Después de la formación del Gobierno Largo
Caballero y de su contrapartida catalana, el Consejo de la Generalitat, donde
estaban representadas todas las organizaciones antifascistas, la restauración
del Estado realizo progresos muy considerables y cada vez más acelerados en
todos los ámbitos. El «tenebroso poder» de los Comités dio paso al de los «cuerpos
constituidos», Consejos municipales, gobernadores, Consejo de la Generalitat,
Gobierno. En diciembre de 1936, todas las fuerzas de policía que habían sido
disueltas fueron reconstituidas definitivamente a veces bajo su antiguo nombre
(Guardias de Asalto) y otras bajo uno nuevo (la Guardia Civil se convirtió en
Guardia Nacional Republicana). Juan Negrín, Ministro de Finanzas del Gobierno
central, reorganizó un impresionante cuerpo de carabineros a los que veremos en
acción más adelante. Todas estas fuerzas de policía, por supuesto, estuvieron
bajo las órdenes directas de los ministros de tutela. Y los estalinistas
procedieron del mismo modo que como hemos visto lo hicieron con el ejército,
esta vez para controlar la policía. En Barcelona, Rodríguez Sala, miembro del
PSUC, se convirtió en jefe de policía y Ayguadé, en Consejero de Seguridad
(ministro del Interior). Este último, a pesar de ser miembro de la Esquerra
colaboró estrechamente con los estalinistas y algunos comentaristas han visto
en él a un miembro «submarino» del PSUC.
Desde finales del 1936, los partidarios del
«orden republicano» encontraron que la situación estaba ya madura para pasar
al ataque. Como agradecimiento, sin duda, a las armas rusas, las primeras
medidas de discriminación política se tomaron contra el POUM, esos «hitlero-trotskistas»
españoles. Hemos visto cómo los estalinistas habían puesto su veto a la
participación de este partido en la Junta de Defensa de Madrid. «La Batalla»
había protestado contra este hecho, acusando a Stalin de desinteresarse por la
suerte del proletariado español e internacional y de no pensar más que en los
intereses del Estado ruso. Ese lenguaje no sólo era intolerable para los
estalinistas sino también para gran numero de socialistas, republicanos, e
incluso para algunos líderes anarquistas. ¿No estaba enviando armas la URSS?
Siempre el mismo chantaje, que ignoraba deliberadamente el hecho de que esas
armas habían sido pagadas a precio de oro. El 28 de noviembre el Cónsul
general de la URSS en Barcelona, Antonov-Ovsenko, interviene públicamente, como
solía hacer, en los «asuntos internos» españoles, denunció en una nota de
prensa a «La Batalla» diciendo que formaba parte de la «prensa vendida al
fascismo internacional». También hay que señalar que por aquella época «La
Batalla» había protestado contra las detenciones de los disidentes y contra
los procesos políticos en la URSS. Lo cual era otro escándalo intolerable.
Presionado por los agentes soviéticos, el PSUC, a mediados de diciembre provocó
una crisis del Gobierno autónomo catalán reclamando la expulsión del ministro
poumista, Andrés Nin, consejero de Justicia. Por supuesto el PSUC pedía la
expulsión de Andrés Nin, como primera medida contra esos agentes del fascismo
internacional que eran los militantes del POUM. Pero las demás organizaciones
—incluida la CNT— aceptaron la marcha de Andrés Nin para complacer a los
rusos. La crisis fue resuelta de una manera perfectamente jesuítica: se decidió
formar un «gobierno sin partidos», donde las únicas organizaciones
representadas fuesen los sindicatos: CNT, UGT, y Unión de Rabassaires. Pero los
representantes de la UGT eran prácticamente los mismos que habían representado
el día antes al PSUC. Además había un representante del partido de la
Esquerra, para que la «pequeña burguesía catalana estuviese representada».
Todas estas argucias no engañaron a nadie, pero cumplieron su objetivo: la
expulsión del POUM. El «Pravda» del 17 de diciembre de 1936 pudo escribir: «En
Cataluña, la eliminación de los trotskistas y anarcosindicalistas ha empezado;
se realizará con igual energía que en la URSS».
El POUM, por su parte, protestó contra su
exclusión a través de un manifiesto público en términos muy comedidos:
«Si a pesar de nuestros esfuerzos y de
nuestros sacrificios, se rompiera la unidad de acción, la culpa no sería
nuestra. Sería de aquellos que todo lo subordinan a sus ambiciones
“partidistas”, y estamos seguros que en un plazo no muy lejano los hechos
nos darán la razón. Desgraciadamente se han de experimentar los resultados de
esta maniobra, que realizada en estos momentos no puede más que favorecer al
enemigo común. Por tanto nos vemos obligados a denunciarlo a la clase
trabajadora de Cataluña.1»
1
Peirats, Op. cit., t. II, pág. 121.
Hay que poner de relieve la rapidez con la
que el PSUC, que había sido creado inmediatamente después del levantamiento
franquista y que en ese momento era ultraminoritario, consiguió, pocos meses
después, controlar tanto a la «base» (en algunos aspectos) como a la «cumbre».
Pero realmente la base y la cumbre a que nos referimos son la base y la cumbre
de la burocracia, sindical o estatal, y en la lucha por controlar los puestos
burocráticos, los estalinistas siempre han sido unos «maestros». Y aunque los
estalinistas catalanes eran unos neófitos en la materia, no obstante estaban
aconsejados por especialistas de la categoría de Antonov-Ovsenko y Geröe.
Después de que el POUM fuera excluido de la
Generalitat, Comorera fue nombrado (como representante de
la UGT) ministro de Abastecimientos. Su primera labor, fue por supuesto la de
entrar en guerra con los Comités al comercio privado. El 7 de enero de 1937
decretó la de abastos de los sindicatos, para que se pudiera volver disolución
de los Comités obreros de abastecimiento.
«Comorera, basándose en los principios del
liberalismo abstracto que ninguna administración ha sostenido en tiempo de
guerra, pero de los cuales los socialistas de derecha eran los últimos
admiradores, admiradores poseídos de fervor religioso, no sustituyó a los caóticos
Comités de pan por una administración centralizada. Restauró, pura y
simplemente el comercio del pan. En enero, en Barcelona, ni siquiera existía un
sistema de racionamiento. Los trabajadores debían arreglárselas como pudieran
para conseguir pan, a precios cada vez más altos y con unos salarios que prácticamente
no habían variado desde mayo. En la práctica esto quería decir que las
mujeres tenían que hacer cola: desde las cuatro de la mañana. El descontento,
en los barrios obreros era naturalmente muy agudo, ya que la penuria del pan se
había ido agravando desde la toma de posesión de Comorera.2»
2 F. Borkenau, Op. cit., pág. 147.
En realidad, no sólo era el pan, también
todos los demás productos alimenticios, al volver al comercio privado,
aumentaban inmediatamente de precio y escaseaban, para ir a engrosar el
estraperlo. El GEPCI, fundado por los estalinistas en calidad de rama de la UGT
(gloriosa iniciativa que reunía en un mismo sindicato a los asalariados y a los
patronos, tanto pequeños como medianos) logró aumentar su papel económico y
político.
Comorera, ante el descontento popular
provocado por el aumento de precios y la escasez de productos, acusó
«Los cientos de miles de ciudadanos que se
habían sumado al soberbio acto de despedida no tenían más que un punto de
mira: el Ziryanin. Era un pueblo rendido a la humana significación de aquella
primera visita de otro pueblo. La sensibilidad era un tributo a la solidaridad.
Unas toneladas de productos alimenticios trasladó desde Rusia a España este
mensajero del proletariado ruso, ofrenda de sus mujeres a las nuestras, afable
caricia de los pequeñuelos de Oriente a los niños de Iberia 3» (y así todo).
3 «Solidaridad Obrera» (21 de enero de
1937).
La ofensiva generalizada del aparato del
Estado también se hizo notar en la libertad de expresión. Cuando se recorren los diarios de la época es
sorprendente ver los «huecos en blanco» cada vez mayores y más frecuentes que
se extienden en las páginas de los periódicos, desde principios del año 1937.
Al principio la censura sólo intervenía en las informaciones de carácter
militar, pero cada vez se iba ejerciendo más contra las informaciones y
discusiones de índole estrictamente política e incluso teórica. El 14 de
marzo de 1937 por ejemplo, «La Batalla» fue suspendida durante 4 días debido
al contenido de un editorial político que no había tenido la fortuna de
complacer a los censores de la Generalitat.
La limitación de la libertad de expresión
no sólo se ejercía contra la prensa; también se llegaron a prohibir mítines
y reuniones políticas. Por ejemplo, el mitin CNT-POUM que se iba a celebrar el
26 de febrero de 1937 en Tarragona fue pura y simplemente prohibido por el
Gobierno catalán. Se temía que en él se defendieran puntos de vista demasiado
«extremistas» y, sin duda, esa medida entraba en el marco general de la campaña
contra el POUM, orquestada por los estalinistas.
En el mismo seno de la CNT y entre las
esferas dirigentes, despuntaba un espíritu muy impregnado de «centralismo
democrático». El 28 de marzo de 1937, el Comité Nacional celebró una
conferencia de delegados de toda la prensa de la CNT y de la FAI en la sede de
ambas organizaciones en Barcelona. Según Peirats el principal objetivo de esta
reunión era el de obtener la sumisión de todos los órganos de expresión a
las directivas del Comité Nacional. Había que suprimir cualquier tipo de
desacuerdo, especialmente la libertad de crítica que manifestaban algunos periódicos
y revistas hacia la traición de los principios libertarios por parte de los órganos
directivos en general y de los «camaradas ministros» en particular.
La propuesta de convertir a la prensa
cenetista en el simple portavoz de los Comités directivos sólo se adoptó por
un voto de mayoría. Y, además, la minoría vencida manifestó claramente su
intención de no tomar en cuenta ni esa decisión ni ese voto. Lo que demuestra
los obstáculos que encontraba la tendencia centralizadora en el seno de las
organizaciones libertarias que por esencia y por tradición se oponían a todo
centralismo. Sólo a finales de 1937 y principios de 1938 pudo ser totalmente
vencida «la oposición de izquierdas» de la CNT.
Este nuevo centralismo era objetivamente
necesario para los dirigentes de la CNT y no sólo en lo que respecta a la
libertad de expresión. No podían imponer el Ejército sobre las milicias, el
poder del Estado —así como su participación en el mismo— sobre el de los
Comités obreros, la jerarquía política y económica sobre la autonomía y
democracia obreras, sin tropezarse con serias resistencias en el mismo seno de
sus organizaciones. Como hacen todos los dirigentes ante conflictos similares,
intentaron romper la oposición y acallar las críticas. Impusieron el
centralismo en su propia organización, rizando así el rizo, y tirando una vez
mas por la borda, las tradiciones, los hermosos y floreados discursos y los
principios libertarios, pues la práctica burocrática de los dirigentes tiene
sus propias leyes y sus propias exigencias de las que no se sabe que haya habido
en la historia de las revoluciones ninguna excepción.
La capa especializada de dirigentes que la
CNT produjo con tanta rapidez no estuvo sometida «al control de la base» prácticamente
en ningún momento mientras duró la guerra. Este es un elemento importante —y
clásico— del fenómeno burocrático. De 1936 a 1939 no hubo verdaderas
elecciones democráticas para cubrir los puestos responsables de la CNT y de la
FAI. Es verdad que hubo muchas reuniones, conferencias y asambleas, siendo una
de las más importantes el Pleno Nacional Económico ampliado de la CNT en enero
de 1938, en Valencia. Pero sobre todo eran asambleas de cuadros donde la base, o
bien no estaba representada o lo estaba mal. Así por ejemplo, Mariano G. Vázquez,
secretario regional de Cataluña en julio de 1936 fue elegido secretario
nacional durante una reunión de Comités regionales, o sea, durante una reunión
de responsables de las federaciones regionales. El mismo fenómeno se puede
observar en lo que respecta a la FAI, cosa normal ya que ambas organizaciones,
que siempre habían estado estrechamente unidas, se habían fusionado casi
totalmente desde julio de 1936. Así, en julio de 1937, poco después de las
jornadas de mayo, se celebró en Valencia un Pleno de los Comités regionales de la FAI. Creo que Vernon Richards
tiene razón cuando pone de relieve la intención claramente expresada durante
esta reunión de transformar a la FAI de una federación de grupos anarquistas
autónomos en una especie de partido político.
«El grupo de afinidad
4
durante más
de cincuenta años ha sido el órgano más eficaz de propaganda, de relación y
de actividad anarquista. Con la nueva organización que se imprime a la FAI, la
misión orgánica del grupo de afinidad queda anulada. El Pleno tiene la intención
de respetar a los grupos de afinidad, pero, debido a las decisiones adoptadas
por la FAI, no podrán tener una participación orgánica como tales grupos.5»
4. Los «grupos de afinidad». primera base de
la FAI, estaban formados por anarquistas agrupados voluntariamente, en razón,
precisamente, de sus afinidades teóricas o incluso personales.
5.
Vernon Richards, Op. Cit., pág. 249.
La nueva organización de tipo «bolchevique»
clásico, surgía de las células —o grupos— de base de barrio, hasta llegar
a los Comités locales, regionales, por encima de los cuales se situaba el Comité
Nacional, cuyo papel se hacía todavía más importante.
Como corolario, también clásico, a la
jerarquización autoritaria de las organizaciones anarquistas, se desarrolló un
increíble culto a la personalidad de los dirigentes. Bien es cierto que ese
culto a los «destacados militantes» existía con anterioridad, cuando la CNT
funcionaba tan democráticamente como era posible, pero llegó a cobrar
proporciones tan grandes como grotescas. He aquí un único ejemplo: en el «Boletín
de Información CNT-FAI», podemos leer las siguientes líneas dedicadas a García
Oliver:
«Los hombres como nuestro camarada deben
ocupar puestos de primer plano y de responsabilidad, desde los cuales puedan
inculcar a sus hermanos su propio valor y su propia energía y, quisiera añadir
también, su propia estrategia. Su dinamismo, unido a su temeridad, representa
una invencible barrera contra el fascismo. Gracias a él, veremos como los
combatientes recuperan ese espíritu de sacrificio que le hizo enfrentarse con
el peligro en una lucha desigual, con el pecho descubierto. Los hombres guiados
por un símbolo mueren sonriendo; así han muerto nuestros milicianos y así
morirán los hombres que hoy son soldados del Ejército Popular, forjados en el
espíritu y en el ejemplo del camarada García Oliver.»
Esta siniestra página literaria dedicada al culto a los jefes se termina evocando el «genio creador» de García Oliver al que comparan con «esa otra figura, nuestro inmortal Durruti, que se levanta de su tumba y grita: «¡Adelante!».6 Aunque sin llegar a alcanzar las elevadas cimas de Louis Aragon cuando canta a Thorez y a Stalin, no está de más recordar estos ejemplos de literatura... «ácrata».
6 «Boletín de Información CNT-FAI», n.º 34 (27 de agosto de 1937).
La primavera de 1937 constituyó pues un
viraje donde la «guerra empieza a devorar a la revolución». El poder del
Estado había sido restaurado y tras la entrada de los anarquistas en el
Gobierno, la soberanía del Estado había sido reconocida por todas las
organizaciones antifascistas. Con la «sumisión»
de la Columna de Hierro, todas las columnas de milicianos se habían convertido
en un ejército regular tradicional; las fuerzas de policía también; una
severa censura se abatió sobre la prensa; en Cataluña, que fue donde las
transformaciones sociales habían llegado más lejos, las colectividades
quedaron frenadas, boicoteadas, el comercio privado sustituyó nuevamente al
sistema de venta directa de los productos establecida por los Comités de
abastos de los sindicatos, etc. Después de la oleada revolucionaria que había
barrido al antiguo aparato represivo del Estado y a gran número de
instituciones represivas, para iniciar una nueva forma de sociedad basada en la
autodeterminación de los trabajadores y en la autogestión de las empresas, la
antigua pirámide social —con algunos rasgos nuevos— se levantó una vez más
y fueron precisamente los partidos políticos y las organizaciones obreras los
principales actores de esa reconstrucción y quienes «transfirieron» su
jerarquía interna a toda la sociedad.
Como en todos los movimientos
revolucionarios contemporáneos, los hombres que luchaban contra la jerarquía
opresora y contra los privilegios e injusticias de clase inherentes a la misma,
como pensaban (y así era) que su tarea era inmensa, se vieron obligados a
agruparse para ser más fuertes y más eficaces, pero lo hicieron dentro de unas
organizaciones que reproducían en su seno la jerarquía existente en la
sociedad a la que pretendían cambiar y por consiguiente, como una copia
invertida, reproducían también todo el sistema de valores de dicha sociedad:
disciplina, espíritu de sacrificio, rentabilidad, eficacia, organización, producción,
represión, exclusión, fe y fanatismo, culto a los jefes, sin hablar de
todos los valores y costumbres del mundo burgués, éstos no invertidos, en los
que seguían inmersos. En este caso, como ocurre siempre que se puede hablar
realmente de movimientos revolucionarios y cuando éstos resultan al principio
victoriosos, ha sido la acción espontánea de las masas quien ha desencadenado
el movimiento y lo ha llevado hasta sus últimas consecuencias. Después llegan
las organizaciones para frenar, desviar —y a veces para aplastar— el
resultado de esa acción espontánea. No podemos limitarnos a decir que los
partidos toman el «control de la situación», porque es un control que casi
siempre es deseado por las propias masas. Los partidos jerarquizados
reconstruyen la pirámide social opresora e instituyen, glorifican, e
ideologizan como resultado victorioso de la revolución (véase la URSS y todos
los demás países «socialistas») nuevos privilegios e injusticias —que no
dejan de tener muchas relaciones con los antiguos. La originalidad de la
revolución catalana, aparte del hecho de que se desenvolvió en el seno de una
guerra civil contra el fascismo y de que fue aplastada por las propias «fuerzas
republicanas» antes de la derrota militar, consiste en que la CNT-FAI,
organización mayoritaria en Cataluña —y muy fuerte en el resto de España—
que era sin duda la organización menos burocrática y menos centralizada del
movimiento obrero europeo, se fue convirtiendo en todo eso a un ritmo extraordinariamente
rápido. Y ello no era debido al hecho de que los dirigentes fueran «malos»
—aunque sea cierto que el poder corrompe— sino que era debido también a la
complejidad de la propia situación, a las exigencias de
la guerra y de la revolución, que no se supo transformar en una
guerra revolucionaria, y a las «taras» tradicionales de la CNT —culto
a los líderes y sacralización de la Organización, entre otras. Sea como fuere, se puede legítimamente afirmar que toda organización obrera está
condenada a la burocratización, de
una forma u otra. Y esto plantea algunas cuestiones teóricas que todavía
distan mucho de haber sido superadas, habida cuenta de que el mito de la
organización revolucionaria o de vanguardia (¡¿de nuevo tipo?!) continúa
haciendo los estragos que ya conocemos.
*
* *
Ante esta situación difícilmente se puede
comprender la
afirmación de Broué y Temime según la
cual: «En la primavera de 1937 se encontraban reunidas las condiciones de una
marea revolucionaria. Los temas de la oposición revolucionaria encontraban, por
lo menos en Cataluña, un eco creciente entre los trabajadores que seguían a la
CNT y veían cómo sus "conquistas" eran puestas en tela de juicio. En
la UGT, el ejército, la administración, los partidarios de Largo Caballero,
reaccionaron contra los comunistas. Las dificultades económicas, los escándalos
de las "checas" ofrecieron un terreno favorable a la agitación».7
En contradicción con este optimismo forzado, veremos más adelante cómo
Largo Caballero y sus partidarios fueron barridos del escenario político
justo después de las jornadas de mayo. Por lo que respecta a los «trabajadores
que seguían a la CNT» su oposición —muy real, por cierto— también estaba
dirigida contra los dirigentes de la CNT a quienes se negaban a seguir en sus compromisos y en su línea «gubernamentalista».
7. Broué y Temime, Op. cit., pág. 256-257.
Veamos algunos ejemplos de esta oposición
en las filas de la CNT. El 14 de abril de 1937, Camillo Berneri, militante
anarquista italiano que gozaba de gran prestigio en Cataluña, dirigió una «Carta
abierta a la camarada Federica Montseny» (publicada en su periódico «Guerra
di classe», en la misma fecha, y recogida íntegramente en el libro del mismo
título publicado en esta colección, de la que ofrezco aquí algunos
fragmentos:
«Son los Guardias Civiles y los Guardias
de Asalto los que conservan las armas, también son los que en la retaguardia
deben controlar a los “incontrolables", dicho de otro modo, los que
deben desarmar a los núcleos revolucionarios que tienen algunos fusiles y
algunos revólveres. Esto está ocurriendo cuando el frente interior aún no ha
sido liquidado. Esto está ocurriendo durante una guerra civil donde toda
sorpresa es posible y en las regiones donde el frente, muy próximo, no está
matemáticamente determinado. Esto está ocurriendo cuando resulta evidente que
hay una distribución política de las armas, para no proporcionar sino
las armas «estrictamente necesarias» (que, esperémoslo, resulten
suficientes) al frente de Aragón, escolta armada de la colectivización agraria
en Aragón y bastión de Cataluña, esa Ucrania Ibérica. Formas parte del
goberno
que ha ofrecido a Francia y a Ingalterra una serie de ventajas en Marruecos,8
cuando se tenía que haber proclamado oficialmente la autonomía política de
Marruecos desde julio de 1936 (...) Creo que ha llegado la hora de comunicar que
tú y los demás ministros anarquistas no estáis de acuerdo con la naturaleza y
el contenido de tales propuestas (...)
8.
Sobre el «asunto de Marruecos», véase anexo 11, página 359.
El dilema entre guerra o revolución ya
no tiene sentido. El único dilema es éste: o la victoria sobre Franco, gracias
a la guerra revolucionaria, o la derrota. El problema para ti y para los demás
camaradas reside en escoger entre el Versalles de Thiers y el París de la
Comuna, antes de que Thiers y Bismarck realicen la Sagrada unión.9»
9.
Berneri, Op. cit.
En Cataluña, los grupos de oposición
expresaban su descontento a través del diario de Lérida «Acracia», dirigido
por José Peirats, de la revista «Ideas» y del órgano de las Juventudes
Libertarias «Ruta». Estos eran —entre otras— las publicaciones que los
dirigentes cenetistas querían acallar.
Entre los grupos de oposición
también hay que citar a «Los Amigos de Durruti». Este grupo estaba
formado principalmente por milicianos de la CNT-FAI que se habían
negado a militarizarse hasta el punto de que prefirieron dejar el frente antes
que endosarse el uniforme del llamado nuevo Ejército Popular. Desplegaron su
principal actividad durante las «jornadas
de mayo» y en los meses siguientes, en los que publicaron un periódico clandestino
(clandestino ¡porque estaba prohibido por la censura!): «El Amigo del Pueblo».
En la primavera de 1937, los líderes del grupo, todos ellos miembros de la FAI
(Careño, Pablo Ruiz, Eleuterio Roig y sobre todo Jaime Balius), colaboraban en
los periódicos de oposición, especialmente en «Ideas».
Las Juventudes Libertarias catalanas
constituyeron uno de los principales focos de oposición a la política de los
dirigentes de la CNT-FAI. Ciertamente, algunos de sus líderes, como Fidel
Miró, secretario, y Aurelio Fernández, secretario de la Alianza
Revolucionaria de la Juventud, eran bastante sensibles a los argumentos de los
líderes «gubernamentalistas». Y sin duda, no querían romper demasiado
abiertamente con las organizaciones «de más edad». En agosto de 1936,
siguiendo la oleada «unitaria». las J.L. habían firmado un pacto de alianza
con las J.S.U. (estalinistas) catalanas —como habían hecho la CNT-FAI
con el PSUC— pero no tardaron mucho en denunciar el pacto para formar la
Alianza de la Juventud Revolucionaria con las Juventudes Comunistas Ibéricas
(POUM) y las juventudes Sindicalistas.
En la primavera de 1937 el Comité
Regional de Cataluña y la Federación local de Barcelona de las Juventudes
Libertarias publicaron un manifiesto que mostraba claramente la oposición de
los jóvenes libertarios a la evolución de la situación política. He aquí
algunos fragmentos:
«Ha llegado el momento de hablar con
claridad y firmeza. Frente a la actividad abiertamente contrarrevolucionaria
de algunos sectores antifascistas que pretenden —como ellos mismos lo admiten
cotidianamente— volver a la República democrático-burguesa y cuya acción,
tanto en el plano nacional como en el internacional, es en parte la causa de
que se polongue esta lucha brutal que sostenemos contra el fascismo, situándonos
paulatinamente y de modo cada vez más acuciante en la alternativa de tener que
abandonar la revolución o perder la guerra, nosotros, las Juventudes
Libertarias, hemos decidido hablar con claridad al pueblo —al pueblo del 19
de julio— para que él juzgue y decida sobre lo que considere pertinente.
(
... ) La contrarrevolución se ha quitado la careta y actúa a plena luz del día.
Las J.S.U. revalorizan el papel de Azaña —que había caído tan bajo durante
los primeros días de la Revolución cuando intentó huir al extranjero— y
solicitan la unión de las juventudes católicas, e incluso la de aquellos que
“simpatizan con el fascismo”, mientras que se niegan a constituir la
unidad de la juventud. revolucionaria con los jóvenes libertarios, comunistas
(del POUM [C. S.-M.]), sindicalistas, federalistas, etc.»
Después de haber denunciado las
provocaciones de las fuerzas de policía y el apoyo prestado por el Gobierno y
por los partidos políticos a los proyectos de los Gobiernos francés e inglés
para «ahogar la revolución española», el manifiesto declaraba:
«En el País Vasco encarcelan a nuestros
Comités y persiguen a los militantes anarquistas... Niegan las armas necesarias
al frente de Aragón (...) Envían al frente a los hijos del pueblo, mientras
que dejan en la retaguardia —con fines notoriamente contrarrevolucionarios—
a los cuerpos armados y a la policía ... »
Es inútil continuar mencionando la lista
de actos contrarrevolucionarios —de los que damos aquí sólo unos pocos
ejemplos— sigue diciendo el manifiesto, las cosas están muy claras, quieren
aplastar la revolución, están preparando la represión de los elementos revolucionarios. Pero:
«estamos dispuestos, si ello fuese
necesario, a pasar a la clandestinidad, a luchar sin piedad contra todos los
falsarios, contra los tiranos del pueblo y contra los miserables mercachifles de
la política. Y hoy seguimos repitiendo: ¡¡Antes que renunciar a la lucha
contra el fascismo, moriremos en las trincheras!! ¡¡¡Antes que renunciar a la
Revolución, sabremos morir en las barricadas!!!
10»
Estos importantes sectores de oposición
dentro de la misma CNT-FAI, que eran una perpetua fuente de malestar y
«mala conciencia» para los dirigentes anarquistas, constituían un obstáculo
para la restauración total del Estado y para meter en cintura a los «incontrolados».
Pero era un obstáculo que había que aplastar a cualquier precio y a ello fue
precisamente a lo que se dedicaron a partir de 1937.
Las primeras escaramuzas
Desde
el 23 de enero de 1937, la UGT, dominada por los estalinistas, organizó el
Primer Congreso de Trabajadores de la Tierra, en el que 400 delegados que
representaban, según las cifras oficiales, a 30.000 afiliados a las
organizaciones campesinas de la UGT, se pronunciaron enérgicamente contra las
colectivizaciones. Según Peirats, la tribuna estaba adornada con una enorme
pancarta en la que se leían las siguientes palabras: «Menos ensayos
colectivistas y más productos». Víctor Colomé (que se había convertido en
dirigente comunista tras su expulsión del POUM en enero de 1936) se expresó en
los siguientes términos:
«Es preciso terminar rápidamente con la
situación confusionista —en algunas comarcas, caótica— que existe hoy en el campo catalán, y esto es indispensable
para obtener la victoria contra el fascismo. Si bien sois vosotros los que tenéis
que decidir si se tiene que ir a la colectivización o no, nosotros debemos
deciros que no somos partidarios de ella, por no creerla oportuna en estos momentos.
Toda la campaña anti-colectivista desarrollada por el PSUC, la mayoría de la UGT catalana a la que controlaba y las organizaciones pequeño-burguesas nacionalistas, encontraban gran eco entre gran número de campesinos catalanes, cuya estructura económica agrícola, tradición y mentalidad les empujaban a defender la explotación familiar —y a intentar ampliar su pedazo de tierra— antes que entregarse a los experimentos de la colectivización, más revolucionarios y más modernos. La polémica entre partidarios y adversarios de las colectivizaciones llegó a veces a tomar características de enfrentamiento armado, como en Fatarella, pueblecito de 600 habitantes de la provincia de Tarragona.
Pero el incidente de Fatarella sólo fue
uno más entre los numerosos episodios de la lucha que llevaban a cabo en Cataluña
partidarios y adversarios de la revolución social y que culminó en la «semana
sangrienta» del mes de mayo de 1937. Otro incidente significativo, que hizo
correr mucha tinta en la época fue el asunto del «robo, de 12 tanques».
Estos fueron los hechos: los milicianos
comunistas del cuartel Vorochilov de Barcelona se presentaron con una orden
falsa de requisición en un almacén de material militar controlado por la CNT
y consiguieron que les entregaran doce tanques. Aunque sus papeles estaban
firmados
por Eugenio Vallejo, el metalúrgico de la CNT, que se había convertido en el
«patrón» de la industria de guerra en Barcelona, algo en la actitud de los
milicianos comunistas les pareció sospechoso a los guardias del almacén. Les
siguieron y les vieron entrar en el cuartel Vorochilov. Tras informarse,
descubrieron que Vallejo no había firmado nada. ¡Un robo! La CNT acudió a la
Generalitat. El Primer consejero Tarradellas y Vallejo se presentaron en el
cuartel Vorochilov que entretanto había sido cercado por las patrullas de
control. Tras haberlo negado todo, el teniente coronel acabó confesando pero
declaró que no había hecho más que obedecer órdenes del Alto Mando de la
División Carlos Marx, de la que dependía. Pero por supuesto éstos lo
desmintieron. El 9 de marzo de 1937, «Solidaridad Obrera» publicó el
telegrama siguiente:
«Comisario de Guerra División
"Carlos Marx" al director de "Solidaridad Obrera". Enterado
por la prensa asunto sustracción tanques, te ruego hagas público que el
Estado Mayor de esta División es ajeno por completo a este asunto, ignorando
incluso la existencia de tanques en Cataluña. Desautorizamos, pues, las manifestaciones del supuesto encartado en este asunto, Manuel Trueba.
Dentro de la lógica interna de la jerarquía, los cuadros inferiores tienen que proteger a los superiores y éstos, si es necesario, para el «bien del Partido» tienen que desautorizar a los cuadros inferiores. El Teniente coronel que ostentaba el mando del cuartel, no tenía que haber echado la culpa de este asunto a sus superiores bajo ningún concepto, comprometiendo también así al PSUC.
Este
asunto del «robo de tanques» adquirió grandes proporciones y bastante tiempo
después, muchos comentaristas, especialmente los anarquistas, vieron en él
un ejemplo de la premeditación comunista en la preparación del complot que
culminó en las jornadas de mayo de 1937. Sea como fuere, la «guerrilla» de
golpes de mano y de provocaciones entre organizaciones, de violentas polémicas
seguidas de estremecedoras declaraciones sobre la «unidad proletaria» frente
al fascismo, fue empeorando hasta llegar a una nueva crisis del Gobierno autónomo
catalán. La crisis duró exactamente un mes: del 26 de marzo al 26 de abril de
1937.
La «gota de agua» que provocó esta crisis fue, según Peirats:
«Un decreto del consejero de Orden Público,
con fecha 4 de marzo, por el cual se declaraban disueltas las Patrullas de
Control en aras de una ulterior reorganización de los distintos cuerpos armados
que pululaban por la retaguardia catalana. Se prohibía a los guardias la
facultad de estar adheridos a los partidos y organizaciones, y se procedía a la
supresión de los Comités de Control de dichos cuerpos armados so pretexto de
que la depuración ya estaba hecha. Además, se ponía en práctica el plan de
“desarme de la retaguardia". Todo paisano portador de un arma sin la
debida autorización o licencia sería desarmado y sumariado. Este decreto
implicaba lo siguiente: reducir a la impotencia al pueblo y, por consiguiente,
desarmar a la revolución. Las armas pasaban a poder de la fuerza pública, y
ésta quedaba sujeta a la absoluta dependencia de la Consejería de Orden Público,
a la cual, suprimidas las Patrullas populares y los Comités de Control de los
cuerpos armados, le eran otorgadas todas las clásicas prerrogativas propias del
Gobierno.
Evidentemente
las cosas no ocurrieron así. Las Patrullas de Control no sólo no entregaron
las armas sino que por el contrario salieron en masa a la calle y desarmaron a
las fuerzas de policía «regulares» cuando se les presentó la ocasión y
estas últimas hicieron lo propio cuando las primeras estaban en inferioridad
numérica. Se intercambiaron algunos disparos y aunque no se tiene información
exacta sobre el número de muertos producidos en estas operaciones de desarme
mutuo, es más que posible que los haya habido. La Federación local de las
juventudes Libertarias de Barcelona publicó un panfleto incendiario con el
titulo de: «Una provocación más», panfleto en el que se puede leer lo
siguiente:
«Nosotros declaramos hoy solemnemente
que íbamos armados, vamos e iremos armados, y tanto peor para Rodríguez
Sala. Para nosotros esta medida no tiene ningún valor.
Lo repetimos para que no quede duda alguna, seguiremos yendo armados, aunque con todos nuestros papeles en regla y todo el que, a pesar de ello, nos quiera desarmar tendrá que matarnos primero.
Pero
veremos quién vence a quién.
Sin
embargo, como la medida era una medida gubernamental que había sido tomada
con el acuerdo de principio de los consejeros anarquistas de la Generalitat,
éstos se vieron duramente criticados por la «base» de las organizaciones
libertarias y tuvieron que retirar su apoyo al Decreto de disolución de las
patrullas de control, provocando así la crisis en cuestión.
Durante el mes que duró la crisis, las organizaciones dieron rienda suelta a las polémicas y acusaciones de toda índole, pero todo quedó «resuelto» con la formación de un nuevo Gobierno que se parecía como un hermano gemelo al anterior. Tarradellas seguía siendo Primer consejero y Ayguadé (los dos miembros de la Esquerra) conservaba la «Seguridad Interior». Y, a pesar de la violenta campaña de prensa comunista en su contra, el cenetista Isgleas guardaba su cartera de Defensa.
Durante la crisis gubernamental siguió habiendo enfrentamientos armados y conflictos de todo tipo. Uno de los más graves fue el provocado por la decisión de Juan Negrín, por aquel entonces ministro de Finanzas del Gobierno central, de sustituir en la frontera francesa a los grupos armados de la CNT-FAI por carabineros (que dependían de su ministerio). El 17 de abril los carabineros y otras fuerzas de policía llegaron al puesto fronterizo de Puigcerdá y después a Figueras y ocuparon toda la región fronteriza. Una vez más, los grupos anarquistas no cedieron y se inició una batalla entre las fuerzas de policía y los grupos armados de la CNT-FAI.
Las
fuerzas de policía rodearon la ciudad de Puigcerdá, que estaba en manos de los
libertarios desde julio de 1996. Grupos armados anarquistas que habían llegado
a socorrer a sus camaradas rodearon a su vez a las fuerzas de policía
impidiendo que éstas tomaran contacto con las autoridades gubernamentales de Lérida
o de Barcelona. Pero los responsables de la CNT de Cataluña se precipitaron
al lugar del conflicto para negociar un compromiso. Tal «compromiso» no fue
sino la retirada de los grupos armados anarquistas y la ocupación de Puigcerdá
por las fuerzas de policía.
Entretanto,
el 25 de abril, Roldán Cortada, dirigente de la UGT y el PSUC fue asesinado
misteriosamente en Molina de Llobregat. «El PSUC reaccionó violentamente,
denunció a los «incontrolados” y a los “agentes fascistas
escondidos" (en la CNT y la FAI). La CNT condenó formalmente el
asesinato y exigió una investigación que según ellos les pondría fuera de
toda sospecha.
15. Broué y Temime, Op.
cit., pág. 259.
16.
M. D. Benavides, Guerra y Revolución
en Cataluña, pág. 426.
Con
la habilidad de siempre en la utilización de sus muertos, los comunistas
pusieron tan de relieve el asesinato de Roldán Cortada que el de Antonio Martín
pasó casi desapercibido. Entre otras detenciones provocaron la de Luis Cano,
consejero municipal anarquista de Hospitalet de Llobregat, acusado de haber
asesinado al dirigente comunista, pero el Tribunal de Barcelona lo absolvió
por falta de pruebas el 2 de mayo de 1937.
El
entierro del líder de la UGT constituyó una manifestación de fuerza del
PSUC. Durante tres horas y media desfilaron con sus armas los policías y los
soldados de las fuerzas controladas por ese partido. Según Broué y Temime, los
representantes del POUM y de la CNT que asistieron al entierro, comprendieron
que la situación era más grave de lo que habían supuesto: en realidad, se
trataba de una manifestación de fuerza, dirigida contra ellos. «La Batalla»
escribió a este respecto:
«Manifestación contrarrevolucionaria, de ésas cuyo objetivo es el de crear entre las masas pequeño-burguesas y las capas más atrasadas de la clase obrera, un ambiente de pogrom contra la vanguardia del proletariado catalán: la CNT, la FAI y el POUM.»
Y en efecto, así era: «Se le ha atribuido al PSUC la siguiente frase: "Antes de tomar Zaragoza, hay que tomar Barcelona". Reflejaba con toda exactitud la situación y expresaba fielmente la aspiración del país que reclamaba que se le devolviera a la Generalitat el poder detentado por los anarquistas», escribió posteriormente Manuel D. Benavides, portavoz de Comorera y del PSUC, en su libro Guerra y Revolución en Cataluña.17 El hecho de que los anarquistas estuvieran representados en la Generalitatl 18 no parece afectarle en absoluto a nuestro autor. Lo comprendemos. «Devolver el poder a la Generalitat» significa liquidar «el poder obrero», la democracia obrera y restaurar el Estado burgués. Mientras hubiese anarquistas que quisieran hacerles el juego —como por otra parte lo hacían no sin dificultades— podía tolerarse su presencia en la Generalitat, al menos de momento. Para los comunistas, lo esencial —y esto tanto en Cataluña como en toda la «zona republicana»— era llegar lo más pronto posible a la centralización estatal, al poder fuerte, al que esperaban, no sin razón, controlar con el apoyo de la URSS y de su «ayuda desinteresada». Como dos capas geológicas superpuestas, pero estrechamente enlazadas, la tradición jacobina burguesa y su variante, la tradición «bolchevique», constituían la fundamentación ideológica de los partidos nacionalistas catalanes y de los estalinistas en su lucha común por la restauración del Estado.
17. M. D. Benavides, Op. cit.
18.
Según ellos, estaban subrepresentados. No
se puede hojear la prensa anarquista de la época o los comunicados
oficiales, etc., sin encontrarse con el siguiente argumento: la CNT, organización
mayoritaria en Cataluña, tenía el mismo número de representantes en los órganos
del poder que la UGT, organización minoritaria. No obstante, ellos aceptan esta
situación, ese sacrificio en nombre de la unidad antifascista, como
testimonio de su buena fe.
En esta tensa situación provocada por
todos los conflictos armados, los asesinatos y las detenciones (aquí sólo he
citado unos cuantos, pero hubo muchos más), el Gobierno autónomo catalán
decidió que el Primero de Mayo, fiesta tradicional de los trabajadores, no sería
festivo. Para ello apeló a las
necesidades de la producción de
guerra y a las necesidades del frente. Pero también prohibieron las
manifestaciones, mítines y reuniones (que se hubieran podido celebrar
perfectamente después del trabajo).
El
Primero de Mayo era sábado. Por lo tanto, todos trabajaban. Los comités
dirigentes de las organizaciones antifascistas publicaron sus rituales, y por
eso mismo siniestros, comunicados sobre la lucha de la clase obrera
internacional simbolizada por esa fecha.
El
2 de mayo era domingo. Los barceloneses se paseaban por las Ramblas. Pero
algunos militantes estaban inquietos. Pocos días antes, Camillo Berneri escribía
en su periódico «Guerra di classe».
«La sombra de Noske se perfila. El
fascismo monárquico-católico-tradicionalista no es más que un
sector de la contrarrevolución. Hay que recordarlo. Hay que decirlo. No hay que
prestarse a las maniobras de esa gran "Quinta Columna" que ha
demostrado
su tenaz vitalidad y su temible mimetismo durante seis años de República española.
La guerra civil española se hace en dos
frentes político-sociales. La Revolución debe triunfar en ambos. Vencerá.»
El
lunes 3 de mayo empezaban los combates de la «Semana sangrienta» de Barcelona,
durante la cual el propio Berneri fue asesinado por los estalinistas.
La provocación
El
3 de mayo, a las 14,45, varios camiones de Guardias de Asalto, mandados por Rodríguez
Sala, comisario de Orden Público de Barcelona y miembro del PSUC, acababan de
colocarse ante el edificio de la Telefónica, en la plaza de Cataluña.
Habían
escogido esa hora a propósito, porque en ese momento habían salido a comer
muchos empleados y milicianos de guardia.
Desde los
primeros días de la Revolución, la Telefónica de Barcelona, como todas las
de Cataluña, estaba controlada por los dos sindicatos CNT y UGT con una
representación del Consejo de la Generalitat, pero al igual que en otros
sitios, casi todos los empleados eran miembros de la CNT.
Los
policías se precipitaron en el interior del edificio gritando: «¡Arriba las
manos!» a los milicianos de guardia quienes, cogidos por sorpresa, fueron
desarmados. Los policías subieron a los otros pisos para asaltarlos pero,
alertados por la insólita barahúnda, los empleados y milicianos que se
encontraban en ellos cogieron sus armas y opusieron una violenta resistencia a
los policías. Estos últimos tuvieron que regresar precipitadamente a la planta
baja.
El
plan de los estalinistas había fracasado. Habían querido apoderarse de la
Central mediante un «audaz» golpe de mano y poner a la CNT ante el hecho
consumado.
Pero, a pesar de la hora y del elemento sorpresa, los asaltantes no consiguieron
sus objetivos. La Central seguía en poder de las fuerzas sindicales, excepto en
la planta baja, donde permanecían unos cuantos Guardias de Asalto, mientras que
los demás se habían apostado en los techos de las casas vecinas.
«La noticia del golpe se difundió rápidamente. Informado de lo
que pasaba, el Comité Regional de CNT pidió explicaciones por teléfono a la
Cancillería de la Seguridad Interior. ¿Quién había dado la orden de
ocupación? No procedía del Consejo de la Generalitat que no había deliberado
sobre ello. Al ser interrogado, el consejero de Seguridad Interior, el
republicano Ayguadé, dijo no saber nada. En realidad, la orden de ocupación
que había mostrado Rodríguez Sala llevaba su firma ( ... )
La provocación resultaba tan evidente, que levantó
de inmediato una oleada de indignación.
Tampoco se hizo esperar la reacción. No había pasado una hora cuando
aparecieron los milicianos de la FAI y los miembros de las
Patrullas de Control. De
inmediato empezaron a oírse los primeros disparos. El efecto fue instantáneo.
A los pocos minutos no había nadie en las calles, los comerciantes habían
echado los cierres de sus tiendas y sólo se veían algunos transeúntes que se
precipitaban a sus casas, rozando las paredes para evitar las balas que ya
empezaban a silbar por todas partes. "¿Qué ocurre?" No se sabía
nada. Pero había que ponerse a salvo.
Entretanto
las fábricas habían sido alertadas. De común acuerdo, obreros de la CNT y
obreros de la UGT decidieron interrumpir su trabajo. Las armas salieron de sus
escondrijos y, como obedeciendo a una consigna, empezaron a aparecer barricadas
por todas partes.
La
reacción fue tan grande que casi acabó con todo. No era eso lo que habían
previsto los autores de la provocación. No era todavía de noche cuando ya
toda la ciudad estaba llena de barricadas y las había incluso alrededor de la
Generalitat, donde el Gobierno se encontraba de hecho asediado por la fuerza
popular. Los Guardias de Asalto situados de antemano en todos los puntos
estratégicos se vieron sumergidos por esa inmensa oleada humana que les tenía
rodeados, cual islotes perdidos en medio de un océano tormentoso. Las tiendas
estaban cerradas, los tranvías y los autobuses habían regresado a sus
cocheras, los taxis habían desaparecido de la circulación, la ciudad se
hundió
en un silencio trágico, cortado de vez en cuando por el ruido de los disparos
que se oían en la noche, o por el estruendo súbito de las ametralladoras.
La noche transcurrió así, ocupada de un
lado y de otro en los preparativos de la lucha cuya inminencia era sentida por
todos. El Gobierno, claramente desbordado por esta inesperada resistencia,
callaba.19»
19.
Marcel Ollivier, Les journées sanglantes
de Barcelone, «Spartacus», pág. 13-14. Me he inspirado ampliamente
en el relato de Marcel Ollivier que me parece el más completo de todos los que
he leído. El testimonio de Georges Orwell también es excelente, pero como su
libro (Homenaje a Cataluña) está en venta en todas las buenas librerías,
prefiero aprovechar la ocasión para recomendar vivamente su lectura.
Según
Julián Gorkin, esa misma noche del 3 al 4 de mayo:
«El Comité Ejecutivo del POUM se reunió
con los Comités regionales de la CNT y de la FAI y de las Juventudes
Libertarias. Expusimos el problema en sus verdaderos términos: "Ninguno
de nosotros ha lanzado a las masas de Barcelona, es una respuesta espontánea a
una provocación estalinista. Este es un momento decisivo para la revolución.
0 nos colocamos a la cabeza de este movimiento para destruir al enemigo
interior, o el movimiento fracasará y el enemigo nos destruirá. Hay que
escoger: la revolución o la contrarrevolución”.20»
20. Julián Gorkin, Op. cit., pág.
69.
No
decidieron nada. Su máxima reivindicación fue... ¡¡que se destituyera al
comisario provocador!!
«Los antagonistas (escribe Peirats) se dividieron en dos bandos. De una parte, la fuerza pública (Guardias de Asalto, Guardia Nacional Republicana, Guardias de Seguridad y Mozos de Escuadra) y los partidos PSUC y Estat Català (comunistas y separatistas); de otra parte, las fuerzas populares formadas por los anarquistas (CNT, FAI y Juventudes Libertarias), el Partido Obrero de Unificación Marxista y las Patrullas de Control. Los Comités de Defensa Confederal (CNT-FAI), organizados tradicionalmente por barriadas, fueron los grandes estrategas de la contraofensiva popular.
Se levantaron por doquier las no menos
tradicionales barricadas; y la lucha, tanto o más implacable que el 19 de
julio, quedó planteada por el dominio de la calle.21»
21. Peirats, Op. cit., t. II, pág. 144.
Martes 4 de mayo
«Por
la mañana, toda la ciudad, exceptuando algunos barrios del centro, estaba en
poder de los obreros», escribe Marcel Ollivier.
El
alba estaba en calma. Ni un disparo. Las amas de casa salieron de sus hogares y
rozando las paredes se dirigieron a comprar provisiones. Porque «la vida
continúa»,
hay que comer, los niños tienen que comer, incluso el marido que hoy no irá
a la fábrica sino a las barricadas...
Después
volvió a empezar el tiroteo y las amas de casa y los mirones, corrieron para
ponerse a salvo.
«Se
luchaba calle por calle, casa por casa, con fusiles, con ametralladoras, y con
granadas de mano.22»
22. Marcel Ollivier, Op. cit.
Durante todo el día la batalla fue de una violencia extrema. Asediados y
asediantes, ambos bandos, lucharon encarnizadamente en casi toda la ciudad. Las
«fuerzas del orden», policía, estalinistas, ultranacionalistas del Estat
Catalá asediaron a la Central Telefónica, a los locales de algunas
organizaciones como los del POUM, y a su vez fueron asediados por los milicianos
de la CNT y del POUM en los grandes hoteles del centro de Barcelona que habían
ocupado, en sus cuarteles y en sus locales. Durante la jornada, varios
centenares de Guardias Civiles, parapetados en el parque, fueron rodeados y prácticamente
diezmados por milicianos anarquistas. Estos mismos milicianos consiguieron
desarmar y hacer prisioneros a 400 Guardias de Asalto en los barrios populares
de Barcelona. Pero la situación permanecía confusa, sin que hubiera ninguna
ventaja neta para ninguno de los bandos, durante todo el día.
«Bajo el sol primaveral, luchaban, se
mataban sin tregua. Por las calles, que estaban totalmente desiertas, sólo
circulaban los coches blindados de la FAI, los automóviles de las
organizaciones que pasaban rápidamente, acogidos por ráfagas de disparos y
las ambulancias que llegaban hasta las mismas barricadas para recoger a los
muertos y a los heridos y transportarles seguidamente al hospital, donde muy
pronto llegaron a alcanzar un número impresionante. Los médicos estaban
sobrecargados de trabajo. Hubo que recurrir a la ayuda exterior.23»
23. Ibid.
Puede
sorprender la rapidez y la decisión con que los milicianos de la CNT y la FAI y
los milicianos del POUM —por una vez unidos, o casi— se lanzaron contra
las fuerzas de policía y el encarnizamiento con que estas últimas intentaron
someterles. Si nos colocamos en el terreno de la «guerra antifascista» o
incluso en el de la «legalidad republicana» esto puede parecer absurdo o
criminal. Pero precisamente esa rapidez y esa decisión parecen la demostración
palpable de todo lo que acabo de decir: dentro de la guerra y en el campo
republicano, se estaba desarrollando un conflicto agudo desde
Los
Estados Mayores, las burocracias dirigentes, fueron las que se encargaron de
hacer esas negociaciones. Llegó la noche y parecía que la Generalitat
despertaba de su letargo. Una vez reunidos sus miembros, decidieron que ya no
había Gobierno, que éste había sido arrastrado por la tormenta. Había que
formar un nuevo equipo gubernamental.
«Mientras
tanto, urgía detener la masacre, Vidiella, en nombre de la UGT, Vázquez, en
nombre del Comité Nacional de la CNT, lanzaron por radio llamamientos patéticos
rogando a los combatientes que cesaran el fuego, mientras se llegaba a un
acuerdo. Los ministros anarquistas del Gobierno central, García Oliver y
Federica Montseny, que vinieron a toda prisa de Valencia, apoyaron ese
llamamiento con todas sus fuerzas.24»
Pues
mientras que los militantes de ambos bandos se entregaban a una verdadera
batalla campal, sus jefes continuaban parlamentando, tanto para intentar ponerse
de acuerdo como para sacar provecho de la situación. Companys exigía, antes de
llegar a ningún acuerdo, la retirada de los obreros armados. Tarradellas
(Primer Consejero), apoyado por Companys, se negaba a despedir a Rodríguez Sala
y a Ayguadé, tal y como exigían los anarquistas.
Desde
los micrófonos instalados en el Palacio del Gobierno catalán, los
parlamentarios de los partidos y organizaciones dirigieron ese mismo martes 4 un
desesperado llamamiento a los combatientes para que detuviesen el combate.
Rafael Vidiella, dirigente del PSUC y miembro del Gobierno catalán declaró:
«Es
indispensable que todos los trabajadores depongan su actitud. Es indispensable
que depongan las armas, que se haga un alto el fuego. Que conserve cada cual sus
posiciones, pero sin disparar un solo tiro. Nosotros tenemos la certeza de que
encontraremos una solución definitiva a esta misma noche. Trabajadores:
nosotros tenemos fuerzas más que suficientes para vencer al fascismo nacional e
internacional, pero con una actitud fratricida como la que se ha planteado no
podemos llegar a la victoria definitiva.
Hay
que hacer un alto el fuego. Nosotros buscaremos esta solución hoy mismo.
Catalanes, trabajadores, antifascistas todos: ¡Viva la unidad de todos los
trabajadores para vencer definitivamente al fascismo nacional e internacional!
¡Viva Cataluña! ¡Viva la República!
García
Oliver, el líder anarquista, ministro del Gobierno central y primer enviado por
éste para solucionar el conflicto, declaró por su parte:
«Camaradas:
por la unidad antifascista, por la unidad proletaria, por los que cayeron en la
lucha, no hagáis caso de provocaciones. No cultivéis en estos momentos el
culto a los muertos. Que no sean los muertos, la pasión a los muertos, de
vuestros hermanos caídos, lo que os impida en estos momentos cesar el fuego. No
hagáis un culto a los muertos. En toda guerra civil como la que vivimos, hay
muertos siempre. Los muertos todos de la familia antifascista tendrán la misma
gloria, tendrán el mismo honor. Tal como os lo digo, lo pienso. Me comprendéis,
me conocéis suficientemente para pensar que en estos momentos solamente obro
por impulso de mi libérrima voluntad, porque me conocéis bastante para estar
convencidos de que nunca, ni antes ni ahora, ni el porvenir, nadie conseguirá
arrancar de mis labios una declaración que no sea sentida. Sí, después de
decir esto debo añadir: todos cuantos han muerto hoy son mis hermanos; me
inclino ante ellos y los beso. Son víctimas de la lucha antifascista y los beso
a todos por igual. ¡Salud, camaradas, trabajadores de Cataluña!
¡Cómo
no! ¡Lejos de regatear besos, García Oliver los destina a todos los muertos,
polis u obreros en armas! ¿Por qué? Unos y otros han muerto defendiendo o
creyendo defender el qué? Eso no parece que le interesara ni poco ni mucho. En
cuanto a su insistencia en hablar de su sinceridad, se explica por el rumor que
circulaba entre los militantes de la CNT-FAI según el cual estaba prácticamente
prisionero de las fuerzas de la Generalitat y por lo tanto no hablaba
libremente.
Pero
no era así. García Oliver, ministro del Gobierno central, utilizaba el mismo
lenguaje demagógico que Rafael Vidiella, incitando a que cesara el fuego, únicamente
a que cesara el fuego, como si la sangrienta batalla no tuviese objeto, como si
fuese en cierto modo una locura que pusiese en peligro la supuesta unidad
antifascista y la debilitase frente a los franquistas. Cosa que era cierta. No
cabe duda que esa batalla «fratricida» no reforzaba precisamente el «campo
republicano». Pero lo que interesa es saber cómo y por qué se había llegado
a ese extremo y qué era lo que estaba verdaderamente en juego en esta «guerra
civil dentro de la guerra civil».
Durante
toda la noche del 4 al 5 de mayo, mientras que los combatientes permanecían
frente a frente, en el Palacio de la Generalitat, se sucedían las negociaciones
marcadas por los llamamientos a la calma que los dirigentes lanzaban por radio.
Cual aprendices de brujo, los estalinistas y sus aliados, que mediante una
sencilla operación policíaca habían querido arrancar un poco más de poder a
los comités obreros, se encontraron frente a los trabajadores en armas. Ahora
había que llegar hasta el final: aplastar definitivamente la revolución. Los
dirigentes anarquistas, por su parte, parecían hallarse completamente rebasados
por los acontecimientos. Uno tras otro, además de los ya citados Vidiella y
García Oliver, Federica Montseny, Toryho, director de «Solidaridad obrera»,
el comisario de Propaganda de la Esquerra, Miravitlles, y el mismo presidente
Companys, se sucedieron aquella noche en las ondas. Companys, en su discurso que
fue difundido por radio, desmintió la operación contra la Central Telefónica
llevada a cabo por su jefe de policía, el estalinista Rodríguez Sala. Pero en
las negociaciones de aquella noche, que habían tenido lugar en la sede de la
Generalitat, Companys exigía como medida previa a cualquier acuerdo que el
pueblo armado se retirase de la calle. Los anarquistas, por su parte, sólo pedían
que se les asegurara la dimisión de Rodríguez Sala y de Ayguadé. No llegaron
a ponerse de acuerdo sobre ningún punto.
Miércoles
5 de mayo
«...Obedeciendo
a las consignas recibidas, los obreros habían permanecido en sus puestos
esperando el resultado de las deliberaciones gubernamentales.
Al
igual que el día anterior, las amas de casa salieron por la mañana con gran
prudencia a realizar sus compras y los comerciantes, que habían abierto un
momento sus tiendas, se apresuraron a echar los cierres en cuanto se oyeron los
primeros disparos.
La
lucha, según parece, fue aun más violenta que la del día anterior.
Exasperados por las pérdidas sufridas, los adversarios lucharon
encarnizadamente en los barrios de Barcelona. En todas partes, patrullas de
muchachos (y también de muchachas) se dirigían a sus barricadas o a participar
en los golpes de mano contra los edificios ocupados por los estalinistas y las
fuerzas de policía.
Sin
embargo, durante ese día las fuerzas revolucionarias sufrieron dos derrotas: la
Guardia Civil tomó la Estación de Francia, ocupada por los anarquistas y los
empleados de la Central Telefónica, que llevaban ya dos días de asedio, se
rindieron a los Guardias de Asalto.
«(
... ) Las divisiones del frente, cuando supieron lo que ocurría, propusieron
bajar hasta Barcelona. El Comité
Regional de la CNT declaró que por el momento no les necesitaban, pero que si
su intervención se hiciese necesaria les avisarían.
En
realidad —todos los testigos lo confirman—, los dirigentes anarquistas y el
POUM ya habían decidido la retirada. Esa misma noche las organizaciones políticas
y sindicales lanzaron otros llamamientos pidiendo a los obreros que abandonaran
las barricadas y volvieran a sus casas.
Se
comprende que estas reiteradas llamadas hayan desconcertado a los combatientes
revolucionarios. Ellos, que desde el primer día habían cercado prácticamente
a las fuerzas de policía en el centro de la ciudad, dudaron en lanzarse al
asalto final. ¿Cómo iban, por ejemplo, a atacar y a tomar el Palacio de la
Generalidad, cuando sus propios dirigentes estaban adentro, dialogando con los
dirigentes de sus adversarios?
La
actitud de los militantes anarquistas en esos dramáticos momentos es
exactamente la misma que ya señalé cuando hablaba de las colectivizaciones. Se
lanzaron a la batalla con ardor y espontáneamente. Se adueñaron de las tres
cuartas partes de la ciudad. ¡Pero esperaban consignas, esperaban órdenes de
sus venerados jefes! Cuando éstos les ordenaron que abandonaran las barricadas
¡se negaron! Nunca dejarían las barricadas, ni ese día, ni al otro, a pesar
de todos los llamamientos de sus dirigentes. Sin embargo, esa decepcionante
espera de consignas revolucionarias causó alguna vacilación, alguna
incertidumbre, que los enemigos aprovecharon para tomar la Estación y la Telefónica.
Por supuesto esa vacilación corría pareja con un innegable ardor en el
combate, pero, también en este caso, ese ardor era defensivo. Ellos esperaban
que sus jefes les dieran un plan de ataque de conjunto, una estrategia global y
ofensiva (hemos podido ver que, cuando el «plan de conjunto» fue la retirada
pura y simple, lo rechazaron) y como no recibían nada parecido, se conformaron
con mantener sus barricadas y sus locales, sin pasar a la ofensiva generalizada
y coordinada. Porque los numerosos golpes de mano y las victorias parciales de
la víspera ya no bastaban en ese momento de la batalla.
Ese
mismo miércoles 5 de mayo, el Gobierno autónomo catalán dimitió en bloque.
Cabe preguntarse qué otra cosa hubiera podido hacer. Por la tarde, el Comité
Regional de la CNT hizo nuevas proposiciones:
«Cese
de las hostilidades. Cada parte mantiene sus posiciones. La policía y los
paisanos que combatían a su lado quedan invitados a hacer una tregua. De no
cumplirse estos acuerdos, se avisará inmediatamente a los comités
responsables. No se hará caso de los disparos aislados. Los defensores de los
sindicatos se mantendrán tranquilos, esperando nuevas informaciones.
Estas
proposiciones fueron aceptadas en principio, pero en la práctica, las fuerzas
gubernamentales no dejaron de disparar. El propio Comité Regional de la CNT-FAI, reunido en la sede de ambas organizaciones, en un momento determinado
tuvo que suspender la sesión para participar en la defensa del edificio,
atacado por las fuerzas gubernamentales. La situación era de lo más confusa.
En las filas de la CNT-FAI iba en aumento el descontento contra los comités
responsables que no paraban de dirigir llamamientos a la calma y al cese de las
hostilidades sin dar la menor consigna revolucionaria que fuese un tanto
coherente. La rebelión contra esa actitud conciliadora a corto plazo —cese el
fuego y punto— estaba sostenida por la oposición de izquierdas de la CNT, por
todos aquellos que llevaban ya varias semanas criticando el «colaboracionismo»
gubernamental de los dirigentes de la CNT. En esta oposición se encontraban un
importante sector de las Juventudes Libertarias, numerosos comités y grupos de
base en las empresas y los barrios, así como los «Amigos de Durruti». (Los
acontecimientos siguientes demostraron, sin embargo, que la mayoría de los
militantes de la CNT-FAI dudaría en oponerse abiertamente a las consignas «conciliadoras»
de sus dirigentes.)
«Los Amigos de Durruti» lanzaron en plena
batalla la idea de formar una junta Revolucionaria cuya existencia parece haber
sido puramente teórica. Para ellos dicha Junta debía sustituir a la
Generalitat, pues eran partidarios de llevar la lucha hasta el final, hasta la
toma del poder por las organizaciones revolucionarias. Exigían que «todos los
elementos responsables de la tentativa subversiva que maniobran bajo la protección
del Gobierno sean pasados por las armas. En la Junta Revolucionaria hay que
admitir al POUM porque se ha puesto al lado de los trabajadores.30»
30.
«L’Espagne Nouvelle», n.° 5 (22 de mayo de 1937).
Mientras
combatían en las barricadas se entregaban a una intensa propaganda para que
prosiguiera la lucha. He aquí unos de sus llamamientos más difundidos:
«CNT
- GRUPO DE LOS AMIGOS DE DURRUTI-FAI.
»Trabajadores,
exigid esto con nosotros: una dirección revolucionaria. El castigo de los
culpables. El desarme de todos los cuerpos armados que participaron en la agresión.
La socialización de la economía. ¡La disolución de los partidos políticos
que se han levantado contra la clase obrera! ¡No cedamos la calle! ¡La
revolución ante todo! Saludemos a nuestros camaradas del POUM que han
fraternizado con nosotros en la calle. ¡Viva la revolución social! ¡Abajo la
contrarrevolución!
Estos
llamamientos y toda la actividad del grupo de los «Amigos de Durruti» fueron
denunciados por el Comité Regional de la CNT como provocaciones. El grupo fue
posteriormente excluido de la CNT. Según Peirats, ese grupo nunca tuvo la
importancia que algunos comentaristas extranjeros quisieron prestarle. «La
causa de la débil influencia de los “Amigos de Durruti” (escribe Peirats)
quizá sea el escaso relieve de los elementos que la componían, la intervención
del POUM en su seno y el sabor marxista que tenían algunas de sus consignas.
«¡Viva
la ofensiva revolucionaria! ¡Que no haya compromisos! Que se desarme a la
Guardia Nacional Republicana (ex Guardia Civil) y a los reaccionarios Guardias
de Asalto. Este es el momento decisivo. La próxima vez será demasiado tarde.
Huelga general en todas las industrias excepto en las de guerra, hasta que caiga
el Gobierno reaccionario. El poder proletario es el único que puede obtener la
victoria militar.
Armamento
completo de la clase obrera. ¡Viva la unidad de acción CNT-FAI-POUM ¡Viva el
frente revolucionario del proletariado!
Comités
revolucionarios de autodefensa en las tiendas, fábricas, barrios.
Por
supuesto, la huelga general había empezado espontáneamente desde el día 3 de
mayo en Barcelona y en muchas otras ciudades catalanas, en cuanto se conoció la
noticia del asalto a la Telefónica.
La
actitud del POUM una vez más fue ambigua. Al mismo tiempo que se lanzaba, con
todas sus fuerzas, en la pelea —fuerzas que eran considerablemente menores que
las anarquistas— parcela que les asustaba la situación y sus posibles
consecuencias. Cataluña, pensaban ellos, no es España. Sabían muy bien que si
las fuerzas revolucionarias llegaban a tomar el poder en Cataluña, el resto de
España republicana no les seguiría: de ello resultaría una situación «triangular»
difícil para el campo antifascista en general y que sólo beneficiarla a los
fascistas. En cualquier caso, éstos eran los argumentos que utilizaba Andrés
Nin para frenar el ardor de los combatientes del POUM, quienes, con los
anarquistas, pensaban, no sin razón, que podían barrer por completo a las
fuerzas de policía y a los estalinistas y convertirse en los dueños absolutos
de Barcelona, primero, y de Cataluña, después. Y así, según el testimonio de
Wilebaldo Solano, que por aquella época era secretario de la Juventud Comunista
Ibérica (juventudes del POUM), las fuerzas del POUM, en vez de atacar el centro
de Barcelona, como habían pensado, se conformaron con defender sus posiciones,
lo que equivalía a situarse voluntariamente en una situación de perdedor. El
siguiente llamamiento del POUM, si se lee con atención, refleja muy bien esa
ambigüedad:
«EL
POUM A LA CLASE OBRERA.
Camaradas:
Con la lucha de estos días, el proletariado de Barcelona ha demostrado su voluntad inquebrantable de no tolerar la menor provocación contrarrevolucionaria. Cuando nos hayamos desembarazado del enemigo, gracias a la magnífica reacción de la clase obrera, habrá que "retirarse". Pero la retirada sólo pue