonces del resto de los partidos y sindicatos del movimiento obrero, hizo que solo sus propias organizaciones filiales ingresaran en sus organismo frentistas.
A finales del mes de Septiembre de 1934, el Comité Central del Partido Comunista decidía dar un giro radical en sus planteamientos y pedir el ingreso de sus organizaciones en las Alianzas Obreras, para ayudar a su creación y desarrollo, allí donde éstas todavía no existían.
El cambio político del PCE se daba en un momento confrontación y de radicalización social. Sin embargo, las causas del viraje no estaban en el interior del país, sino en la situación internacional.
El ascenso de Hitler al poder en 1933, no había conseguido cambiar la política de la URSS y de la IC. Los dirigentes estalinistas consideraban la traición de la socialdemocracia alemana, "socialfascista", como la causa principal de la derrota de la revolución alemana.
En el mes de Mayo de 1934, la Komintern dió un viraje político de 180º. Los partidos socialistas dejaban de ser considerados como "socialfascistas" y "hermanos gemelos del fascismo", para ser calificados como "organizaciones hermanas", con las que había que buscar la unión orgánica. La táctica del Frente Único por la base era abandonada definitivamente, para pasar a defender la colaboración con los socialistas y con los partidos burgueses democráticos frente a la amenaza fascista. La política internacional del estalinismo buscaba un acercamiento hacia Francia. Un pacto franco-soviético que serviría para contrarrestar el peligro de una agresión de la Alemania nazi.
El Partido Comunista dejaba de considerar a las Alianzas Obreras, como "organismos policiales". La entrada estuvo acompañada de algunas críticas formales (llamarlas Alianzas Obreras y Campesinas) y de la petición de expulsión de los trotskistas (ICE) que formaban parte de ellas, argumentando que éstos no eran un partido político independiente, sino que se consideraban una fracción del PCE (La ICE era una organización política desde 1932, y miembro de pleno derecho de las Alianzas Obreras desde su fundación). Ambas cuestiones fueron desestimadas por las organizaciones integrantes de las AO. Las críticas formales no aportaban nada y solo pretendían embellecer el repentino cambio de actitud, hecho sin ningún tipo de balance o crítica del período anterior.
2.5 LA REACCIÓN Y LA REVOLUCIÓN SE PREPARAN PARA EL ENFRENTAMIENTO.
A pesar de la derrota de la huelga campesina en la primavera de 1934, las huelgas se multiplicaron en las ciudades. El 13 de Marzo, la Alianza Obrera catalana declaraba la huelga general, en solidaridad con la lucha de los trabajadores de Madrid. La huelga sería un éxito. Sin embargo, lo más destacable era que ésta se había llevado a cabo al margen de la CNT, y en contra de los criterios de su dirección. También estallarían huelgas generales y parciales por todo el país (Zaragoza, Valencia...). En ellas, los nuevos organismos revolucionarios jugarían un papel fundamental que hacía prever la importancia que adquirirían en los meses siguientes.
La derecha también aprovechaba el momento. Se convocaron concentraciones en una serie de lugares estratégicos, como en El Escorial y Covadonga. Estas movilizaciones pretendían organizar una base social para la reacción derechista. Sin embargo las concentraciones serían contestadas con sendas huelgas generales en Madrid y Asturias que las desbarataron. El fracaso era una seria advertencia para la derecha, de que su ascenso al poder iba a encontrar grandes resistencias en el movimiento obrero. Éste, lejos de estar derrotado tras las elecciones del mes de noviembre de 1933, se encontraba, pocos meses después, más fuerte y radicalizado que en el período anterior de colaboración republicano-socialista.
La reacción tenía que apoderarse del poder para aplastar al revitalizado movimiento revolucionario, antes de que fuera demasiado tarde. El gobierno radical de Semper entró en crisis. Pocos días después se formaba un nuevo gabinete, con la presencia de cinco ministros derechistas, tres de Acción Popular y dos Agrarios. Los planes de la derecha estaban en marcha. Si la provocación quedaba sin respuesta, si el temor de los dirigentes socialistas conseguía sofocar cualquier reacción, el camino hacia el poder quedaría completamente abierto para la reacción. Si por el contrario, el movimiento obrero respondía, aislado del campesinado por la derrota de primavera, sería aplastado por los cuerpos de seguridad del Estado.
Todo el aparato de la reacción estaba en marcha para evitar que el movimiento revolucionario pudiese triunfar, frente a la provocación que se avecinaba. Se produjeron detenciones de militantes, cierre de locales, confiscaciones de armas, maniobras militares... El choque entre la reacción y la revolución estaba a punto de producirse.
2.6 LA GRAN PRUEBA DE LAS ALIANZAS OBRERAS. LA INSURRECCIÓN DE OCTUBRE.
El miércoles 3 de Octubre era nombrado el nuevo gobierno de Lerroux. Sin embargo, para ganar tiempo, la decisión se haría saber al día siguiente. El Jueves 4, al saberse la noticia, se iniciaron las movilizaciones revolucionarias.
2.6.1 La insurrección de Catalunya. La Alianza Obrera subordinada al gobierno de la Generalitat.
El éxito o el fracaso en Catalunya iba a ser decisivo para la acción del movimiento revolucionario en el resto del Estado. Catalunya contaba con el sector más concentrado, y con una mayor tradición combativa, del proletariado español.
El martes día 2, la Alianza Obrera había hecho un llamamiento a todos los trabajadores de Catalunya, para que estuvieran alerta ante los acontecimientos que iban a desencadenarse. El choque entre la revolución y la contrarrevolución era ya sólo cuestión de horas. El mismo martes, una manifestación convocada en Barcelona era disuelta por los guardias de asalto de Dencás. La actitud hostil al movimiento revolucionario de la Generalitat quedaba al descubierto.
El jueves 4, la Alianza proponía a la CNT un Frente Único contra la provocación del nuevo gobierno. La dirección faísta rehusaría. Posteriormente se celebró una asamblea a la que asistieron las delegaciones de las Alianzas locales de toda Catalunya, para analizar la marcha de los acontecimientos. Aquella misma noche, una representación se entrevistaría con el gobierno de la Generalitat para exponer el punto de vista de la Alianza. Se había convocado una huelga general para el día siguiente. Los dirigentes de la Alianza manifestaron que la acción no iba dirigida contra la Generalitat, sino contra el nuevo gobierno de Lerroux, que pretendía no solo aplastar al movimiento revolucionario, sino también acabar con las libertades nacionales de Catalunya. La Alianza Obrera consideraba que, desde este punto de vista, ambos organismos eran aliados.
El viernes 5, estallaba la huelga general. Solo siete meses antes, se había convocado otra con éxito en toda Catalunya, sin embargo ésta no había arraigado en la ciudad de Barcelona por la oposición anarquista. En esta ocasión el cumplimiento de la huelga fue completo, y la oposición de la dirección de la CNT sería desbordada por las masas revolucionarias catalanas. El pánico invadió a los dirigentes de la Generalitat ante tal expresión de fuerza. Por la tarde del mismo día desfiló por las Ramblas una gigantesca manifestación, convocada por la Alianza Obrera, exigiendo la proclamación de la República Catalana y armas para defenderla (21). El movimiento revolucionario crecía por momentos.
En las comarcas catalanas, la Alianza Obrera asumió la dirección del movimiento que se estaba desatando. En muchas poblaciones los aliancistas locales proclamaron la dictadura del proletariado, o el comunismo libertario.
A partir de este momento, la tensión entre el gobierno de la Generalitat, temerosa de ser desbordada, y la Alianza Obrera, que se iba convirtiendo en un poder real, iría en aumento. Dencás conminó a los revolucionarios para que disolvieran las milicias, y para que fueran interrumpidas las requisas de armas y de vehículos Las órdenes serían desobedecidas. La Alianza Obrera ocupó el Palacio del Fomento del Trabajo e instaló en él su puesto de mando. Los choques armados entre los guardias de asalto y los escamots dirigidos por Dencás, y las milicias revolucionarias empezaron a producirse espontáneamente en las calles de Barcelona.
Por la tarde diez mil milicianos obreros desfilaron por el centro de la ciudad, pese a la prohibición de la Generalitat. La Alianza se enfrentaba a un dilema, la revolución necesitaba de las armas que estaban en manos de la policía y de los "escamots", intentar conseguirlas significaba enfrentarse con sus aliados circunstanciales. La Alianza consideró que el enfrentamiento con la Generalitat solo podía provocar el hundimiento de la insurrección, por lo que prefirió evitar las provocaciones y esperar el momento adecuado.
El presidente Companys se enfrentaba a un triple dilema, rendirse, reprimir la insurrección o ponerse al frente de ella para frenarla después. Las dos primeras significaban su liquidación política, por lo que se escogería finalmente la tercera opción. El gobierno catalán pretendía frenar el movimiento revolucionario gracias a la posición seguidista que había adoptado la Alianza Obrera, y simultáneamente esperaba poder utilizar la tensa situación existente, para negociar con Madrid, el freno de la insurrección a cambio de nuevas competencias (22).
La presión insostenible del movimiento que empezaba a desbordar a la Generalitat e incluso a la misma Alianza Obrera, empujó a Companys a buscar una salida que "salvara el honor" del gobierno catalán, y que impidiera a los revolucionarios tomar el relevo político que ansiaban.
El sábado 6, Companys proclamaba el "Estado catalán dentro de la República Federal Española". La proclamación sería sólo un símbolo. Los diez mil hombres con los que contaba el gobierno de la Generalitat, entre los guardias de asalto y los escamots de Dencás no ofrecerían ninguna resistencia seria, a los escasos quinientos soldados que el general Batet sacó a la calle para hacerse con el control de la ciudad (23). El dato de la escasez numérica de las tropas que intervinieron en el conflicto refleja también las dudas de los mandos militares en la fidelidad de los soldados frente a la insurrección popular. Tampoco las milicias revolucionarias, desarmadas y a la espectativa, pudieron ser un serio obstáculo para el ejército.
La insurrección, victoriosa en algunas poblaciones de Catalunya se hundiría rápidamente ante las noticias del fracaso de Barcelona. Los revolucionarios apenas pudieron reaccionar, era demasiado tarde, el movimiento ya estaba herido de muerte. La sublevación había sido entregada sin apenas ofrecer resistencia. La huelga perduraría hasta el martes, día en el que se iniciaría la vuelta al trabajo.
La Alianza Obrera catalana responsabilizó al abstencionismo cenetista como uno de los causas principales de la derrota. La actitud sectaria de la CNT fue, sin duda alguna, un factor importante en el aplastamiento de la revolución, pero no puede considerarse que fuera decisiva. La hegemonía del anarquismo en el movimiento obrero catalán presentaba grandes grietas, por lo menos en aquellos momentos. En el mes de Marzo había estallado una huelga exitosa en la mayor parte de Catalunya, sin que se diera la participación anarquista. En Octubre la movilización fue total, la dirección de la CNT y de la FAI habían quedado al margen de los acontecimientos, y sin embargo numerosos militantes anarquistas participaron en la insurrección, obedeciendo las consignas que había marcado la Alianza. Existe un dato irrefrutable para comprender que, durante la breve insurrección de Octubre, la minoritaria Alianza Obrera catalana, había desplazado a los anarcosindicalistas de la dirección del movimiento. Durante la huelga general, toda la prensa, incluida la misma "Solidaridad Obrera" y los periódicos próximos a las posiciones políticas de la Generalitat, dejaron de publicarse. Sólo el Boletín de la Alianza pudo salir a la calle (24).
La línea seguidista frente a la Generalitat, mantenida por la Alianza Obrera, fue un factor mucho más importante que el de la actitud de la dirección de la CNT. Pese a las presiones procedentes de las bases, los dirigentes de la Alianza no se atrevieron a romper con las autoridades autonómicas, en los momentos decisivos. La postura de la Alianza está explicada por Maurín, dirigente del BOC: el éxito solo era posible sosteniendo al gobierno catalán en los momentos en los que vacilaba. La Alianza esperaba el agotamiento político del gobierno de la Generalitat, para tomar el relevo en la dirección del movimiento. Sin embargo, la dirección política estaba ya en manos de la Alianza. La actitud de espera sería fatal para el movimiento revolucionario, porque permitió a los dirigentes catalanistas maniobrar y evitar que el desbordamiento pasara por encima de ellos y les aplastara. La actitud de Companys y del gobierno de refleja que la Generalitat temía más a la revolución que al nuevo gobierno derechista que se había instaurado en Madrid. Mientras reprimía y provocaba a los revolucionarios en la medida de sus posibilidades, buscaba la negociación con la derecha en el gobierno, esperando sacar sus ventajas de la situación (25).
Como historiadores, no nos sirve especular, sobre si una actitud más decidida de la Alianza Obrera, hubiese asegurado o no el éxito. Sin embargo, parece cierto que su actitud condenó al movimiento a permanecer a la expectativa en los momentos decisivos, hasta que ya fue demasiado tarde para reaccionar. Dos años más tarde, en julio de 1936, las masas revolucionarias pasarían por encima de la Generalitat y asaltarían los cuarteles para apoderarse de las armas. Éste hecho marcaría entonces, el triunfo revolucionario en Catalunya.
Munis reprocha en su obra a la Alianza Obrera catalana, su seguidismo ante la Generalitat, que mantenía cerrados los locales de la CNT y perseguía a sus militantes. Las buenas relaciones de la Alianza con el gobierno catalanista fueron, sin duda alguna, un serio obstáculo para el acercamiento de los anarcosindicalistas al movimiento revolucionario (26).
La actitud de éstos, durante los acontecimientos, no fue siempre la misma, sino que varió según el momento. Munis vuelve a señalar lo que él considera como dos graves errores políticos de la Alianza ante los anarquistas. La convocatoria de la Huelga general del día 4 había sido aceptada por la Regional Catalana de la CNT. La actitud de la dirección reflejaba la presión de las masas revolucionarias. Los libertarios exigían la reapertura de sus sindicatos y la creación de comités de barricada para dirigir la insurrección. La primera condición de los cenetistas no fue recogida por la Alianza Obrera en su programa, hasta que no fue exigida por la dirección de la CNT. La segunda condición, la de los comités de barricada fue desatendida, tras las expectativas de una posible alianza con el gobierno de la Generalitat (27).
La misma postura de la Alianza permitiría a los dirigentes anarquistas justificar su abstencionismo frente a la insurrección.
"En efecto, ya desde el día 4 de octubre, los escamots... y las fuerzas de la policía no encontraron nada mejor que encarcelar a los libertarios más conocidos y disparar sobre los obreros de la CNT para obligarles a cesar el trabajo. Estuvieron secundados en esta tarea por la pequeña Alianza obrera, receptáculo de todos los adversarios de la Confederación..., imaginándose que había sonado la hora de aniquilar a su poderosa rival" (28).
2.6.2 La huelga general de Madrid. Las limitaciones de la Alianza Obrera, bajo la hegemonía socialista.
El peso político aplastante del PSOE en la Alianza Obrera madrileña, impidió que ésta pudiera convertirse en un verdadero organismo revolucionario.
La crisis que desembocó en los hechos del mes de Octubre fue larga. Sin embargo, los preparativos de la insurrección, amenaza constante de los dirigentes caballeristas contra las tentaciones totalitarias de la derecha, fueron escasos o inexistentes. La Alianza Obrera, destinada a ser el órgano de la insurrección, según el Partido Socialista, fue mantenida durante todo el período en el ostracismo político (29). Los socialistas no querían la revolución, sino obligar al presidente de gobierno y a la burguesía a recapacitar en su tentación de llevar a la CEDA al poder.
El día 2 de Octubre, los delegados socialistas hicieron saber a la Alianza Obrera, la decisión de llamar a la insurrección, en el momento en el que Acción Popular y los Agrarios entraran a formar parte del nuevo gobierno. De esta forma, la Alianza se encontraba ante la política de hechos consumados del PSOE.
El día 4, al hacerse público la composición del nuevo gobierno, los socialistas comunicaron a la Alianza, la orden de huelga general pacífica. Sin embargo, la convocatoria sería interpretada por los trabajadores como un ardid político de sus direcciones. Las masas se lanzaron a la calle en espera del armamento prometido. Antes de acabar el día la huelga general era completa en todo Madrid.
La actitud del gobierno fue de pánico y de dudas ante la multitud. Lerroux solo contaba con la guardia civil y los guardias de Asalto, como cuerpos de choque seguros frente al movimiento revolucionario. Se dudaba de la actitud de los soldados en un enfrentamiento contra la población. Se dieron numerosos casos de adhesión de grupos de soldados a la Alianza Obrera. Munis cita que la guarnición de la glorieta de Cuatro Caminos aseguró que estaba dispuesta a pasarse al lado de los revolucionarios, si era atacada . También cita la adhesión de numerosos guardias civiles de la guarnición del Ministerio de la gobernación (30). Es de suponer que estos ejemplos no eran una excepción y de que éste era un ánimo bastante generalizado en una tropa, mayoritariamente campesina.
Los días pasaban y las armas prometidas por la dirección socialista, no llegaban. La actitud tímida de los cuerpos policiales fue cobrando seguridad a medida que pasaba el tiempo y la insurrección no se producía. Simultáneamente la desesperación y el desánimo empezaron a cundir entre la población.
El Partido Socialista se oponía a la insurrección. Solo individuos aislados o pequeños grupos mal armados se enfrentaron con la policía y la guardia civil. El único intento estallaría en el cuartel de la Moncloa, donde algunos grupos impacientes intentaron asaltar el puesto militar. Poco después, varios miles de trabajadores rodeaban a la guarnición. Sin embargo, estaban escasamente armados y pudieron ser rechazados por la oficialidad, sin demasiadas dificultades (31).
A medida que el tiempo transcurría los cuerpos policiales incrementaron las detenciones y el asalto a los locales obreros, cada vez más seguros de que la insurrección no iba a producirse. Las masas en la calle, iniciaron su retirada. La huelga general se mantendría unánime hasta el 13, día en el que los dirigentes socialistas dieron la orden de volver al trabajo.
La Alianza Obrera, impedida su democratización por la oposición socialista a convertirla en la dirección del movimiento (era considerada un órgano insurreccional que no debía intervenir en las luchas cotidianas de los trabajadores), no jugó ningún papel en los acontecimientos revolucionarios (32). Planteada la sublevación, siguió marginada por los socialistas que veían con desconfianza, la posibilidad de compartir la dirección del movimiento con otras organizaciones minoritarias.
Las milicias organizadas por el PSOE y el descubrimiento de armas en varios alijo por la policía en los meses anteriores, prueba que existía armamento y voluntad de las bases suficiente para la insurrección. Sin embargo, la falta de un plan insurreccional, la marginación de la Alianza Obrera y la convocatoria de la huelga general pacífica, demuestra que era la dirección socialista, la que no tenía voluntad para realizarla.
2.6.3 La insurrección de Asturias. La Alianza Obrera: De Frente Único a órgano del poder revolucionario.
En Asturias, la insurrección se inició desde los primeros momentos, apenas conocido el nombramiento del nuevo gobierno.
La Alianza Obrera asturiana era el único organismo de Frente Único que agrupaba a todas las organizaciones obreras de la región, sin excepción. La regional asturiana de la CNT, en manos de los treintistas, formó la Alianza a partir de un pacto establecido con la UGT, al que se adhirieron los partidos políticos. El PCE, con una fuerte presencia en algunas áreas, se había integrado en la Alianza en vísperas de la insurrección. La conformación de la unidad de todas las organizaciones le daba al movimiento algo más, que la suma aritmética de los miembros que componían la Alianza, les daba la seguridad de que la unidad hacía que el triunfo fuera posible.
El anarcosindicalismo, aunque con menor peso que la UGT en la región, era un contrapeso importante a los socialistas. Esta circunstancia no existía en Madrid, donde el Partido Socialista era hegemónico, frente a las pequeñas organizaciones que componían la Alianza.
El desarrollo de los acontecimientos revolucionarios fue diferente a como éstos se desarrollaron en Madrid y en Catalunya. Sin embargo, la actitud del PSOE, organización mayoritaria, fue la misma, como correspondería a una organización centralizada. La oposición a convertir a las Alianzas en verdaderos organismos democráticos, para reducirlas a meros comités de enlace, sería similar. Sería la insurrección de los mineros asturianos lo que colocó a la Alianza en el centro político de la situación y acabó convirtiéndola en el verdadero centro de poder.
Como en Madrid, los dirigentes socialistas, hicieron el llamamiento a la huelga general pacífica, marginando a la Alianza (33). La orden se convirtió rápidamente, en una llamada a insurrección, que se iniciaría en la noche del 4 al 5 en toda la cuenca minera. En Oviedo, el movimiento, controlado por los dirigentes socialistas del Comité revolucionario, adquirió un carácter huelguístico. Solo la llegada de los mineros, al día siguiente por la tarde, permitió que la huelga se convirtiera en una insurrección victoriosa. En Gijón, la desconfianza entre socialistas y libertarios, permitió que las fuerzas gubernamentales tomaran la iniciativa y controlaran la situación.
Incomprensiblemente, el día 5 no se dio la orden de huelga general, que en el mismo momento, en otras localidades de la región, daba lugar a los primeros enfrentamientos. Cuando intentaron reaccionar, la fuerza pública, controlaba por completo la situación en la ciudad.
Los mineros, con escasas armas y con la tradicional dinamita, se enfrentaron y aplastaron a los destacamentos de la guardia civil y de los guardias de asalto, que se encontraban en sus poblaciones. Dado el cariz que estaban tomando los acontecimientos, los militares se encerraron en sus cuarteles, atemorizados por el posible contagio revolucionario de los soldados, si éstos salían para enfrentarse a la población. Las principales localidades de la región, Langreo, Mieres, Sama, La Felguera, Pola de Lena Olloniego,... pronto estuvieron en manos de los revolucionarios.
La caída de la fábrica de cañones de Trubia (aunque los proyectiles no disponían de espoleta), la de fusiles de La Vega y la de dinamita de Manjoya, junto a las armas arrancadas a la guardia civil, permitieron improvisar un verdadero ejército revolucionario. El armamento conseguido, mantuvo Asturias en poder de los revolucionarios durante medio mes, después de que el movimiento hubiera fracasado en el resto de España. Se hicieron verdaderos alardes de creatividad para defender la revolución. En tan corto espacio de tiempo, se construyeron trenes y camiones blindados (en las planchas figuraban, entre otras, las siglas de UHP, Unión de Hermanos proletarios); se llegó incluso a fabricar combustible a base de carbón, para solucionar la falta de gasolina con la que se encontraban los revolucionarios (34).
Una vez vencido el movimiento en el resto del estado, la revolución asturiana estaba condenada a la derrota. Tres columnas militares entraron por tierra, mientras que tropas legionarias del Tercio y de Cazadores de Africa desembarcaban el día 10, en Gijón que se mantenía en manos del gobierno. Mal armados y con escasas municiones, los mineros resistieron todavía, pueblo por pueblo, durante varios días a una fuerza de más de 40.000 hombres, bien armados y apoyados por la aviación.
Durante todo este tiempo, los mineros estuvieron convencidos de que la insurrección había triunfado en toda España, y desoyeron la propaganda gubernamental, considerándola como un intento de desmoralización (35). El día 11, el Comité provincial, consciente del fracaso en el resto del país, decretó el final de la insurrección y sus miembros abandonaron sus puestos. El pánico se contagió a numerosos Comités Locales. La deserción fue seguida de la formación de nuevos comités que se encargaron de dirigir la resistencia. Los antiguos dirigentes, detenidos por los mismos trabajadores, fueron en muchos casos devueltos a sus antiguos puestos.
El día 18, tras una entrevista con el general López Ochoa, el Comité Provincial ordenó terminar con la insurrección, tras un acuerdo por el que las tropas marroquíes y los legionarios irían en la retaguardia de las tropas gubernamentales. La represión, el saqueo y las violaciones, los fusilamientos y la tortura fueron la respuesta del gobierno y de los militares contra la población asturiana que había apoyado masivamente la insurrección.
Además de los aspectos insurreccionales, hay otros elementos muy importantes en estos hechos, que serían un valioso precedente para la experiencia revolucionaria de la guerra civil, dos años más tarde:
1) La conciencia de los obreros revolucionarios. Los trabajadores que no estaban en el frente, estaban en los centros de producción, para satisfacer las necesidades de los combatientes. Las minas y las fábricas fueron respetadas. Existía una clara conciencia de que todo iba a ser necesario después del triunfo de la revolución.
2) El funcionamiento de los comités por toda la Asturias revolucionaria. Las Alianzas Obreras locales se convirtieron en la estructura del poder revolucionario, ocupando las antiguas alcaldías y sustituyendo al antiguo aparato del Estado. Los comités revolucionarios, formados por miembros de todas las tendencias obreras, organizaron la vida cotidiana de las poblaciones, formaron patrullas obreras para impedir los saqueos e incautar las armas que no estaban bajo su control, crearon tribunales revolucionarios para juzgar a los elementos más destacados de la reacción, se preocuparon del abastecimiento de las poblaciones, estructuraron una sanidad popular y organizaron milicias para combatir en el frente. La diversidad de formas que adoptaron los comités locales, se debió al predominio de una u otra tendencia en las diferentes poblaciones.
Los libertarios abandonaron en la práctica sus tesis antiestatalistas para construir la dictadura del proletariado:
"Los militantes libertarios se transformaron de este modo en gobernantes, en policías, en oficiales o en jueces. Los medios de producción fueron colectivizados casi en todas partes, abolida la propiedad privada y suprimida la moneda" (36).
Los comités revolucionarios se convirtieron en el embrión del Estado Obrero. Las Alianzas locales mostraron una clara tendencia a su "sovietización". Especialmente ante la huída de los primeros comités, en la noche del 11 al 12 de Octubre.
3) La relación entre los obreros revolucionarios y el campesinado. Tras algunos intentos de requisa, se acordó buscar un acuerdo con los campesinos, mientras la revolución no resolviera el problema de la tierra y la entregara en usufructo a los que la trabajaban. Los campesinos entregaron sus productos a los comités, a cambio de otros que ellos necesitaban. Los revolucionarios habían comprendido que las requisas forzosas solo habrían servido para entregar al campesinado a la reacción.
4) La victoria de los revolucionarios sobre un ejército disciplinado y bien armado. El entusiasmo y el convencimiento de los mineros por su causa superaron con creces sus propias limitaciones (falta de disciplina, desorganización) frente las ventajas del ejército tradicional. Los trabajadores solo fueron vencidos, tras medio mes de lucha, por el aislamiento en el que se encontraba la insurrección asturiana.
Las represalias contra el movimiento revolucionario en toda España fueron inmediatas. en Asturias hubo 3.000 muertos en combate y 3.000 en los asesinatos posteriores (37). Los Consejos de Guerra se encargaron de la represión legal, dictaminando numerosas penas de muerte contra los revolucionarios y contra dirigentes socialistas y catalanistas. Hubo además 30.000 detenidos y numerosos despedidos en los centros de trabajo. Las Casas del Pueblo y los locales sindicales fueron clausurados, la prensa obrera fue prohibida, la autonomía catalana suprimida y los militares más reaccionarios colocados en puestos clave.
Sin embargo, los hechos de Octubre habían herido de muerte el proyecto de la reacción. La derecha había acertado en sus previsiones sobre cual iba a ser la actitud de los líderes socialistas, pero no habían contado con el grado de radicalización de las masas, que había desbordado en muchos lugares a sus dirigentes. El Partido Socialista había llamado a una huelga general pacífica, y sin embargo, en Asturias la movilización se había convertido en una auténtica insurrección armada, mientras que en otros lugares habían podido contener a las masas con grandes dificultades. El movimiento, lejos de haber sido aplastado, volvió a entrar rápidamente en ebullición.
En Marzo de 1935 estallaría de nuevo la crisis del gobierno. La CEDA abandonó el gobierno por su negativa a aceptar la conmutación de las penas de muerte contra los dirigentes asturianos. Lerroux temía que la aplicación de las sentencias, convirtiera a los revolucionarios en mártires y que lejos de frenar al movimiento revolucionario, lo acentuaran. Gil Robles pretendía utilizar la represión para desmantelar a las organizaciones obreras y para consolidar un gobierno fuerte.
En Mayo, la CEDA volvía al gobierno, con Gil Robles como ministro de la Guerra. Pero el nuevo gobierno dividiría todavía más a la derecha, los monárquicos de Calvo Sotelo acusaron a Gil Robles de traidor por haber aceptado la República. En el mes de Octubre de 1935, a la división de la derecha se unirían una serie de escándalos financieros que debilitaron al gobierno y aceleraron su crisis. La CEDA se negó a aceptar los nuevos presupuestos estatales, provocando la dimisión del gabinete. Gil Robles reclamaría la presidencia, tras diversas deliberaciones, el presidente Alcalá Zamora rechazó la petición y decidió la convocatoria de elecciones para el 16 de Febrero del año siguiente.
2.7 LA RECOMPOSICIÓN DE LAS FUERZAS REVOLUCIONARIAS.
La revolución de Octubre había mostrado las ventajas del Frente Único Obrero, pero también había mostrado sus limitaciones. No era suficiente la unidad de los trabajadores para vencer, hacía falta una dirección revolucionaria que organizase al movimiento y lo dirigiese hacia la victoria.
Las Alianzas que habían funcionado como un acuerdo político entre las direcciones de las distintas organizaciones obreras, pero que no lograron democratizarse, habían demostrado en la práctica, que no eran ni un verdadero Frente Único, ni el embrión del poder revolucionario.
El anarcosindicalismo seguía siendo hostil hacia cualquier tipo de frente único. La actitud de la Alianza Obrera catalana en Octubre tampoco había ayudado a su aproximación. Sin embargo, el impacto de lo sucedido, especialmente en Asturias, había abierto una brecha en la actitud aislacionista de la CNT y de la FAI y muchos militantes se mostraban partidarios de revisar su actitud tradicional para iniciar una aproximación a las restantes organizaciones obreras, en especial a la UGT. Sin embargo, los socialistas abandonaron cada vez más, cualquier referencia a las Alianzas, para pasar a hablar de la unidad en "el partido único de la clase obrera". El PCE también abandonó el proyecto, al que se había adherido en el último momento, porque en ellas se encontraba el PSOE, y empezó a constituir Comités de Enlace Antifascistas. Solo los bloquistas y los trotskistas siguieron defendiendo la necesidad del Frente Único y de las Alianzas Obreras. A partir de 1935, las Alianzas entraron en un proceso de decadencia hasta llegar a su total desaparición.
2.7.1 El debate sobre el Partido Revolucionario.
El debate iba a enfrentar las diferentes concepciones que tenían los partidos obreros. El futuro Partido Revolucionario sería el fruto de la fusión de las diferentes organizaciones, o el resultado de la clarificación y diferenciación política de éstas.
La radicalización de las bases socialistas se reflejaba en los discursos de sus dirigentes izquierdistas al proclamar la necesidad de convertir al PSOE en un verdadero Partido Revolucionario. La unidad política del proletariado era esencial para la victoria de la revolución. El caballerismo consideraba que, dado que la inmensa mayoría de las fuerzas que se reclamaban del marxismo se agrupaban en el seno del Partido Socialista, la unificación solo podría realizarse con la integración de los pequeños grupos (PCE, BOC e ICE) en él. Conseguida la unidad política y la unificación sindical con el anarquismo, el triunfo de la revolución vendría por si solo (38).
En las bases socialistas iba en aumento el rechazo hacia la política tradicionalmente reformista del Partido, que los había llevado a colaborar en el pasado, con la dictadura del general Primo de Rivera, y con los republicanos posteriormente. Durante 1934 y 1935, numerosos dirigentes de las Juventudes o del PSOE, como Federico Melchor o Santiago Carrillo llamaron a las organizaciones comunistas antiestalinistas, trotskistas y bloquistas, a integrarse en el partido para "bolchevizarlo" (39).
Algunos incluso se declararían partidarios de la creación de una nueva Internacional, que debería construirse sobre las cenizas de la Segunda y de la Tercera.
Mientras tanto, a nivel internacional y con el informe de Dimitrof en el VII Congreso de la IC, los partidos comunistas darían un giro político completo a sus anteriores posiciones. Los Partidos Socialistas dejaban de ser traidores para convertirse en organizaciones hermanas, con las que era necesario iniciar un proceso de unificación.
El cambio de política se debía a las nuevas necesidades de la política exterior del Kremlin. Era necesario acercarse a Gran Bretaña y a Francia, para construir un frente que neutralizara los avances del fascismo en Europa y el peligro de agresión militar. Para ello había que ofrecer garantías de que la URSS y las secciones de la Komintern, no sólo no estaban dispuestas a iniciar ninguna revolución, sino que por el contrario estaban dispuestos a frenarla.
La división interna del PSOE permitió que el acercamiento no se hiciera con el partido en su totalidad, sino con la fracción izquierdista dirigida por Largo Caballero. Sin embargo sus condiciones pretendían que "el Partido Unificado" no fuera otro que el mismo PCE, bajo el férreo control de la Komintern (40).
La unificación del PSOE y del PCE era, en estas condiciones, imposible. Sin embargo, esta bandera sería utilizada por las dos organizaciones. Los caballeristas en su lucha contra el ala derecha del partido, a la que acusaban de enemiga de la unidad revolucionaria del proletariado. El PCE para disputarle al PSOE su propio espacio político (41).
Las organizaciones comunistas antiestalinistas, el BOC y la ICE, rechazaron la invitación de entrar en el PSOE para transformarlo en una verdadera organización revolucionaria. Ambos grupos desconfiaban de sus posibilidades y temían que la entrada, provocara su disolución política en el seno del Partido Socialista. La creación de un verdadero Partido Revolucionario sólo sería posible a partir de la escisión de los miembros sinceramente revolucionarios de la Izquierda Socialista y de un proceso de fusión de las diferentes organizaciones (42).
La experiencia de las Alianzas Obreras, en las que ambos grupos habían mantenido una estrecha colaboración había acercado sus posiciones políticas. El acercamiento del BOC y de la ICE se daba en un momento de progresivo alejamiento de esta última de las posiciones de Trotsky y del Secretariado Internacional, que defendían la opción "entrista" en el PSOE para trabajar desde dentro por la escisión, que permitiría dotar a la Izquierda Comunista de una base de masas.
A finales de enero de 1935, el BOC presentó una encuesta a las demás organizaciones que se declaraban marxistas en Catalunya para que éstas se definieran sobre la unidad política, sindical y de acción. Los resultados de la encuesta y el debate iniciado con ella, serían el inicio del proceso de fusión entre la ICE y el BOC, que sería considerado por éstas, como el primer paso dado en la creación del gran Partido Revolucionario estatal. La nueva organización tendría que convertirse en un polo de atracción para las bases izquierdistas del PSOE. La fusión de ambos grupos fue en realidad una absorción, donde la ICE, minoritaria, acabó por aceptar la mayor parte de las posiciones políticas del BOC (43). El 29 de Septiembre de 1935, se constituía el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM).
El proceso unificador también alcanzó al anarcosindicalismo. El acercamiento de los treintistas, se dio en un proceso que culminaría en mayo de 1936, en el Congreso de Zaragoza, donde los sindicatos de la oposición volvieron a incorporarse a la CNT.
En Octubre de 1935, el PCE propuso además de la fusión con los caballeristas, el desarrollo de las Alianzas Obreras, la creación de un Bloque Popular Antifascista y la entrada de la pequeña CGTU en la UGT. La segunda propuesta, el desarrollo de las Alianzas, no se planteaba desde una perspectiva revolucionaria, sino como un paso hacia la formación del Bloque antifascista, que contenía ya la esencia del futuro Frente Popular: la colaboración con los republicanos, y la supeditación de las organizaciones obreras a un programa moderado que hiciera posible la Alianza con la burguesía "democrática y antifascista".
Aunque la fusión entre el PSOE-PCE pronto iba a quedar frenada.
El abandono del BOC y de la ICE del trabajo en el seno del socialismo, facilitaría al Partido Comunista, fusionar en Mayo de 1936, a sus juventudes, las UJC (5.000 afiliados) con las JSE (80.000), después de ganarse a su cúpula dirigente. Las nuevas Juventudes Unificadas (JSU), se adhirieron a la III Internacional, permitiendo al PCE contar con una base de masas en vísperas de la guerra civil.
La fusión de la pequeña central sindical CGTU comunista, con la UGT socialista no tuvo los mismos resultados. Los caballeristas siguieron controlando la UGT.
El resto de las organizaciones catalanas que se reclamaban del marxismo (PCC, PCP, USC, PSOE), después de la aparición del POUM, mantuvieron sus comités de enlace, pero la heterogeneidad de sus posiciones políticas impidió cualquier intento unificador. Solo el inicio de la guerra y la aparición de un movimiento revolucionario triunfante, dirigido por el anarcosindicalismo, que les amenazaba con la marginación, provocó el proceso de unificación. El 21 de Julio de 1936 aparecía el partido Socialista Unificado de Catalunya (PSUC) que se adhirió, como las JSU, a la Internacional Comunista.
2.7.2 Las organizaciones obreras y el Frente Popular.
La represión posterior a los hechos de Octubre llegó también a los dirigentes republicanos, a pesar de que se habían mostrado hostiles o expectantes. La represión les permitiría recuperar parte del prestigio perdido ante las clases medias. Azaña fue juzgado, encarcelado y acusado de promover una revolución a la que se había opuesto con todas sus fuerzas. Sin embargo, los republicanos siguieron sin tener una verdadera base social.
El punto cumbre de la recuperación republicana se dió en la concentración de Comillas. Sin embargo, en este acto esta ya latente, la futura ruptura que pronto iba a producirse entre las masas radicalizadas y los dirigentes republicanos:
"Ciertamente, la contradicción entre lo que Azaña decía y lo que la inmensa mayoría de sus auditores quería se hizo palpable cuando al terminar <<miles y miles de puños cerrados se levantaron>> sin que Azaña devolviera el saludo" (44).
En el seno del Partido Socialista, la derecha y la izquierda hicieron una interpretación distinta de la frustrada revolución de Octubre. Prieto, que había estado exiliado en París, conseguiría en la reunión del 20 de Diciembre de 1935, que la Ejecutiva del partido aceptara la renovación de la coalición de 1931. Prieto, defensor a ultranza de la República y enemigo de cualquier tentación revolucionaria, acusó en esta reunión, a la Izquierda Socialista de locura criminal. Para los socialistas moderados, solo una renovación de la Alianza podría evitar que la República fuera destruida.
Largo Caballero, rechazaba cualquier intento de volver a la situación de dicho período. La experiencia había traído el triunfo de la reacción. Sin embargo, a partir del acto republicano de Comillas, donde se habían concentrado 400.000 personas, el caballerismo experimentaría una evolución, y acabaría aceptando una nueva coalición. El apoyo al Frente Popular quedaría condicionado: la Alianza sería puramente electoral y temporal. Los socialistas, frustrando los deseos de Prieto, no formarían parte del futuro gobierno y se limitarían a apoyarlo para que cumpliera su programa mínimo, como un paso necesario hacia la toma del poder por los trabajadores (45).
Durante 1935, la teoría caballerista de la inminencia de la revolución experimentaría una evolución. Del "inmediatismo revolucionario" se pasaría a aceptar la existencia de un período intermedio, la etapa de la "revolución democrática". Durante el período intermedio, los socialistas deberían prepararse para tomar el poder, pero también tendrían que apoyar a la burguesía avanzada contra la resistencia de los restos feudales (46). Pese a la fraseología radicalizada, el caballerismo carecía de propuestas concretas, por lo que estaba condenado a adoptar una actitud pasiva, prestando su apoyo o adaptándose en cada momento, a la política más sólida, de las otras corrientes.
El punto más importante de la nueva política de los partidos comunistas era el llamamiento a la construcción de amplios Frentes Populares, que incluyeran a todas las clases y sectores antifascistas. Para ello, era necesario abandonar cualquier objetivo socialista que pudiese "asustar a las clases medias" o a la pretendida "burguesía democrática". El PCE defendía la necesidad del Frente Único Obrero, bajo la forma de Alianzas Obreras, pero supeditado al programa moderado, de colaboración de clases del Frente Popular.
"El posterior cambio de interpretación de las alianzas obreras, históricamente injustificado, en el sentido del pacto de Frente Popular con las clases medias o con la pequeña burguesía..."
(47).
Ya unos meses antes del VII Congreso de la IC, el programa del PCE había experimentado una importante moderación que lo acercaba a los planteamientos de los republicanos (48). Durante todo el período siguiente, el PCE se declaró como el defensor más fiel de la República, en su fase de revolución "democrático -burguesa". En Abril de 1935 siguiendo el ejemplo del PCF llamó a la formación de un Bloque Popular Antifascista. La unidad antifascista tomaba el carácter defensivo, frente a la represión del gobierno derechista que aunque afectaba a las organizaciones obreras, también se cernía sobre los grupos republicanos de "izquierda" (49).
El llamamiento del PCE, conseguiría cristalizar gracias a la convocatoria de elecciones en Febrero de 1936. El PCE, situándose en la extrema derecha del Frente Popular, se comprometía a "respetar escrupulosamente el compromiso contraído" (50).
El apoyo de todas las tendencias del PSOE, y en mucha menor medida del PCE, a la nueva alianza con los republicanos, generaría, de forma momentánea entre los trabajadores grandes ilusiones. Aunque el programa electoral del Frente Popular era sumamente moderado y no respondía a ninguna de sus aspiraciones, se podía detener el avance de la reacción derechista recuperando el gobierno para los republicanos de izquierda. La victoria de la alianza significaría también conseguir una de las reivindicaciones más sentidas: la amnistía política a todos los represaliados de Octubre.
En el seno del anarcosindicalismo, se había abierto camino una poderosa corriente de opinión que pretendía revisar su tradicional aislacionismo. A pesar de su desconfianza hacia los partidos, los militantes de la CNT y de la FAI sabían que la actitud de su organización, frente a los hechos de Octubre había sido un factor que había influido considerablemente en la derrota. Era preciso detener los avances de la reacción que se ocultaba detrás del gobierno. La represión no iba dirigida solo contra los partidos obreros, la CNT también era víctima de la represión (sus locales clausurados, su prensa prohibida, muchos de los 30.000 presos políticos eran militantes libertarios).
La actitud de la CNT frente a la formación del Frente Popular fue completamente pasiva. No haría campaña a favor de la bloque electoral, pero tampoco la haría en contra, lo que equivalía a dar su visto bueno para que sus afiliados votaran por él. El anarcosindicalismo abandonaba ,una vez más, su tradicional táctica, pero presa de sus propios prejuicios:
"Una vez más olvidó sus principios sin adoptar, a pesar de ello, una nueva línea ideológica consecuente; permanecía desorientada en el tortuoso laberinto del apoliticismo politicómano y de la politiquería antipolítica" (51).
Los libertarios estaban presos de sus propias contradicciones. Por un lado se veían obligados a renunciar a su antielectoralismo, por el otro desconfiaban de un Frente Popular, que no era más que una continuación de la vieja coalición de 1931-1933, que había protagonizado hechos tan sangrientos como el de Casas Viejas. Sin embargo sus bases ideológicas les impedían participar en las elecciones, por lo que la CNT se veía condenada a colaborar, pasivamente, con el Frente Popular.
El POUM defendía la necesidad de revitalizar las Alianzas Obreras que habían encarnado la independencia de clase en el período anterior, frente a la constitución de un bloque de colaboración de clases, como era el Frente Popular. El POUM criticó el llamamiento del PCE a subordinar el movimiento revolucionario a la Alianza con los republicanos, en nombre del antifascismo:
"El Frente Popular tal como lo propaga la IC es el contacto orgánico permanente del movimiento obrero y la burguesía liberal... Por medio del Frente Popular se pierden totalmente las diferencias de clase y se asesta, por lo tanto, un golpe a la lucha de clases, que es la piedra angular del marxismo" (52).
Sin embargo, la inmensa presión causada por las ilusiones de las masas en el Frente Popular, que estaba apoyado por todas las ,grandes organizaciones obreras. provocó un brusco viraje en su línea política. El 4 de Noviembre, el POUM propuso al PSOE y al PCE la formación de una Alianza Obrera Nacional.
Posteriormente haría una nueva propuesta, la coalición obrera discutiría con los republicanos la posibilidad de un pacto electoral, en la que el punto principal del programa sería la amnistía política. Ambas propuestas serían rechazadas. El 15 de Enero, el POUM firmó la constitución del Frente Popular, alegando que era un pacto puramente electoral y circunstancial para detener a la derecha y conseguir la libertad de los presos políticos y que habían sido obligados por las leyes electorales que favorecían a los bloques electorales. Con la entrada en la coalición, los poumistas pretendían evitar su marginación política frente al masivo respaldo que recibía el Frente Popular. Los cambios en su política por temor a la marginación política, sería una táctica que volvería a repetirse, con resultados nefastos para el POUM, durante la guerra civil.
De distintas maneras, todas las organizaciones obreras quedaban supeditadas a la reedición de la Alianza de 1931.
2.7.2.1 Frente Único Obrero versus Frente Popular. Naturaleza y programa.
El programa de las Alianzas Obreras, con mayor o menor claridad, reivindicaba la independencia orgánica y política del movimiento revolucionario frente a los republicanos. El Frente Popular defendía exactamente lo contrario, las organizaciones obreras supeditaban su línea política a la defensa de un programa moderado y liberal, que estaba representado por los republicanos.
El programa frentepopulista se desarrollaba en ocho puntos. En el preámbulo las organizaciones obreras se comprometían a apoyar el programa que desarrollaría el nuevo gabinete. Se defendía el restablecimiento del imperio de la Constitución y la defensa del principio de autoridad del gobierno. Los republicanos dejaban muy claras cuales eran sus intenciones frente a las tentaciones revolucionarias de las masas:
"La República que conciben los republicanos, no es una república dirigida por motivos sociales o económicos de clases... llevar las condiciones morales y materiales de los trabajadores hasta el límite máximo que permita el interés general de la producción" (53).
Tras los eufemismos y el mito del Estado, como árbitro que se sitúa por encima de las clases sociales, los dirigentes republicanos también dejaban muy claro los límites de su reformismo: la defensa de la propiedad privada. En una economía atrasada como era la española y en un contexto de crisis mundial, solo podía significar el futuro enfrentamiento con las aspiraciones más elementales de las masas.
Las Alianzas Obreras habían simbolizado la independencia de los trabajadores frente a la burguesía republicana liberal. Sin embargo, la falta de democratización y su funcionamiento burocrático había mostrado sus graves limitaciones. El proyecto aliancista había quedado arrinconado. Para unos eran algo anacrónico y superado, otros las relegaban a un futuro indeterminado, por cuestiones tácticas. Sin embargo y tal como señala Manuel Grossi, por una extraña ironía de la historia, la victoria del Frente Popular, iba a ser posible gracias a la Revolución de Octubre, que encarnaba la antítesis de la colaboración de clases y por lo tanto, las Alianzas Obreras (54).
En los diferentes puntos se indicaba el rechazo de las propuestas de la Izquierda Socialista sobre la nacionalización de la tierra y su entrega gratuita a los campesinos, el control obrero de los medios de producción, la nacionalización de la banca o el subsidio de paro. La indicación propuesta por los socialistas para dejar claro que sus propuestas habían sido rechazadas, evidenciaban sin embargo, su capitulación. Se veían obligados a aceptar un programa político que estaba muy lejos de ser, ni siquiera, el de la "revolución democrática" que pretendían defender para esta etapa.
La identificación de fascismo y restos feudales, que hacía gran parte de la izquierda (olvidando que el fascismo italiano y el alemán eran fenómenos completamente burgueses) justificaba la aceptación de los partidos obreros de convertirse en el furgón de cola de los republicanos, y de su proyecto de modernización del capitalismo español.
El Frente Popular era un calco de la coalición republicano -socialista de 1931, con la diferencia de que éste contaba, en esta ocasión, con la adhesión del PCE y del POUM. Sin embargo, había una diferencia mucho más importante. En 1931 las ilusiones democráticas de los obreros y del campesinado pobre en la República eran inmensas; en 1936, las expectativas de las masas no se centraban en el Frente Popular, sino en sus dirigentes que aseguraban la inminencia de la revolución socialista. Una vez detenida la reacción y agotado el proyecto republicano.
Un programa tan moderado no podía despertar los temores de la derecha, pero sí la evidente debilidad del Frente Popular, pese al apoyo prestado por las organizaciones obreras, para resistir los presiones del movimiento revolucionario. En realidad, la teoría interclasista que lo justificaba era completamente falsa:
"Los núcleos principales de la burguesía, incluyendo la mayor parte de la burguesía media y capas importantes de la pequeña burguesía urbana y rural,... formaban un bloque, de hecho, con la aristocracia terrateniente, las castas militares y eclesiásticas, los grupos fascistas" (55).
El grueso de la burguesía y de las clases dominantes, temerosas de la revolución, se hallaban claramente decantadas hacia la solución "fascista", y pese a su heterogeneidad y sus divisiones internas, se agrupaban en su inmensa mayoría, en torno a la CEDA . También el proletariado y el campesinado pobre se hallaban claramente decantados hacia posiciones revolucionarias:
"Decepcionado hasta el tuétano de la república parlamentaria instaurada el 14 de abril y de sus políticos liberales, ya no confiaba más que en sus propias fuerzas, en sus organizaciones clasistas; ya no creía en programas <<mínimos>>, en las medias tintas. Puede decirse, sin exagerar, que su <<programa mínimo>> era la revolución social" (56).
La situación no podía engañar a nadie. Los dos campos, la reacción y la revolución se encontraban claramente, frente a frente. Sólo los separaba una delgada capa formada por los dirigentes de las organizaciones que apoyaban el Frente Popular.
2.8 DE LAS ELECCIONES DE FEBRERO AL 18 DE JULIO.
Las elecciones del 16 de Febrero de 1936 dieron la victoria al Frente Popular con 4.838.449 votos, frente a 3.996.931 de la coalición de derechas y 449.320 del centro. Los resultados se tradujeron en las Cortes en 277 parlamentarios frentepopulistas, 132 derechistas y 32 del Centro (57). La aportación del voto anarcosindicalista al Frente Popular se calcula en un millón y medio. Los resultados por supuesto, no son fiables, en un sistema electoral donde el caciquismo y el pucherazo eran una práctica habitual. Sólo su análisis global, nos rebela algunas datos importantes que hay que tener en cuenta, para comprender los acontecimientos que se aproximaban. Por eso nos parecería absurdo cualquier estudio que pueda hacerse sobre los resultados, basándose en un análisis fetichista de los resultados.
Lo primero destacable de los resultados electorales fue el reflejo de la polarización social entre revolución y contrarrevolución. El Centro, sobre el que Alcalá Zamora, pretendía asentar la gobernabilidad de la República se desmoronó por completo. Sus principales dirigentes (Lerroux y Cambó) ni siquiera fueron elegidos, mientras que otros dirigentes derechistas, como Calvo Sotelo tuvieron problemas para conseguir su elección. Las clases medias se habían dividido entre los dos polos de atracción, el proletariado y la burguesía.
El sometimiento de los partidos obreros al proyecto republicano aparecía claramente reflejado en el reparto de los escaños en el seno del Frente Popular. Los republicanos contaban con 159 parlamentarios (84 para la Izquierda Republicana de Azaña, 37 de la Uniòn Republicana y 38 de la Esquerra Republicana de Catalunya), mientras que el PSOE, la única organización que contaba con una verdadera base social solo había obtenido 90 escaños. El PCE consiguió 16 quedando sobrerrepresentado por los pactos internos del Frente Popular, mientras que el POUM y el Partido Sindicalista solo consiguieron uno respectivamente (58).
La situación que se desencadenó con el triunfo del Frente Popular ocasionó la dimisión del centrista Portela Valladares y la formación de un nuevo gobierno de la coalición vencedora.
2.8.1 La evolución post-electoral.
La prueba de la ficción que era el Frente Popular se puso en evidencia inmediatamente después de su victoria electoral. Las masas trabajadoras no esperaron a la formación del nuevo gobierno para satisfacer su reivindicación más sentida, la amnistía política. A partir del 17 de Febrero, grandes manifestaciones como las ocurridas en Valencia y en Oviedo, abrieron las cárceles y liberaron a los presos políticos. Poco después estallaban huelgas por todo el país exigiendo la reincorporación de los obreros despedidos por represalias políticas y por el aumento de los salarios.
La victoria del Frente Popular desembocaba inmediatamente en una situación revolucionaria. A finales del mes de febrero, movimientos campesinos de ocupación de tierras aparecían y se extendían por todo el país. Cerca de 70.000 yunteros extremeños ocupaban las grandes propiedades de los terratenientes de la región. Movimientos similares se desarrollaban en Andalucía y en parte de Castilla. A menudo, el gobierno frentepopulista tenía que contemplar con impotencia las acciones del campesinado y legalizar por medio del Instituto de la Reforma Agraria las ocupaciones de tierras. Pero también, en numerosas ocasiones la acción del campesinado desembocó en enfrentamientos con la guardia civil, con sangrientos resultados (Yeste).
En los meses posteriores a la victoria electoral hasta el 18 de Julio, la situación revolucionaria se desarrollaría con gran rapidez:
"170 iglesias incendiadas, 269 muertos, 1287 heridos, 2l5 atentados, 113 huelgas generales, 228 parciales y 145 explosiones de bombas" (59).
La radicalización del movimiento crecía a medida que los meses pasaban y las aspiraciones de las clases populares no eran satisfechas.
"En junio-julio se registró un promedio de diez a veinte huelgas diarias. Hubo días con 400.000 a 450.000 huelguistas. Y el 95% de las huelgas que tuvieron lugar entre febrero y julio de 1936 fueron ganadas por los obreros. Grandes manifestaciones obreras desfilaban por las calles exigiendo pan, trabajo, tierra, aplastamiento del fascismo y victoria total de la revolución".
...
"La ocupación de las calles, de las empresas y de las tierras, la incesante acción huelguística, impulsaban al proletariado urbano y agrícola hacia formas más elevadas de la lucha política" (60).
Efectivamente, el movimiento revolucionario, más fuerte y radicalizado que nunca, apuntaba claramente hacia el desenlace final, hacia la confrontación. En el 1 de Mayo de 1936, las bases socialistas se manifestaron bajo las consignas de "Queremos un gobierno de los trabajadores" y "¡viva el Ejército Rojo!". El Frente Popular, una pálida sombra de gobierno, contemplaba impotente y paralizado, como el desarrollo de la situación no pasaba por el Parlamento, ni por el gobierno, sino en la calle y en el campo. Con sus triunfos, las clases populares crecían en la confianza en sus propias formas de luchas, frente a la paralización de los métodos parlamentarios que se mostraban, como en 1931, tímidos e impotentes.
En Catalunya el movimiento huelguístico y las acciones violentas fueron menores. La problemática campesina era diferente a la del resto del estado, ya que no existían grandes propiedades y las ocupaciones de tierra fueron prácticamente inexistentes. Mientras la situación en el campo catalán se mantenía más o menos, estabilizada. En las ciudades, el crecimiento del anarcosindicalismo era la característica dominante de la situación.
Se puede hablar, sin lugar a dudas, de que entre febrero y Julio, existía en España un triple poder.
-La reacción derechista, aterrorizada por la evolución de los acontecimientos, abandonaba definitivamente los métodos parlamentarios para terminar con el movimiento revolucionario y se entregaba, a los militares monárquicos que conspiraban desde la instauración de la República. Los militares, apoyados por las clases dominantes del país y por la Iglesia, eran conscientes que había llegado su momento.
-El movimiento revolucionario aplicaba la acción directa. Con sus movilizaciones, los trabajadores demostraban sus nulas ilusiones en la política que pudiera llevar a cabo el gobierno republicano, y presionaban a sus propias organizaciones para que tomasen en sus manos la situación. El gobierno no tuvo un momento de respiro, en el que se habrían ido apagando lentamente las ilusiones democráticas de los trabajadores. Éstos habían pasando inmediatamente a la acción. Sin embargo, el peligro para el movimiento revolucionario, estaba en el Frente Popular, en el apoyo político que éste, insistentemente, recibía de la mayor parte de las organizaciones obreras. Era este apoyo, el que actuaba como un verdadero freno en el proceso de radicalización de la situación.
-Entre ambos antagonistas, se situaba el cada vez más acorralado gobierno republicano. Azaña pretendía inútilmente demostrar que la República seguía teniendo la capacidad para frenar a los revolucionarios, y por lo tanto que el proyecto republicano todavía era viable. Superficialmente, su capital político conseguido durante la campaña electoral, permanecía intacto. La mayor parte de los partidos y sindicatos obreros estaban dispuestos a subordinar sus políticas al compromiso que habían adquirido con el Frente Popular. Sin embargo, el gobierno republicano, empequeñecido por la sombra de los dos colosos sociales, era incapaz de llevar a cabo su propia línea. No era más que una ficción.,El gobierno tenía que hacer respetar la legalidad republicana, si quería sobrevivir, pero para ello tenía que contar incondicionalmente con los cuerpos de seguridad del Estado, el ejército, los guardias de asalto y la guardia civil.
Desde el primer momento la política hacia estas instituciones fue cerrar los ojos, frente a las evidencias de los avances de la conspiración. El gobierno se negaba a cualquier tipo de depuración en el ejército, ni siquiera de los elementos más declaradamente fascistas. La actitud del gobierno de Azaña no puede ser tachada ingenua, sino de interesada. Frente a la potencial amenaza revolucionaria y la incapacidad de las organizaciones obreras del Frente Popular para frenar a sus propias bases, los políticos republicanos tuvieron que apoyarse más y más, en el estamento militar. Este fue la razón política de la elección para el Ministerio del Ejército del general Carlos Masquelet Lacaci, antiguo ministro y hombre de confianza de Lerroux en el bienio negro, ante la sorpresa y el malestar de los mismos socialistas moderados (61).
Los principales líderes militares de la conspiración habían sido trasladados en sus destinos, pero fueron mantenidos en puestos estratégicos, a cambio de una promesa formal de fidelidad a la República.
"Muchos oficiales republicanos instaban a los políticos medidas de control contra las conspiraciones. Pero el Gobierno no se atrevía a tomar medidas enérgicas, confiado en una política de apaciguamiento, con ingenuas declaraciones públicas" (62).
El general Franco fue enviado a Canarias, cerca de la principal base de la conspiración, Marruecos; Mola era trasladado a Navarra, uno de los focos peninsulares de la contrarrevolución y Goded a Mallorca. Ante los rumores públicos sobre los preparativos del golpe, el gobierno salió en defensa de los "fieles servidores del poder constituido y garantía de obediencia a la voluntad popular" (63). La pretendida ceguera republicana se mantendría incluso en los primeros momentos del golpe, negándose a creer que éste se hubiera puesto en marcha.
Esta aparentemente incomprensible actitud, sólo puede explicarse por el intento desesperado del gobierno para mantener el orden frente a la creciente polarización social. La depuración de los golpistas hubiera afectado profundamente al ejército, donde éstos contaban con grandes simpatías, y hubiera acelerado el proceso conspirativo. Los republicanos temían el golpe militar, pero temían infinitamente más a la radicalización del movimiento obrero y del campesinado, que habría liquidado definitivamente su proyecto modernizador del capitalismo español.
La táctica de los republicanos era atraerse a los mandos militares hacia su causa, mientras se reprimía las movilizaciones en el campo y en la ciudad. Como contrapartida, para contentar a la izquierda del Frente Popular, era declarada ilegal la ultraderechista Falange Española. Sorteando a ambos contendientes, el gobierno pretendía salvar la ficción del régimen republicano.
"El gobierno era una ridícula cúspide <<antifascista>> coronando la pirámide de un Estado perfectamente agarrado, en todos sus organismos esenciales, por las facciones contrarrevolucionarias" (64).
Las cárceles vaciadas al día siguiente de la victoria electoral, se llenaron de nuevo de militantes obreros y campesinos. Una buena parte de los nuevos presos, pertenecientes a las organizaciones que apoyaban al gobierno, fueron acusados de ocupar ilegalmente las grandes propiedades agrícolas, o por participar en huelgas ilegales. La CNT fue perseguida por su apoyo a las movilizaciones y amenazada con la ilegalización. Un mes antes del inicio de la guerra, los locales del sindicato estaban cerrados. Sólo la presión popular y la solidaridad de la UGT obligaron al gobierno a retroceder en el cumplimiento de sus amenazas.
2.8.2 Las organizaciones obreras. Programa, análisis y perspectivas.
La fisonomía política del movimiento obrero durante el período post-electoral hasta las vísperas del intento de golpe se refleja en la estadística sobre la afiliación sindical: la UGT agrupaba a 1.447.000 de miembros mientras que la CNT tenía 1.557.000. La suma de ambas organizaciones sindicales era algo superior a los tres millones de afiliados, cerca de un 40% de los trabajadores del país. La militancia política de los partidos obreros estaba incorporada en su mayoría a una u otra central sindical o, como la FOUS (POUM) estaba en proceso de hacerlo.
2.8.2.1 El Partido Socialista.
La derecha de Besteiro y el centro de Prieto que controlaban el aparato del Partido, se volcaron incondicionalmente a apoyar al nuevo gobierno republicano. Ambos dirigentes políticos llamaron a la moderación y a la paciencia de los trabajadores, considerando que era la única forma para defender a la República, frente a la reacción fascista.
La mayor parte de las bases ugetistas y socialistas se agrupaban en torno a Largo Caballero. Desde 1934, la Izquierda Socialista había pasado del rechazo más absoluto a cualquier pacto con los republicanos, al descubrimiento de la existencia de una etapa "democrático burguesa" intermedia, previa a la revolución socialista. El viraje radical de la Izquierda Socialista reflejaba la adaptación política del caballerismo a la presión proveniente de los republicanos, del PCE y de la derecha de su propio partido. La nueva teoría justificaba la alianza circunstancial con la burguesía "democrática". Los caballeristas no aceptaban abiertamente el proyecto azañista, pero tampoco proponían otra alternativa. Se limitaban a ir a remolque de los acontecimientos y de las iniciativas de los grupos restantes.
El caballerismo persistía en la idea de que, con la debilidad de la pequeña burguesía, la reacción levantaría la cabeza e intentaría el golpe de Estado. El agotamiento de los republicanos entregaría, como fruta madura, el poder a los socialistas. Se identificaba la revolución con un simple cambio de gobierno. Era una visión mecanicista de los acontecimientos, que cedía la iniciativa a la reacción. La derecha sería aplastada por una huelga general y por la respuesta unitaria de los trabajadores. Desde este punto de vista, era innecesario cualquier programa o plan para enfrentarse a los acontecimientos.
La visión de Caballero, no era compartida por Prieto, que consideraba que el agotamiento republicano arrastraría al resto de organizaciones del Frente Popular (65).
A partir de la defensa de la etapa "democrática", se inició una evolución hacia la defensa, cada vez más clara, del proyecto del Frente Popular:
"A su lado estamos para ayudarles con toda la resolución precisa en el desenvolvimiento del programa que juntos hemos suscrito, aunque no nos satisface" (66).
La idea de que la coalición era puramente electoral, o su propia circunstancialidad fue desapareciendo para convertirse en un pacto estable y permanente. En estas circunstancias, el poder ya no estaba al alcance de los trabajadores, y la disolución del Frente Popular solo podía favorecer a la derecha.
El gobierno republicano tenía que desarrollar su programa. Los socialistas se limitarían a ayudar y a presionar para que los republicanos cumpliesen. La negativa del caballerismo a que el Partido socialista formase parte del gobierno sólo puede entenderse como una maniobra destinada a evitar que Prieto consiguiese sus propósitos de formar parte de él. La exigencia de que se formase un gobierno socialista monocolor, después del agotamiento de los republicanos, si éstos no eran capaces de cumplir su programa, era irreal. El caballerismo carecía de un plan para conseguir sus objetivos. Por el contrario, a medida que la situación se deterioraba, sus intervenciones se encaminaban a calmar los ánimos de sus propias bases sociales y a conseguir apoyos para el gobierno. Se observa un abandono del lenguaje revolucionario y de las antiguas referencias a la dictadura del proletariado. En una entrevista con el ministro de Trabajo, Largo Caballero aseguró que las huelgas y las manifestaciones:
"no tienen en ningún momento carácter de agresión contra la República, contra el régimen ni contra el poder constituido" (67).
Ante los sangrientos sucesos de Yeste y frente a los sectores de sus propias bases que reclamaban la disolución de la guardia civil, afirmaban que:
"como colaboradores del <<Frente Popular>>, no les es lícito <<pedir al gobierno medidas que no entran en sus propósitos y que ciertamente rebasan el programa del Frente Popular>>, con lo que se referían a su intención de no pedir la disolución de la Guardia Civil..." (68).
Los rumores de conspiración fueron considerados exagerados, e incluso como una maniobra prietista para justificar su entrada en el gobierno. El caballerismo subestimaba los planes conspirativos de la reacción, a la que esperaba derrotar con la simple respuesta espontánea de las masas, y que se convertiría en el mecanismo por el que la Izquierda Socialista esperaba acceder al gobierno.
2.8.2.2 El Partido Comunista.
El PCE se convirtió en la organización obrera más entusiasta e incondicional del Frente Popular. No se trataba de preparar la revolución socialista, sino de defender y consolidar a la República. Como los caballeristas, los comunistas oficiales defendían la existencia de una etapa intermedia, anterior a la revolución socialista. La revolución democrático-burguesa, dirigida por una supuesta "burguesía democrática", liquidaría los restos del feudalismo. También, como los socialistas, se identificaba al fascismo, no con la burguesía aterrorizada por la revolución, sino con los residuos feudales. La posición del PCE era, por lo tanto, defender el nuevo gobierno y presionarlo para que cumpliese su programa moderado. Pero al contrario de Caballero, que excluía la participación del PSOE en el gobierno, los comunistas se acercaban a los prietistas, al defender la formación de un gobierno de coalición y no republicano, exclusivamente.
Durante años, cuando no habían condiciones, el PCE había clamado por la revolución proletaria. Ahora, que la República entraba en crisis, y el movimiento revolucionario empujaba, el PCE se convertía, con su interpretación "democrático-burguesa", en uno de los soportes más fieles del régimen republicano. Los llamamientos para limitar el movimiento huelguístico, durante este período, fueron constantes:
"No es un secreto para nadie que después del 16 de Febrero, los patronos fascistas utilizan como forma de lucha el empujar primero a los obreros a declarar conflictos y luego prolongar su solución, mientras sea necesario y posible, para desesperar a las masas, lo cual provocará actos esporádicos sin finalidad ni efectividad... pero que enfrentarán a los obreros con el gobierno, porque ésta es una de las condiciones... para un golpe de estado" (69).
Frente a la amenaza fascista, el Partido Comunista llamó a la unidad de la clase obrera (PCE-PSOE, CNT-UGT), pero por la defensa y consolidación de la República, no para superarla.
Ante el rápido deterioro republicano, José Diaz se vió obligado a reconocer que:
"El gobierno, al que estamos apoyando lealmente en la medida en que cumple el pacto del Bloque Popular, comienza a perder la confianza de los trabajadores. Y yo digo al Gobierno Republicano de izquierda que este es el camino erróneo del 14 de Abril de 1931. Y que si sigue por este camino, nosotros obraremos, no rompiendo el Bloque Popular, sino fortaleciéndolo y empujando hacia la solución de un Gobierno de tipo popular revolucionario que imponga las cosas que este Gobierno no ha comprendido o no ha querido comprender" (70).
La declaración del dirigente comunista no podía ser más patética. La política internacional del estalinismo obligaba al PCE a insistir en el programa del Frente Popular, cuando éste era cotidianamente desbordado por los trabajadores, que se empeñaban, tozudamente, en no respetar la naturaleza "democrático burguesa" de la revolución.
2.8.2.3 El anarcosindicalismo.
La CNT había apoyado al Frente Popular, dando libertad de voto a sus afiliados, para conseguir la amnistía y evitar el triunfo de la derecha, que solo podía significar el avance del fascismo.
El peligro de una sublevación militar había sido analizado antes de la victoria electoral del Frente Popular. El 14 de Febrero, el Comité Nacional había lanzado un manifiesto que denunciaba los planes de la conspiración:
"Marruecos parece ser el foco y epicentro de la conjura. La acción insurreccional está supeditada al resultado de las elecciones. El plan teórico y preventivo lo pondrán en práctica si el triunfo lo consiguen las izquierdas. Nosotros, que no defendemos la República pero que combatiremos sin tregua al fascismo, pondremos a contribución todas las fuerzas de que disponemos para derrotar a los verdugos históricos del proletariado español... La democracia sucumbirá entre dos fuegos, por inactual, por desplazada del terreno de la lucha. O fascismo o revolución social..." (71).
Sin embargo, la amenaza fascista fue subestimada por todas las organizaciones obreras,incluida la CNT.
Entre los meses de febrero y Julio, la CNT apoyó todo el proceso de huelgas y de movilizaciones que se desarrollaban por todo el país, y que amenazaba con desbordar al gobierno del Frente Popular, lo que la llevó a enfrentamientos con la UGT. La actitud del anarcosindicalismo frente a la moderación republicana fue de rechazo, acusándolos de no haber adoptado durante los primeros meses de gobierno, las mínimas medidas democráticas para corregir la secuelas de la represión del bienio negro:
"Pronto hará tres meses que la coalición de izquierdas, consiguió el triunfo electoral. Las masas populares dispuestas a que fueran libertados los presos y restablecidas las garantías constitucionales, votaron a los hombres de izquierda. Han sido liberados muchos presos, no todos, pero siguen en vigencia el estado de excepción y de alarma. La prensa vive la vergüenza de la sumisión a la previa censura. No hay, pues, libertad de expresión. De aquellos fogosos discursos y de aquellas risueñas promesas, no queda absolutamente nada" (72).
El 1 de Mayo de 1936, se realizó en Zaragoza, el IV Congreso de la organización, que se caracterizaría por el triunfo completo de la FAI sobre las demás corrientes. Pese a la maduración revolucionaria, la CNT no hizo ningún análisis sobre la situación política. Siguiendo la vieja tradición faísta, la sobreestimación de la espontaneidad revolucionaria de las masas sustituyó a cualquier plan para enfrentarse a los acontecimientos que estaban a punto de suceder. La oposición treintista que asistió al Congreso para reingresar a la CNT y los "anarcobolcheviques", fueron los vencidos. Los treintistas abandonaron sus antiguas críticas, y aceptaron las resoluciones del Congreso, a cambio de algunas concesiones. Los anarcobolcheviques intentaron que el sindicato fuera consecuente con el peligro fascista, reclamaron la formación de milicias confederales, pero fueron derrotados por los anarquistas "puros".
El texto aprobado en el Congreso, poco o nada tenía que ver con la situación. En un momento en el que el choque decisivo se acercaba, donde la amenaza de la reacción se desarrollaba con rapidez, y donde el volcán revolucionario estaba al borde de la erupción, las resoluciones aprobadas hablaban de la futura sociedad anarquista y se tomaban posiciones sobre la reforma agraria. El único punto que respondía a las necesidades del momento, sería una propuesta de Alianza Revolucionaria con la UGT, que se condicionaba al abandono de la colaboración de ésta con el gobierno.
El IV Congreso de la CNT fue una oportunidad perdida para el movimiento libertario. Dos meses después el anarcosindicalismo tendría que enfrentarse a una situación revolucionaria, provocada por el levantamiento militar, en las peores condiciones posibles.
"... que en el Congreso de Zaragoza hicieron tabla rasa de todas las experiencias acumuladas desde 1919, no se entregaron a ningún análisis de la coyuntura política, y se vieron obligados, el 19 de Julio, a improvisar en la incoherencia más completa" (73).
Sólo la creatividad y el entusiasmo de sus militantes evitaría el hundimiento de la organización. Esta subestimación por la teoría y por el estudio de la situación iba a tener nefastas consecuencias pocos meses después, ya en plena guerra civil.
2.8.2.4 El Poumismo.
El POUM había apoyado al Frente Popular por cuestiones tácticas: la amnistía de los presos de Octubre y el temor a verse aislado por el aparente renacimiento de las ilusiones democráticas que produjo la campaña electoral. Su línea política, entre los meses de Febrero y Julio sería de vacilación frente a la coalición obrero-republicana. Inmediatamente después de conocerse los resultados, declaró su independencia con respecto al Frente Popular y criticó el apoyo del PCE y del PSOE al gobierno surgido de las elecciones. Esta postura no impediría que el único diputado del POUM, Joaquín Maurín, votara a favor del gobierno de Azaña, precipitadamente constituido después del triunfo electoral (74). Ante la convocatoria de nuevas elecciones municipales volvió a apoyar a la coalición, para volver a atacarla, después de ser postergadas por Azaña (75).
La táctica de los dirigentes socialistas y comunistas, de intentar limitar las movilizaciones y de moderar las reivindicaciones de los trabajadores, en aras de la consolidación del gobierno fue tachada de crimen y de traición, porque consolidaba el dominio de la burguesía, bajo la forma republicana (76). Sin embargo, Maurín, llamó al gobierno republicano a emprender una política de nacionalizaciones y a adoptar medidas progresivas, a la manera de las que había aplicado Blum en Francia, para detener los avances del fascismo (77). La política poumista combinaba la crítica y la denuncia, con la colaboración con el Frente Popular, según el momento y la situación, lo que lo convertía, sin quererlo, en su ala izquierda.
La política poumista se basaba en dos puntos fundamentales:
-La revitalización de las Alianzas Obreras, condenadas al ostracismo y a la disolución por el abandono del PSOE del proyecto. Andreu Nin, secretario del partido, debatiendo con las JSE partidarias también de las Alianzas, defendió la necesidad de que los nuevos organismos revolucionarios abandonasen su carácter burocrático y que se democratizasen, dando el protagonismo, la participación y su control a las masas.
-El segundo punto sobre el que descansaba la política poumista era la necesidad del Partido revolucionario. El POUM sentía su propia debilidad frente a las poderosas corrientes socialista y anarquista que organizaban a la inmensa mayoría del movimiento obrero español. Su política vacilaba entre la crítica principista y la adaptación a estas corrientes, era un reflejo de esta visión. El POUM esperaba que las circunstancias arrastrarían a la izquierda del Partido Socialista y al sector más consecuente de la CNT hacia posiciones consecuentemente revolucionarias. Entonces sería posible la deseada unidad revolucionaria. Mientras tanto, el poumismo se veía obligado a nadar entre dos aguas, esperando su oportunidad.
En vísperas de la guerra civil, todas las organizaciones obreras, de una forma u otra, estaban ancladas en el Pacto del Frente Popular.
El PCE se declaraba su más entusiasta defensor. El socialismo español se encontraba dividido en dos fracciones, sin embargo los dirigentes de ambas, no estaban dispuestos a ir más allá del pacto con los republicanos. El anarcosindicalismo y el poumismo se declaraban críticos del Frente Popular. Sin embargo y aunque apoyaban decididamente al movimiento revolucionario, carecían de alternativas. El anarcosindicalismo, preso de sus prejuicios tradicionales, sobrevaloraba el espontaneísmo de las masas y consideraba que la voluntad revolucionaria era una condición suficiente para la victoria. El Poumismo analizaba correctamente la naturaleza del Frente Popular, pero no se atrevía a romper frontalmente con él, por temor a quedarse aislado políticamente.
Con el 18 de Julio de 1936 se iniciaría una nueva situación revolucionaria que desnudaría la ficción frentepopulista. Todos los historiadores sin excepción, reconocen el carácter espontáneo del movimiento que barrió la legalidad republicana y que hizo fracasar la sublevación en la mayor parte del país. Sin embargo, la espontaneidad tenía sus límites. Los trabajadores carecían de una organización dispuesta a llevarlos al poder. La dualidad de poderes que pretendemos estudiar en este trabajo, fue de hecho, fruto de la falta de esta dirección revolucionaria. También es en este vacío político, donde encontraremos también las causas del fracaso de la revolución española.
2.8.3 La reacción en marcha. Los preparativos del golpe.
La victoria electoral del Frente Popular sorprendió a la derecha que esperaba su triunfo. El resultado electoral llenó de pánico a las clases dominantes.
El 17 de Febrero, Franco, Calvo Sotelo y Gil Robles, reclamaron al jefe de gobierno Portela Valladares, la declaración del estado de guerra para hacer frente al movimiento revolucionario que amenazaba con desbordar, desde los primeros momentos, al victorioso Frente Popular. La declaración hubiera significado en realidad, un golpe de Estado de imprevisibles consecuencias y hubiera desencadenado el enfrentamiento, en un momento en el que la derecha se encontraba dividida.
Primero era necesario desarticular al poderoso movimiento revolucionario en nombre del Frente Popular. Después había que subsanar los antagonismos que debilitaban a la derecha y que afectaba a la misma unidad del ejército, que se había convertido en la columna vertebral de la reacción.
Durante el período comprendido entre los meses de febrero y julio, el terrorismo falangista y los sabotajes económicos iban a preparar el ambiente psicológico para el golpe de estado. La derecha, completamente entregada a los planes conspirativos de la Unión Militar Española (UME), abandonó en la práctica cualquier iniciativa parlamentaria. Las Cortes serían utilizadas como tribuna para atraerse a los sectores de la pequeña burguesía, temerosa de un movimiento revolucionario que se agitaba pero que, falto de dirección, no se decidía a tomar el poder.
Alcalá Zamora fue destituído de la presidencia de gobierno y un mes más tarde, sustituido por Azaña. En las votaciones la derecha se abstuvo o dió libertad de voto a sus parlamentarios. Poco podía preocuparle quién iba a ocupar la presidencia de la República, cuando había dejado de creer en ella.
La burguesía era consciente de que la República ya no era una salvaguarda segura para sus intereses. La reacción necesitaba tiempo para preparar el golpe de Estado que tenía que devolver la situación a su cauce tradicional. La defensa que hacían las organizaciones obreras del Frente Popular del régimen servía, objetivamente, a sus intereses. El pacto les obligaba a frenar las luchas de los trabajadores y las dejaba sin dirección. La derecha, mientras tanto, recobraba la confianza en sus propias fuerzas, después del fracaso electoral de febrero, al ver que el adversario era incapaz de enfrentarse seriamente a ella.
La incapacidad del movimiento obrero, durante dicho período, para tomar el poder, pese a las grandes luchas y movilizaciones desencadenadas, hizo que parte de la pequeña burguesía, que había votado por el Frente Popular o por los partidos del Centro, acabase simpatizando con las promesas de orden que lanzaba la reacción.
Una vez las diferentes organizaciones derechistas estuvieron unificadas bajo la dirección del ejército, la cuenta atrás para llevar a cabo el plan, se puso en marcha. Los asesinatos del teniente de Asalto, Castillo, simpatizante de la izquierda, y también del líder de la extrema derecha Calvo Sotelo, serían el pretexto para adelantar el golpe. El 17 de Julio las guarniciones de Marruecos proclamaban el "pronunciamiento" que iba a desencadenar la guerra civil.
3. LAS JORNADAS DE JULIO. LOS INICIOS DEL DOBLE PODER.
El 17 de Julio, las tropas acantonadas en Marruecos se pronunciaron contra el curso de los acontecimientos de los últimos meses y exigieron una corrección drástica de la República.
El contenido de la proclama no iba dirigido contra el orden republicano ni contra el Frente Popular, sino contra el movimiento revolucionario que tendía a desbordarlos. En los planes de los militares insurrectos no estaba previsto el inicio de una guerra civil, ni que el intento de golpe de estado derivase en una auténtica revolución que terminaría con las instituciones republicanas. La conspiración copiaba los esquemas del clásicos pronunciamientos decimonónicos. El pronunciamiento provocaría la dimisión del gobierno y la implantación de un directorio militar, que llevaría a cabo la represión contra las organizaciones obreras y que restauraría el orden republicano.
Al día siguiente, y frente a la pasividad gubernamental, que ocultaba a la población las noticias del levantamiento y que lo declaraba limitado a "algunas zonas del Protectorado", la sublevación se extendió por toda la península. La actitud del gobierno, apoyado por las organizaciones obreras del Frente Popular, (bajo la consigna de "El gobierno manda y el Frente Popular obedece") fue la de llamar a la población a la serenidad. El gobierno, en un intento para evitar la participación de la población y de los trabajadores en los enfrentamientos, proclamó que las fuerzas leales al gobierno se bastarían para sofocar la sublevación.
Largo Caballero pidió públicamente, en nombre de la UGT, que se armara a los obreros para poder defender la República. La petición fue rechazada por el gobierno, temeroso de que este hecho pudiera significar la liquidación del orden republicano y el desencadenamiento de la revolución.
Ante los avances de los golpistas, la CNT y la UGT proclamaron la huelga general, en la noche del 18 de Julio. En la madrugada del mismo día, el presidente Casares Quiroga presentó su dimisión, después de que hubieran fracasado las negociaciones con los sublevados.
Poco después, Azaña, propuso al presidente de las Cortes, Martínez Barrio, que formase el nuevo gabinete, que debería estar compuesto exclusivamente por republicanos y situado políticamente, a la derecha del Frente Popular. Con esta derechización, Azaña pretendía facilitar el acuerdo con los sublevados y evitar a toda costa, la intervención de las masas y el hundimiento del orden republicano. Varias carteras del nuevo gabinete fueron prometidas a los sublevados (78). Sin embargo, los intentos de Martínez Barrio estaban condenados al fracaso. La noticia de las conversaciones llegó a la población, en el momento en que ésta, empezaba a reaccionar contra el levantamiento. Largo Caballero amenazó con la insurrección, si se llegaba a un acuerdo con los golpistas, mientras que cientos de miles de manifestantes recorrían las calles de Madrid exigiendo armas y acusando al gobierno de traidor. La composición del nuevo gobierno y la petición de negociaciones, fueron interpretadas como un signo de debilidad y rechazaron la propuesta. El gabinete de Martínez Barrio, ante el callejón sin salida, dimitió.
Finalmente, sólo José Giral aceptó formar un nuevo gabinete.
Seguidamente y ante una situación cada vez más desesperada, decretó la disolución de las unidades sublevadas y la distribución de armas entre las milicias obreras. Los decretos "legalizaban" la realidad que ya se estaba desarrollando en todo el país, pero también era el reconocimiento de la muerte de la República.
3.1 LAS JORNADAS DE JULIO EN BARCELONA Y CATALUNYA.
La conspiración era un secreto a voces, que solo el gobierno se había negado a aceptar. En Catalunya, la CNT había alertado a la opinión pública, junto al resto de organizaciones obreras del peligro de sublevación militar. El 14 de Julio, en una reunión de sus Comités de Defensa de Barriada de Barcelona, los anarcosindicalistas concretaron sus planes para poder enfrentarse al levantamiento militar. El día 16, en una nueva reunión, se informó de la escasa o nula predisposición del gobierno catalán a armar a la población. En la misma reunión se decidió colaborar con el resto de las organizaciones obreras, frente a la amenaza inminente de la sublevación.
La Generalitat desconfiaba de los revolucionarios. El remedio de entregar armas a las organizaciones obreras, podía ser peor que la enfermedad golpista (79). Ante el dilema de armar a los trabajadores y desencadenar la revolución social, o no hacerlo, facilitando las posibilidades de éxito de los militares que liquidarían la autonomía catalana, el presidente Companys prefirió confiar, exclusivamente, en sus escasas fuerzas para dominar la situación y desechó las peticiones de los dirigentes de la CNT pidiendo armas, lo que equivalía al suicidio. La correlación de fuerzas era adversa. Mientras la guarnición militar contaba con unos 6.000 hombres con abundante armamento, sin contar los efectivos civiles derechistas que se sumarían a la sublevación, la Generalitat solo contaba con 1.960 guardias de Seguridad y de Asalto, y con la dudosa lealtad de 3.000 guardias civiles que estaban dirigidos por el general Aranguren, Una buena parte de estos últimos mantenía una actitud sospechosa y podían pasarse al lado de los insurrectos en cualquier momento. A pesar de todo, el gobierno autónomo catalán procedió a asegurarse de que no sería desbordado por los revolucionarios cuando la conspiración estallara. En vísperas del golpe, procedió a registrar los locales de la CNT en busca de armas y a confiscar todas aquellas que fueron descubiertas en poder de sus militantes. En los combates del 19 y 20 de Julio, los revolucionarios solo pudieron contar con las escasas armas que habían mantenido ocultas desde 1934, hasta que consiguieron asaltar los cuarteles.
La mañana del 19 fue la elegida para que las tropas, dirigidas por Goded, desde Mallorca, iniciaran sus maniobras para apoderarse de Barcelona. Inmediatamente las sirenas de las fábricas y de algunos barcos alertaron a la población, y llamaron a la lucha contra los sublevados.
Después de intensos combates, en la tarde del día 20, la insurrección militar había sido finalmente vencida en Barcelona. El general Goded había sido detenido cuando, confiado en la victoria, había llegado a la capital catalana, a bordo de un hidroavión, para encabezar a la guarnición sublevada.
Algunos historiadores atribuyen la victoria sobre los militares insurrectos, al papel jugado por la guardia civil y los efectivos controlados por la Generalitat, que se mantuvieron fieles a la República (80). Sin desmerecer la importancia de estas fuerzas en los combates, que sería fundamental en los primeros momentos de la lucha, fue la participación de los obreros revolucionarios, la que decidió el resultado final.
Vicenç Guarner, jefe de los servicios de la Comisaría General de Orden Público de la Generalitat, tenía muy claro la enorme inferioridad de las tropas leales, en efectivos y en armamento:
"En nuestra enorme inferioridad, el <<hierro de nuestros escuadrones armados>> no era más que modestas limaduras... era incierta todavía, la actitud de la guardia civil, y nuestros viejos guardias de las compañías locales de seguridad estaban desentrenados militarmente... la perspectiva no podía ser más desoladora" (81).
Las declaraciones de Vicenç Guarner son una honesta confesión de lo que él consideraba una derrota previsible. Sin embargo esa era la línea que había sido aceptada por el gobierno catalán. La actitud mantenida por los dirigentes de la Generalitat ante la amenaza de la sublevación, (como en Octubre de 1934) muestra que ponían un signo igual entre éstos y los revolucionarios.
"En la jefatura de policía, Frederic Escofet, comisario de orden público, oyó el aullido de las sirenas con sentimientos opuestos. Él y Lluís Companys, presidente de la Generalitat, habían acordado no armar al pueblo. A sus ojos, la CNT representaba para el régimen republicano un peligro tan grande como el de la revuelta militar" (82).
Fue la intervención de los militantes de las organizaciones obreras, principalmente los libertarios, que combatieron junto a la guardia civil y la aviación, la que decidió el resultado del conflicto.
Historiadores tan poco sospechosos de simpatizar con los revolucionarios como Martínez Bande reconocen que su aporte fue decisivo para la derrota de los insurrectos (83). En todo el estado, la mayor parte de la guardia civil y numerosos miembros de los cuerpos policiales republicanos, se pasaron al lado de los insurrectos. Esto no ocurrió en Barcelona. Cabe preguntarse porqué. El capitán Escofet, había observado que "una pasividad incomprensible" afectaba a algunos grupos de Asalto, frente a los rebeldes (84). Sin duda alguna, la presión de los revolucionarios y de la población en general, fue un factor decisivo para que numerosos efectivos de los cuerpos policiales no se pasasen al bando contrario, al estallar los combates.
El decreto de Giral, disolviendo las unidades sublevadas, actuó como un poderoso disolvente en todo el ejército. Los cuarteles fueron abandonados por la escasa guarnición que en ellos había quedado (85). El día 20, la CNT y la FAI asaltaron los cuarteles de las fuerzas sublevadas que estaban combatiendo en las calles de Barcelona. Los revolucionarios pudieron así, incautarse del numeroso armamento que allí se encontraba y que pudieron añadir a su escaso arsenal. El hecho de que los revolucionarios pudieran contar con armas en abundancia facilitó el triunfo de los revolucionarios y el rápido desmoronamiento republicano.
A pesar de los preparativos de la CNT, de la FAI y del resto de grupos obreros, la organización contra la intentona de golpe, fue escasa y los elevados grados de espontaneidad y de improvisación fueron el elemento dominante de la lucha.
"¿Dónde se encontraba, pues, ese Estado Mayor de la <<chusma>>? En realidad, no había Estado Mayor, sino una iniciativa descentralizada animada por los Sindicatos obreros, por los Comités revolucionarios de Barriadas, y por la fuerza entusiasta de una multitud de mujeres, hombres y chiquillos que acechan al enemigo, que toma la decisión de levantar barricadas aquí y más allá, poniendo en cada adoquín que se pasa en cadena de mano en mano, un propósito de aplastar a los sublevados" (86).
La colaboración entre las tropas leales y los militantes obreros resquebrajó, definitivamente, la disciplina de los primeros. Contagiados del ambiente y de la simpatía de la población que había salido a la calle, a medida que los últimos focos de resistencia se iban acabando, empezaron a romper sus uniformes y a sumarse a los revolucionarios. Felipe Diaz Sandino, un honesto militar republicano, describía la situación revolucionaria que se había abierto con el intento de golpe de Estado.
"... con el ejército en contra, el pueblo armado en la calle y sin poder contar con la guardia civil y asalto, contagiados después por la ola de indisciplina social o bien sumergiéndose en ella para congraciarse con los organismos obreros, contra los que habrán luchado en otras ocasiones, participando en el desorden general, tales eran las circunstancias en que se encontraba España y Catalunya por lo tanto... no podía contar el gobierno con quien oponerse a aquel estado de cosas..." (87).
La victoria se consiguió con grandes pérdidas para los revolucionarios, Ascaso (CNT), Germinal (POUM), Graells (JSU), cerca de medio millar de anarquistas y otros muchos militantes de los otros grupos obreros, murieron o resultaron heridos en los enfrentamientos.
La victoria en Barcelona decidió el resultado de los combates que se estaban desarrollando en el resto de Catalunya y provocó el hundimiento de los sublevados. Con las armas requisadas en los cuarteles, numerosos grupos armados se desplazaron a otras poblaciones para acabar con los últimos focos de resistencia de los insurrectos.
La Generalitat se encontró desprovista de su autoridad y de los medios para ejercerla. En pocas horas su poder, como el del gobierno de Madrid, se había derrumbado.
"El 19 de Julio,(dice Companys), yo tocaba el timbre de mi despacho llamando a mi secretario. El timbre comenzaba por no sonar, porque no había corriente eléctrica. Si me dirigía a la puerta de mi oficina, el secretario no estaba; no había podido llegar al Palacio de Gobierno; pero, si se encontraba allí, no podía comunicar con el secretario del director general, porque éste no había llegado a la Generalitat. Y si el secretario del director, venciendo mil dificultades, se encontraba en su sitio, su superior jerárquico no había acudido a la cita." (88).
La Generalitat, sólo era una sombra arrinconada del viejo poder. El prestigio ganado en los combates, por la CNT, verdadera vencedora, colocaba a la organización anarcosindicalista en el centro de la situación política en Catalunya.
3.2 LAS JORNADAS DE JULIO EN EL ESTADO
La tentativa de golpe de los insurrectos buscaba un desarrollo rápido. Nadie preveía que el pronunciamiento militar pudiera desencadenar la revolución que pretendían evitar, ni que iba a desembocar en una sangrienta guerra civil que duraría tres largos años.
Según Pietro Nenni, el 95% de los oficiales del ejército, la Guardia Civil en su casi totalidad y el 50% de los guardias de Asalto se unieron a los insurrectos. Entre un 75% y un 90% de los altos funcionarios de los ministerios, de las administraciones locales y de las empresas industriales hicieron lo mismo (89). Julio Alvarez del Vayo estima que de los 15.000 oficiales del ejército, solamente 5.000 se mantuvieron leales al gobierno de la República (90). Las cifras, evidentemente, no son exactas y se prestan a exageraciones o a equívocos, pero reflejan el grado de ficción del régimen republicano. Mientras el gobierno de Azaña aseguraba tener el control de la situación, el aparato de Estado apoyaba decididamente la sublevación. Aunque en muchos lugares, parte de los cuerpos policiales y de la oficialidad del ejército, se mantuvieron fieles al gobierno, estos eran claramente minoritarios.
En la mayor parte del territorio donde los insurrectos habían vencido, los organizaciones obreras quedaron paralizadas, esperando, confiadas, la iniciativa del gobierno. Los gobernadores provinciales se negaron a entregar armas a los obreros, y muchos de ellos se declararon posteriormente, partidarios de la sublevación.
En algunos lugares, la ingenuidad de las organizaciones obreras fue determinante para el éxito de los rebeldes. En Zaragoza, bastión histórico de la CNT, el jefe de la guarnición, Miguel Cabanellas, se declaró fiel a la República y decretó el estado de sitio "contra los fascistas". El gobernador civil se negó a entregar armas a los obreros y pidió calma a la población. A instancias de él, los dirigentes de la CNT, desmovilizaron a sus bases, convencidos de la lealtad republicana de los mandos militares. Pocos días antes, en la Asamblea del 15 de Julio, el sector partidario de esperar y de mantener la confianza en las autoridades había vencido a los que defendían la necesidad de armarse y de prepararse para el enfrentamiento.
Cuando Cabanellas ocupó la ciudad y desveló sus verdaderas intenciones ya era demasiado tarde. Las centrales sindicales convocaron la huelga general e iniciaron una desesperada lucha desde los barrios obreros. Sin embargo, los facciosos tardaron una semana para poder aplastar los últimos focos de resistencia.
En la ciudad de Oviedo, el jefe de la guarnición proclamó su lealtad a la República, mientras que, de forma oculta, concentraba tropas y armamento en los cuarteles esperando el momento. Se constituyó un Comité Provincial, donde republicanos y socialistas de derecha apoyaron las muestras de lealtad de los mandos militares, mientras la CNT, los socialistas de izquierda y el PCE desconfiaban y exigían como prueba de buena fe, que se armara a las milicias obreras. Finalmente, la actitud de los primeros prevaleció. Los golpistas aprovecharon la partida de parte de las columnas mineras en ayuda de Madrid, para ocupar la ciudad. Sin embargo, la reacción de los trabajadores, que rápidamente cercaron la ciudad, impidió que su caída se convirtiera en la caída de toda la región.
En Madrid, el mismo l8 de Julio, la CNT había reabierto por la fuerza sus locales, cerrados por la policía. Al día siguiente fue liberado el secretario del Comité Nacional de esta organización. Solo un ultimátum permitió la liberación de los numerosos presos libertarios que seguían en las cárceles.
Desobedeciendo las órdenes de Martínez Barrio, se repartieron 5.000 fusiles entre los trabajadores de la capital. Con las armas en la mano, éstos iniciaron sus labores de policía y de vigilancia de la guarnición militar. La distribución del armamento, decretada por el gobierno Giral, favoreció claramente a las organizaciones obreras del Frente Popular, socialistas y comunistas, en detrimento de la CNT y del POUM que solo pudieron contar con las armas que mantenían en su poder, desde 1934.
La guarnición militar de la capital madrileña se encontraba dividida frente a la sublevación. En algunos cuarteles estallaron combates entre sublevados y leales al gobierno. El general Fanjul, jefe de los insurrectos en Madrid, temeroso del contagio revolucionario de sus tropas, si éstas entraban en contacto con la población, adoptó una actitud defensiva y se hizo fuerte en el cuartel de la Montaña. La iniciativa quedaba en manos de las tropas leales y de las milicias obreras que rodearon la guarnición rebelde.
En medio de los combates, la noticia del fracaso de la insurrección en Barcelona desmoralizó a los golpistas. El ametrallamiento de la multitud, después de izar la bandera blanca en señal de rendición provocó la ira popular. Las masas revolucionarias irrumpieron sin orden, y con graves pérdidas se apoderaron del cuartel. Numerosos sitiados fueron ejecutados en el mismo cuartel, mientras que Fanjul y algunos de sus oficiales tuvieron que ser detenidos y protegidos por los guardias de asalto, para evitar que fueran linchados por la multitud.
En Valencia, durante los primeros días de la sublevación, coexistieron dos poderes, la Junta delegada del gobierno y el Comité Ejecutivo Popular, donde estaban integradas las organizaciones obreras. El 23 de Julio, el gobierno decretó la desaparición del Comité Ejecutivo. Los republicanos y el PCE aceptaron en nombre de la disciplina y la obediencia al gobierno. El PSOE, la UGT, la CNT y el POUM se opusieron a la disolución.
Después de varios días de indecisión, el 31 de Julio, la guarnición militar se sublevó. Fue el Comité Ejecutivo Popular quien convocó la huelga general y organizó los combates contra los insurrectos. La junta gubernamental fue disuelta, mientras que la autoridad del Comité era reconocida por la población que reconocía en él, el organismo que había sofocado la sublevación.
En Euskadi, las vacilaciones de los rebeldes fueron decisivas para su fracaso. En San Sebastián, los nacionalistas consiguieron la rendición de los sublevados, después del intento de sublevación de un sector de la guarnición y de la guardia civil. En Bilbao el alzamiento fue frustrado al ser interceptadas las órdenes enviadas por Mola, desde Pamplona. El peso del nacionalismo vasco fue decisivo frente a las organizaciones obreras en las jornadas de julio, y sería igualmente decisivo en los meses posteriores.
En Málaga, Santander y otras localidades, las vacilaciones de los sublevados en los primeros momentos fueron decisivas en su fracaso. Los partidos y sindicatos obreros pudieron reaccionar y cercar a los rebeldes hasta su rendición.
Otro de los grandes fracasos de la sublevación fue la Flota. Los comités de marineros mantenían una red organizativa coordinada por un Consejo Central. Las tripulaciones hicieron fracasar la insurrección, los oficiales rebeldes fueron desarmados, detenidos y en algunos casos fusilados. La mayor parte de la flota no se sumó al golpe, quedando en manos de los comités revolucionarios de marineros .
En la noche del 20 de julio, el mapa político era claramente desfavorable a los insurrectos. La mayor parte de la flota y de la aviación no había apoyado el golpe. Los rebeldes habían fracasado en Madrid y Barcelona, y en las dos terceras partes más pobladas y más ricas, mientras que en Valencia se mantenían indecisos, perdiendo un tiempo precioso que sería aprovechado por las organizaciones obreras y por las tropas leales al gobierno. En las principales ciudades donde habían vencido, encontraron una feroz resistencia que se prolongó durante varios días.
Sin embargo el principal fracaso de los insurrectos no era militar, sino político. La revolución que habían pretendido evitar, se había desencadenado como respuesta al golpe. El gobierno estaba seriamente desprestigiado. Antes de julio había protegido a los principales dirigentes de la conspiración y se había negado a apartarlos de los puestos de responsabilidad. Durante las jornadas, había manifestado una clara falta de iniciativa política, paralizado entre el temor al golpe y el temor a los revolucionarios. Esta parálisis había sido aprovechada por los rebeldes para consolidar sus posiciones en una parte del país, desde donde iniciar la guerra.
El poder republicano, se había derrumbado como una baraja de naipes frente al sangriento choque entre los dos campos en los que se había dividido la sociedad. Desprovisto de su poder coaccionador, los cuerpos policiales y el ejército, seriamente desprestigiado por su actitud antes y durante la sublevación, el gobierno del Frente Popular era una mera ficción. Su único poder residía en el apoyo que todavía le prestaban, directa o indirectamente, los partidos y sindicatos obreros.
El verdadero poder de la burguesía se había desplazado al ejército. Las clases propietarias, la Iglesia y las organizaciones derechistas le habían entregado su apoyo político y económico.
En el seno del campo republicano, junto al poder formal, se situaba el nuevo poder revolucionario: el poder de los comités y de las milicias obreras, formados para combatir a los sublevados. Un poder que reflejaba la desconfianza de la población trabajadora hacia el gobierno, y también que reunía el conjunto de sus ilusiones y esperanzas de emancipación. Con esta situación, se abría una etapa de dualidad de poderes.
"...(el poder) de Azaña y Companys, era ya demasiado débil para desafiar la existencia del otro, a su vez, el otro poder, el del proletariado armado, todavía no era bastante fuerte, bastante consciente de su importancia como para prescindir de la existencia del otro" (91).
Sin embargo, los comités revolucionarios, apoyados por los trabajadores, no estaban dispuestos a ceder el poder que habían ganado con las armas, contra los militares, y menos a un gobierno al que consideraban responsable por su pasividad, de la insurrección.
La participación de las masas en las jornadas de julio fue completamente espontánea. La iniciativa de las direcciones de los partidos y sindicatos obreros fue muy limitada. La movilización surgió, principalmente, de los militantes de base de las organizaciones.
Los dirigentes del PCE, de las diferentes fracciones del PSOE y de la UGT, centraban su actividad política en la subordinación al gobierno republicano. Esperaban que fuera éste el que tomara la iniciativa, y menospreciaban (como en el caso de la Izquierda Socialista) el peligro militar. En resumen, carecían de planes serios con los que enfrentarse a la sublevación.
La CNT y la FAI, habían preparado en los últimos meses sus fuerzas para el enfrentamiento. Pero su sobrevaloración tradicional del espontaneísmo, que tantos fracasos sangrientos les había deparado en los años anteriores, limitó el alcance de sus iniciativas. A pesar de las reuniones locales realizadas en las semanas anteriores al 17 de Julio, el anarcosindicalismo carecía de un plan estatal. No existía ningún tipo de coordinación entre las diferentes agrupaciones territoriales. Lo que algunos historiadores han considerado ingenuidad de los dirigentes anarcosindicalistas, no era más que una falta de criterios claros sobre la situación. En este sentido, resulta significativo, el rechazo mostrado por la mayor parte de los cuadros libertarios a la propuesta de García Oliver, para formar un ejército de milicias, durante el Congreso de Zaragoza. Los prejuicios fueron más fuertes y se impusieron a la clarividencia del dirigente "anarcobolchevique" (92).
La falta de claridad del anarcosindicalismo no fue solamente en las jornadas de Julio. La sobrevaloración del espontaneísmo, el desprecio por la estrategia y por el análisis de la realidad, sustituidos por el voluntarismo de sus militantes, resultaría fatal para los libertarios en los meses siguientes, que acabarían dejándose arrebatar la iniciativa por sus adversarios.
La espontaneidad y el voluntarismo revolucionario de las bases suplió la falta de organización de los partidos y de los sindicatos ante la sublevación. El ejército contaba con la disciplina, con sus pertrechos y su armamento, con un plan de combate cuidadosamente preparado, tenía además, a su favor, el elemento sorpresa y la parálisis del gobierno. Cabe preguntarse
¿cómo fue posible que unas masas mal organizadas y pésimamente armadas, pudieran vencer?. La participación de las escasas fuerzas que se mantuvieron leales a la República tuvieron su importancia. Nadie lo pone en duda. Pero resulta inverosímil pensar que ellas, por si mismas, pudieran decantar la situación. Ésta no puede ser la explicación. Sólo el entusiasmo revolucionario de las masas, que habían participado en los combates, que habían paralizado el país con una huelga general, que habían colaborado en la construcción de barricadas y ayudado a los combatientes, podía suplir con creces las desventajas iniciales.
3.3 LA DUALIDAD DE PODERES EN CATALUNYA.
En realidad, en los días posteriores a las jornadas de Julio, en Catalunya, no existió una auténtica dualidad de poderes. La autoridad política del gobierno de la Generalitat se había derrumbado sin apenas resistencia, frente a una multitud revolucionaria que, armada, se había adueñado de las calles. La dualidad de poderes en Catalunya, aparecería posteriormente, después de que el proceso revolucionario quedase truncado por el rechazo de la CNT a tomar el poder.
La mayoría de los cuadros dirigentes de la CNT y de la FAI se negaron a aprovechar su triunfo para implantar el comunismo libertario, considerándolo en aquellas circunstancias, como una acción dictatorial, contraria a sus principios antiautoritarios. La Generalitat era impotente para extender su autoridad fuera de sus propias Consellerías, frente a la proliferación de los comités revolucionarios, que aparecerían, desperdigados, por toda Catalunya.
Fruto del rechazo anarquista a tomar el poder, sería la creación del Comité Central de Milicias Antifascistas. Fue este organismo, verdadero poder territorial en Catalunya, el que simbolizó la dualidad de poderes y su evolución. Las luchas internas que en él se desarrollaron marcarían el destino de los comités y por consiguiente, también el de la misma revolución en Catalunya.
Sin embargo, las vacilaciones de los cuadros dirigentes de la CNT y de la FAI, y su renuncia al poder no siempre coincidiría con la actitud de sus propias bases. Frecuentemente las acciones de la militancia fueron por delante, y desbordaron, a sus dirigentes.
"(El gobierno de la Generalitat) en un intento de encauzar el ímpetu revolucionario de las masas, autorizó al consejero de Trabajo a que, por medio de la radio, diese cuenta de las disposiciones dictadas sobre rebaja de jornada, aumento de salarios y aprobación de bases de trabajo pendientes. Antes de publicarlas, estas disposiciones fueron puestas en conocimiento de delegados de las llamadas corporaciones económicas, llamados a la Generalitat tales como el Fomento del Trabajo Nacional, Cámaras de la industria y de la Propiedad, etc., a quienes el consejero de Trabajo les expuso lo que acababa de decirle el director de las minas de Suria. Todos los presentes estuvieron de acuerdo en todo y el representante de la Cámara de la Propiedad ofreció además la rebaja de alquileres".
"No obstante, durante el curso de la reunión se produjo un hecho, reiterado dos o tres veces, que dió al traste con la toma de responsabilidad que se había iniciado por parte de los representantes patronales reunidos con el Consejero de Trabajo, algunos de ellos fueron avisados de que no volvieran a sus casas, puesto que habían ido a buscarles grupos de paisanos armados. Ello representó la autodisolución de las corporaciones económicas" (93).
Los representantes de la burguesía industrial catalana pronto comprendieron que las concesiones que estaban haciendo, para frenar el alud revolucionario eran completamente inútiles. Los trabajadores, dueños de la situación no olvidaban que la patronal había apoyado tradicionalmente la represión contra el movimiento obrer, y que numerosos patronos simpatizaban o habían apoyado directamente la sublevación militar. La detención del director de las minas de potasa de la población de Suria, por el comité revolucionario local, fue la señal para la desbandada.
3.4 EL ANARCOSINDICALISMO FRENTE AL PODER. EL NACIMIENTO DEL COMITÉ CENTRAL DE MILICIAS ANTIFASCISTAS DE CATALUNYA.
Terminados los últimos combates, la CNT se había convertido en el árbitro indiscutible de la situación.El gobierno de la Generalitat se encontraba completamente desacreditada frente a los trabajadores. El ejército, con la mayoría de sus oficiales y suboficiales, partidarios del golpe, había sido aplastado en los combate. Las unidades que se habían mantenido fieles a la República, habían sufrido el efecto boomerang y con el decreto Giral, prácticamente se habían disuelto. Los soldados, desertaban o se unían, contagiados por el entusiasmo popular, a los grupos de revolucionarios armados. La situación en las filas de la guardia civil y del resto de cuerpos policiales era similar. El gobierno autónomo catalán, completamente marginado por la oleada revolucionaria, carecía de los instrumentos necesarios para imponer su autoridad.
Sin embargo, el presidente Companys, no estaba solo. Las organizaciones que formaban el Frente Popular (Front d'Esquerres en Catalunya), desbordadas por la situación, intentaban reagrupase en torno a la Generalitat, buscando su supervivencia política ante un movimiento revolucionario que todo lo devoraba. Las fuerzas que apoyaban a Companys, significaban muy poco en aquellos momentos, para poder servir de contrapeso al anarcosindicalismo victorioso.
Los partidos obreros catalanes del Frente Popular, el Partido Comunista de Catalunya (PCC), la Federación Catalana del PSOE, la Unió Socialista de Catalunya (USC) y el Partit Català Proletari (PCP), acordaron acelerar el proceso de unificación, que estaba en marcha desde hacía varios meses. Así, sin ningún tipo de Congreso de las bases que lo sancionara y de forma completamente improvisada, nacía el 24 de Julio, el Partido Socialista Unificado de Catalunya (PSUC). El nuevo partido, de la misma forma que, poco antes lo habían hecho las Juventudes Socialistas unificadas (JSU), se adhirió a la III Internacional, estalinizada.
Sin embargo, y pese al reagrupamiento producido, el Partido Socialista Unificado, poco podía contar en la nueva situación, frente a un movimiento revolucionario triunfante, que había desbordado al gobierno y que había empezado a construir, sus propios organismos de poder.
El día 20 de Julio, Companys solicitó una entrevista con una delegación de representantes de la CNT y de la FAI. Su intención era conseguir el apoyo del anarcosindicalismo, sin el que resultaba utópico iniciar la recuperación del poder perdido.
La asamblea de la CNT-FAI, fue convocada el mismo día por la tarde, en los locales incautados a la patronal catalana, el Fomento Nacional del Trabajo (y que se habían convertido en la residencia de la Regional Catalana). El plenario fue organizado para discutir los resultados de la entrevista con Companys y la situación que se había abierto con la derrota de los militares. En él, pronto se reflejaron las divisiones que existían latentes en el seno del anarcosindicalismo. Juan García Oliver, defendía la necesidad de proclamar el Comunismo Libertario y de "ir a por el todo", Diego Abad de Santillán se manifestaba partidario de la colaboración con el resto de fuerzas políticas que habían intervenido en la lucha. Entre ambas posturas, existía una intermedia, la de Manuel Escorza, que planteaba utilizar a la Generalitat para legalizar las conquistas revolucionarias, apoyándose en el aplastante predominio del anarcosindicalismo entre los trabajadores, para desprenderse de ella, cuando las circunstancias lo aconsejaran. La postura de Escorza, opuesta a la de Diego Abad de Santillán porque negaba cualquier pacto con la Generalitat, consiguió el apoyo de la organización comarcal del Baix Llobregat. Finalmente, se decidió enviar una delegación para entrevistarse con Companys, y conocer cuales eran sus propuestas.
En la entrevista, el presidente catalán adoptó una actitud astuta y prudente. Reconoció lo que era más que evidente, su derrota política y la victoria de los revolucionarios, para, seguidamente, poner su cargo a disposición de los triunfadores. La postura de ofrecer la dimisión de un cargo que había perdido toda autoridad política era más que un gesto patético, estaba cargada de intencionalidad política. Si los libertarios tomaban la actitud de ir a todo por el todo, la Generalitat y las organizaciones catalanas del Frente Popular no tendrían futuro. Si por el contrario, la CNT decidía colaborar, se ganaría el tiempo necesario para preparar las condiciones que permitiesen a la Generalitat, recuperar el poder perdido.
"(Companys) realizaba una gran maniobra para salvar las instituciones del poder y con ellas la propia política..., (que) en aquel momento estaba vencida. Luis Companys salvaba las instituciones y salvaba , con ellas, su concepción ideológica. Fue iniciar un proceso de tiempo y de paciencia con todos los altos y bajos normales en un proceso como aquél, de recuperación del poder" (94).
Los delegados de la CNT y de la FAI se negaron a comprometerse hasta que el Plenario Sindical decidiera. Companys los hizo pasar a otra sala, donde esperaban los representantes del Frente Popular y el POUM. El presidente de la Generalitat propuso la formación de un Comité de Milicias Ciudadanas, para "encauzar la vida de Catalunya", y para organizar la lucha contra los insurrectos, en aquellos lugares donde éstos todavía no habían sido aplastados. La propuesta iba destinada a subordinar a los anarcosindicalistas al carro de su política. Sin embargo, la profunda transformación revolucionaria que se estaba desarrollando, iba a frustrar por el momento, sus planes.
A pesar de que los libertarios victoriosos retrocediesen frente al poder, iban a imponer su propia concepción de lo que debía ser el Comité Central de Milicias. El nuevo organismo iba a dirigir el poder durante los siguientes meses, asumiendo la dirección política, económica y militar de Catalunya, mientras que la Generalitat pasaría a ser un organismo simbólico, desprovisto de toda autoridad tangible.
Poco antes de la entrevista con la delegación anarcosindicalista, el presidente Companys había realizado otra reunión similar con los representantes de las organizaciones del Front d'Esquerres (ERC, AC, UGT, Unió de Rabassaires , el Comité de enlace del nuevo PSUC) y con el POUM, (que mantenía una posición ambigua). En la reunión se acordó crear un gobierno de concentración, en el que se integrarían todas las organizaciones presentes. También se decidió la formación de milicias populares que serían las encargadas de sustituir al viejo ejército, y que estarían dirigidas por el nuevo gobierno. Solo Andreu Nin estaría en desacuerdo con estos planes. El secretario del POUM argumentó que sin el acuerdo de los anarquistas, verdaderos dueños de la situación, cualquier plan era irrealizable, y que por lo tanto, habría que esperar su respuesta definitiva (95).
El historiador, Stanley G.Payne, afirma que los dirigentes de ERC y de la Generalitat evitaron el enfrentamiento con los anarquistas, pese a contar con "numerosas unidades locales de policía, así como regimientos de tropas también leales, con los que hubiesen podido contar" (96). Los datos en los que se apoya Payne, para basar sus conclusiones, son rigurosamente inexactos. En Catalunya, apenas quedaban efectivos policiales, de la guardia civil o del ejército, leales a la República, sin sufrir los efectos de la contaminación revolucionaria, y que no hubieran acabado disolviéndose entre los combatientes obreros. El gobierno de la Generalitat y el Front d'Esquerres, en aquellos momentos, difícilmente habrían encontrado efectivos disponibles para enfrentarse a los triunfadores de las jornadas de Julio. Companys rechazó la posibilidad, sugerida por Joan Comorera, de utilizar las nuevas milicias ciudadanas (que por otra parte, estarían integradas principalmente por militantes libertarios y poumistas) contra la CNT, consciente de que el combate sería demasiado desigual, para poder pensar en la posibilidad de éxito (97).
El día 21, el Comité regional de la CNT acordó aceptar provisionalmente, la propuesta de Companys. Sin embargo, se reservaban el acuerdo sobre la participación de cada sector en el nuevo organismo, y aplazaban la respuesta definitiva al Plenario que debía realizarse.
Contando con el apoyo de las organizaciones del Frente Popular y con la aceptación provisional de su propuesta de los dirigentes de la CNT y de la FAI, Companys consideró que podía dar un nuevo paso en la recuperación del poder. El mismo día, el Boletín Oficial de la Generalitat publicaba un decreto por el se creaban "las milicias ciudadanas, para la defensa de la República". Su jefe sería el comandante Enrique Pérez Farrás, que estaría subordinado al Conseller de Defensa, Lluis Prunés i Sato. El Comité de las Milicias Ciudadanas, propuesto por Companys a la CNT, se revelaba como un simple organismo de enlace de las diferentes organizaciones antifascistas, que estaría subordinado a la autoridad política de la Generalitat.
En el Pleno de las Federaciones locales y comarcales, después de que la delegación que se había entrevisado con Companys, explicara el contenido de la entrevista, las posturas aparecidas en la primera asamblea volvieron a reaparecer de nuevo. La posición colaboracionista, defendida por Abad de Santillán, Federica Montseny y por otros militantes prevaleció sobre la de García Oliver y de la delegación del Baix Llobregat, que defendían la instauración inmediata del comunismo libertario y la liquidación del Comité Central de Milicias. La postura radical consideraba la aceptación de las propuestas de Companys como una claudicación, en un momento en el que las fuerzas revolucionarias habían alcanzado la victoria. Los colaboracionistas argumentaron que la implantación del comunismo libertario, en aquellos momentos, sería caer en la tentación dictatorial, que entraba en franca contradicción con los principios del anarquismo. Federica Montseny consideró que esta situación sería finalmente salvada por las mismas masas revolucionarias, desde la calle. La misma participación en el Comité Central era ya, en si, una concesión, y éste debería ser abandonada, tan rápidamente como las circunstancias lo hicieran posible (98).
Diego Abad de Santillán argumentó que la instauración del comunismo libertario solo serviría para desencadenar la intervención de las potencias imperialistas europeas. En esta situación, la participación en el Comité Central de Milicias solo podía tener efectos positivos para la CNT, sin perjuicio de gobernar desde la calle, pero sin caer en tentaciones dictatoriales (99).
El áspero debate entre colaboracionistas e intransigentes terminó con la victoria de los primeros. Solo la agrupación del Baix Llobregat votaría a favor de la propuesta presentada por García Oliver de continuar el proceso revolucionario hasta las últimas consecuencias. El resto de las delegaciones asistentes, votaron por la colaboración en el seno del nuevo organismo de poder.
Rudolf de Jong, en su excelente trabajo sobre el anarquismo y el doble poder en la guerra civil española, defiende la existencia de terceras vías que no fueron contempladas por los cuadros dirigentes de la CNT y de la FAI y que no presuponían ni la "colaboración democrática", ni la "dictadura anarquista". La de la participación y potenciación del desarrollo de la revolución "autogestionaria" que se estaba dando fuera del Comité Central y de la Generalitat, al margen de los comités centrales de los partidos y de los sindicatos, en los comités revolucionarios, en las colectivizaciones que se desarrollaban por toda Catalunya y por todo el estado español. Esta opción implicaba también, acabar definitivamente, con el poder del moribundo gobierno catalán. Otra alternativa que de Jong valora, era la aceptación de la colaboración en el seno del Comité Central de Milicias, pero considerándolo como un organismo provisional, que debía ser reemplazado, en el momento en el que las circunstancias lo hubieran permitido, por otro nuevo, de tipo confederal, creado a partir del proceso revolucionario (100).
Ambas posiciones son muy similares, y defienden la necesidad de convertir los comités revolucionarios locales y las Juntas de poder territorial, en verdaderos soviets. La primera defiende la potenciación de los organismos revolucionarios que aparecían por todas partes. Sin embargo, el desarrollo de los organismos revolucionarios sólo era posible por medio de la democratización y la ampliación sus bases sociales con la participación popular en su seno. El poder revolucionario de los comités locales sólo podía potenciarse mediante la coordinación y la estructuración territorial de éstos.
La segunda opción que contempla de Jong, implicaba reemplazar el Comité Central, como organismo burocrático de enlace entre los diferentes partidos y sindicatos, por otro organismo de naturaleza democrática. La democratización sólo era posible convirtiendo al Comité de Milicias en el organismo coordinador y representativo de la multitud de comités revolucionarios de ámbito local que existían.
Efectivamente, las alternativas contempladas por de Jong, nunca fueron consideradas seriamente por los libertarios. Hacerlo hubiera implicado la potenciación de los comités, su democratización, el aumento el poder de decisión de sus bases sociales y por consiguiente, la liquidación definitiva del gobierno de la Generalitat. Ambas opciones empujaban, directamente, hacia la consolidación del poder revolucionario y hacia la construcción de un pseudoestado, obrero. Esto hubiera significado la renuncia a uno de los dogmas más preciosos del anarquismo, el completo rechazo, a cualquier forma de poder estatal.
Sin embargo, no parece que el problema que más preocupaba al sector colaboracionista, fuera el de los principios. Como muy bien observa de Jong, al combatir la propuesta de los intransigentes, los colaboracionistas olvidaban que, en el terreno de los principios, la dictadura anarquista estaba tan en contradicción con sus ideas como la colaboración en el seno del Comité Central de Milicias (101). El lenguaje y los argumentos, confusos y contradictorios, expresaban el profundo desconcierto que reinaba entre las filas anarcosindicalistas. Tanto la CNT, como la FAI, se encontraban desarmadas políticamente, para enfrentarse a los hechos que se estaban desarrollando. Toda la larga tradición de apoliticismo y de rechazo total a cualquier forma de poder, se volvía ahora contra ellos. Sin pretenderlo, y en circunstancias que ellos no esperaban (como acostumbra a pasar en la historia), tenían el poder en sus manos, un poder que no deseaban y con el que tampoco sabían que hacer.
El anarcosindicalismo carecía de política ante el poder, y era la realidad, la que les obligaba a improvisarla. Es significativa la confesión que hizo, Helmut Rüdiger, representante en Barcelona de la AIT, frente a las críticas que hacían los anarquistas extranjeros a la CNT española:
"Los que dicen que la CNT tenía que establecer su dictadura en 1936 no saben lo que exigen,... Entonces, la CNT debía tener un programa de gobierno, de ejercicio de poder, un plan de economía autoritariamente dirigida y experiencia en el aprovechamiento del aparato estatal... Todo eso no lo tenía la CNT, pero los que creen que la CNT debía realizar su dictadura tampoco poseen este programa ni para su propio país, ni para España. No nos engañemos: de haber poseído un semejante programa antes del 19 de Julio, la CNT no hubiera sido la CNT, sino un partido bolchevique. De haber aplicado semejantes prácticas en la revolución hubiera dado el golpe mortal definitivo al anarquismo" (102).
Careciendo de programa, los dirigentes de la CNT-FAI se negaron a tomar el poder y permitieron que la Generalitat sobreviviera, seguros de que su fuerza, impediría que el gobierno catalán recuperara su antigua autoridad perdida.
Numerosos historiadores como Rudolf de Jong o Vernon Richards, ponen en duda la representatividad del Plenario que decidió la postura libertaria frente al poder (103). Aunque las bases libertarias no fueron consultadas, es difícil negar que los cuadros de la CNT-FAI, reunidos en aquel Plenario representaban la sensibilidad de la mayor parte de la militancia, por lo menos en aquellos momentos de desconcierto. Las circunstancias del momento, difícilmente podían permitir la celebración de una Asamblea más democrática. Sin embargo esta falta de representatividad acabaría convirtiéndose en permanente. En aquellos momentos, tanto las bases como los cuadros dirigentes vivían todavía la euforia de las jornadas de Julio. Creían que la colaboración con Companys y con las organizaciones del Front d'Esquerres, sólo sería un alto en el camino de la revolución y que no sería necesario romper su alianza con los partidarios de la República. No se daban cuenta de que esta política acabaría ahogando a la misma revolución que pretendían defender.

|
 |

|

|
INDICE DEL
LIBRO
|
ANTERIOR |
SIGUIENTE |
REGRESE A LIBROS |