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REGRESE A LIBROS


 

CAPÍTULO VI

 

LAS «JORNADAS DE MAYO» DE 1937

 

La situación en Cataluña antes de las «jornadas de mayo»

 

Después de la formación del Gobierno Largo Caballero y de su contrapartida catalana, el Consejo de la Generalitat, donde estaban representadas todas las organizaciones antifascistas, la restauración del Estado realizo progresos muy considerables y cada vez más acelerados en todos los ámbitos. El «tenebroso poder» de los Comités dio paso al de los «cuerpos constituidos», Consejos municipales, gobernadores, Consejo de la Generalitat, Gobierno. En diciembre de 1936, todas las fuerzas de policía que habían sido disueltas fueron reconstituidas definitivamente a veces bajo su antiguo nombre (Guardias de Asalto) y otras bajo uno nuevo (la Guardia Civil se convirtió en Guardia Nacional Republicana). Juan Negrín, Ministro de Finanzas del Gobierno central, reorganizó un impresionante cuerpo de carabineros a los que veremos en acción más adelante. Todas estas fuerzas de policía, por supuesto, estuvieron bajo las órdenes directas de los ministros de tutela. Y los estalinistas procedieron del mismo modo que como hemos visto lo hicieron con el ejército, esta vez para controlar la policía. En Barcelona, Rodríguez Sala, miembro del PSUC, se convirtió en jefe de policía y Ayguadé, en Consejero de Seguridad (ministro del Interior). Este último, a pesar de ser miembro de la Esquerra colaboró estrechamente con los estalinistas y algunos comentaristas han visto en él a un miembro «submarino» del PSUC.

Desde finales del 1936, los partidarios del «orden republicano» encontraron que la situación estaba ya madura para pasar al ataque. Como agradecimiento, sin duda, a las armas rusas, las primeras medidas de discriminación política se tomaron contra el POUM, esos «hitlero-trotskistas» españoles. Hemos visto cómo los estalinistas habían puesto su veto a la participación de este partido en la Junta de Defensa de Madrid. «La Batalla» había protestado contra este hecho, acusando a Stalin de desinteresarse por la suerte del proletariado español e internacional y de no pensar más que en los intereses del Estado ruso. Ese lenguaje no sólo era intolerable para los estalinistas sino también para gran numero de socialistas, republicanos, e incluso para algunos líderes anarquistas. ¿No estaba enviando armas la URSS? Siempre el mismo chantaje, que ignoraba deliberadamente el hecho de que esas armas habían sido pagadas a precio de oro. El 28 de noviembre el Cónsul general de la URSS en Barcelona, Antonov-Ovsenko, interviene públicamente, como solía hacer, en los «asuntos internos» españoles, denunció en una nota de prensa a «La Batalla» diciendo que formaba parte de la «prensa vendida al fascismo internacional». También hay que señalar que por aquella época «La Batalla» había protestado contra las detenciones de los disidentes y contra los procesos políticos en la URSS. Lo cual era otro escándalo intolerable. Presionado por los agentes soviéticos, el PSUC, a mediados de diciembre provocó una crisis del Gobierno autónomo catalán reclamando la expulsión del ministro poumista, Andrés Nin, consejero de Justicia. Por supuesto el PSUC pedía la expulsión de Andrés Nin, como primera medida contra esos agentes del fascismo internacional que eran los militantes del POUM. Pero las demás organizaciones —incluida la CNT— aceptaron la marcha de Andrés Nin para complacer a los rusos. La crisis fue resuelta de una manera perfectamente jesuítica: se decidió formar un «gobierno sin partidos», donde las únicas organizaciones representadas fuesen los sindicatos: CNT, UGT, y Unión de Rabassaires. Pero los representantes de la UGT eran prácticamente los mismos que habían representado el día antes al PSUC. Además había un representante del partido de la Esquerra, para que la «pequeña burguesía catalana estuviese representada». Todas estas argucias no engañaron a nadie, pero cumplieron su objetivo: la expulsión del POUM. El «Pravda» del 17 de diciembre de 1936 pudo escribir: «En Cataluña, la eliminación de los trotskistas y anarcosindicalistas ha empezado; se realizará con igual energía que en la URSS».

El POUM, por su parte, protestó contra su exclusión a través de un manifiesto público en términos muy comedidos:

«Si a pesar de nuestros esfuerzos y de nuestros sacrificios, se rompiera la unidad de acción, la culpa no sería nuestra. Sería de aquellos que todo lo subordinan a sus ambiciones “partidistas”, y estamos seguros que en un plazo no muy lejano los hechos nos darán la razón. Desgraciadamente se han de experimentar los resultados de esta maniobra, que realizada en estos momentos no puede más que favorecer al enemigo común. Por tanto nos vemos obligados a denunciarlo a la clase trabajadora de Cataluña.1»

1 Peirats, Op. cit., t. II, pág. 121.  

Hay que poner de relieve la rapidez con la que el PSUC, que había sido creado inmediatamente después del levantamiento franquista y que en ese momento era ultraminoritario, consiguió, pocos meses después, controlar tanto a la «base» (en algunos aspectos) como a la «cumbre». Pero realmente la base y la cumbre a que nos referimos son la base y la cumbre de la burocracia, sindical o estatal, y en la lucha por controlar los puestos burocráticos, los estalinistas siempre han sido unos «maestros». Y aunque los estalinistas catalanes eran unos neófitos en la materia, no obstante estaban aconsejados por especialistas de la categoría de Antonov-Ovsenko y Geröe.

Después de que el POUM fuera excluido de la Generalitat, Comorera fue nombrado (como representante de la UGT) ministro de Abastecimientos. Su primera labor, fue por supuesto la de entrar en guerra con los Comités al comercio privado. El 7 de enero de 1937 decretó la de abastos de los sindicatos, para que se pudiera volver disolución de los Comités obreros de abastecimiento.

«Comorera, basándose en los principios del liberalismo abstracto que ninguna administración ha sostenido en tiempo de guerra, pero de los cuales los socialistas de derecha eran los últimos admiradores, admiradores poseídos de fervor religioso, no sustituyó a los caóticos Comités de pan por una administración centralizada. Restauró, pura y simplemente el comercio del pan. En enero, en Barcelona, ni siquiera existía un sistema de racionamiento. Los trabajadores debían arreglárselas como pudieran para conseguir pan, a precios cada vez más altos y con unos salarios que prácticamente no habían variado desde mayo. En la práctica esto quería decir que las mujeres tenían que hacer cola: desde las cuatro de la mañana. El descontento, en los barrios obreros era naturalmente muy agudo, ya que la penuria del pan se había ido agravando desde la toma de posesión de Comorera.2»

2 F. Borkenau, Op. cit., pág. 147.  

En realidad, no sólo era el pan, también todos los demás productos alimenticios, al volver al comercio privado, aumentaban inmediatamente de precio y escaseaban, para ir a engrosar el estraperlo. El GEPCI, fundado por los estalinistas en calidad de rama de la UGT (gloriosa iniciativa que reunía en un mismo sindicato a los asalariados y a los patronos, tanto pequeños como medianos) logró aumentar su papel económico y político.

Comorera, ante el descontento popular provocado por el aumento de precios y la escasez de productos, acusó a su predecesor (el cenetista Domènech) y denunció el sabotaje de los Comités de abastos de los sindicatos. También se montó otra operación espectacular con la llegada del primer barco soviético, el Ziryanin, el 20 de enero de 1937, que traía 901 toneladas de harina, 882 toneladas de azúcar y 568 toneladas de mantequilla. La llegada del navío soviético fue acompañada de una gigantesca operación publicitaria, para que el pueblo llano catalán comprendiese que mientras que los anarquistas traían, con su desorden y su desbarajuste, el hambre a las familias y destruían la economía, ellos, los rusos, eran los mejores amigos de los trabajadores españoles y les traían generosamente cañones y mantequilla. Las operaciones publicitarias de este tipo «cuajaban» muy bien y los rusos gozaron de auténtico prestigio entre la opinión pública a quien se le había ocultado muy cuidadosamente el elevado precio que España pagaba por esa ayuda desinteresada. Ocho días después de que llegara el barco ruso, el 21 de enero de 1937, «Solidaridad Obrera» publicó un artículo delirante, del que ofrecemos aquí un fragmento:

«Los cientos de miles de ciudadanos que se habían sumado al soberbio acto de despedida no tenían más que un punto de mira: el Ziryanin. Era un pueblo rendido a la humana significación de aquella primera visita de otro pueblo. La sensibilidad era un tributo a la solidaridad. Unas toneladas de productos alimenticios trasladó desde Rusia a España este mensajero del proletariado ruso, ofrenda de sus mujeres a las nuestras, afable caricia de los pequeñuelos de Oriente a los niños de Iberia 3» (y así todo).

3 «Solidaridad Obrera» (21 de enero de 1937).

La ofensiva generalizada del aparato del Estado también se hizo notar en la libertad de expresión. Cuando se recorren los diarios de la época es sorprendente ver los «huecos en blanco» cada vez mayores y más frecuentes que se extienden en las páginas de los periódicos, desde principios del año 1937. Al principio la censura sólo intervenía en las informaciones de carácter militar, pero cada vez se iba ejerciendo más contra las informaciones y discusiones de índole estrictamente política e incluso teórica. El 14 de marzo de 1937 por ejemplo, «La Batalla» fue suspendida durante 4 días debido al contenido de un editorial político que no había tenido la fortuna de complacer a los censores de la Generalitat.

La limitación de la libertad de expresión no sólo se ejercía contra la prensa; también se llegaron a prohibir mítines y reuniones políticas. Por ejemplo, el mitin CNT-POUM que se iba a celebrar el 26 de febrero de 1937 en Tarragona fue pura y simplemente prohibido por el Gobierno catalán. Se temía que en él se defendieran puntos de vista demasiado «extremistas» y, sin duda, esa medida entraba en el marco general de la campaña contra el POUM, orquestada por los estalinistas.

En el mismo seno de la CNT y entre las esferas dirigentes, despuntaba un espíritu muy impregnado de «centralismo democrático». El 28 de marzo de 1937, el Comité Nacional celebró una conferencia de delegados de toda la prensa de la CNT y de la FAI en la sede de ambas organizaciones en Barcelona. Según Peirats el principal objetivo de esta reunión era el de obtener la sumisión de todos los órganos de expresión a las directivas del Comité Nacional. Había que suprimir cualquier tipo de desacuerdo, especialmente la libertad de crítica que manifestaban algunos periódicos y revistas hacia la traición de los principios libertarios por parte de los órganos directivos en general y de los «camaradas ministros» en particular.

La propuesta de convertir a la prensa cenetista en el simple portavoz de los Comités directivos sólo se adoptó por un voto de mayoría. Y, además, la minoría vencida manifestó claramente su intención de no tomar en cuenta ni esa decisión ni ese voto. Lo que demuestra los obstáculos que encontraba la tendencia centralizadora en el seno de las organizaciones libertarias que por esencia y por tradición se oponían a todo centralismo. Sólo a finales de 1937 y principios de 1938 pudo ser totalmente vencida «la oposición de izquierdas» de la CNT.

Este nuevo centralismo era objetivamente necesario para los dirigentes de la CNT y no sólo en lo que respecta a la libertad de expresión. No podían imponer el Ejército sobre las milicias, el poder del Estado —así como su participación en el mismo— sobre el de los Comités obreros, la jerarquía política y económica sobre la autonomía y democracia obreras, sin tropezarse con serias resistencias en el mismo seno de sus organizaciones. Como hacen todos los dirigentes ante conflictos similares, intentaron romper la oposición y acallar las críticas. Impusieron el centralismo en su propia organización, rizando así el rizo, y tirando una vez mas por la borda, las tradiciones, los hermosos y floreados discursos y los principios libertarios, pues la práctica burocrática de los dirigentes tiene sus propias leyes y sus propias exigencias de las que no se sabe que haya habido en la historia de las revoluciones ninguna excepción.

La capa especializada de dirigentes que la CNT produjo con tanta rapidez no estuvo sometida «al control de la base» prácticamente en ningún momento mientras duró la guerra. Este es un elemento importante —y clásico— del fenómeno burocrático. De 1936 a 1939 no hubo verdaderas elecciones democráticas para cubrir los puestos responsables de la CNT y de la FAI. Es verdad que hubo muchas reuniones, conferencias y asambleas, siendo una de las más importantes el Pleno Nacional Económico ampliado de la CNT en enero de 1938, en Valencia. Pero sobre todo eran asambleas de cuadros donde la base, o bien no estaba representada o lo estaba mal. Así por ejemplo, Mariano G. Vázquez, secretario regional de Cataluña en julio de 1936 fue elegido secretario nacional durante una reunión de Comités regionales, o sea, durante una reunión de responsables de las federaciones regionales. El mismo fenómeno se puede observar en lo que respecta a la FAI, cosa normal ya que ambas organizaciones, que siempre habían estado estrechamente unidas, se habían fusionado casi totalmente desde julio de 1936. Así, en julio de 1937, poco después de las jornadas de mayo, se celebró en Valencia un Pleno de  los Comités regionales de la FAI. Creo que Vernon Richards tiene razón cuando pone de relieve la intención claramente expresada durante esta reunión de transformar a la FAI de una federación de grupos anarquistas autónomos en una especie de partido político.

«El grupo de afinidad 4 durante más de cincuenta años ha sido el órgano más eficaz de propaganda, de relación y de actividad anarquista. Con la nueva organización que se imprime a la FAI, la misión orgánica del grupo de afinidad queda anulada. El Pleno tiene la intención de respetar a los grupos de afinidad, pero, debido a las decisiones adoptadas por la FAI, no podrán tener una participación orgánica como tales grupos.5»

4. Los «grupos de afinidad». primera base de la FAI, estaban formados por anarquistas agrupados voluntariamente, en razón, precisamente, de sus afinidades teóricas o incluso personales.

5. Vernon Richards, Op. Cit., pág. 249.

La nueva organización de tipo «bolchevique» clásico, surgía de las células —o grupos— de base de barrio, hasta llegar a los Comités locales, regionales, por encima de los cuales se situaba el Comité Nacional, cuyo papel se hacía todavía más importante.

Como corolario, también clásico, a la jerarquización autoritaria de las organizaciones anarquistas, se desarrolló un increíble culto a la personalidad de los dirigentes. Bien es cierto que ese culto a los «destacados militantes» existía con anterioridad, cuando la CNT funcionaba tan democráticamente como era posible, pero llegó a cobrar proporciones tan grandes como grotescas. He aquí un único ejemplo: en el «Boletín de Información CNT-FAI», podemos leer las siguientes líneas dedicadas a García Oliver:

«Los hombres como nuestro camarada deben ocupar puestos de primer plano y de responsabilidad, desde los cuales puedan inculcar a sus hermanos su propio valor y su propia energía y, quisiera añadir también, su propia estrategia. Su dinamismo, unido a su temeridad, representa una invencible barrera contra el fascismo. Gracias a él, veremos como los combatientes recuperan ese espíritu de sacrificio que le hizo enfrentarse con el peligro en una lucha desigual, con el pecho descubierto. Los hombres guiados por un símbolo mueren sonriendo; así han muerto nuestros milicianos y así morirán los hombres que hoy son soldados del Ejército Popular, forjados en el espíritu y en el ejemplo del camarada García Oliver.»

Esta siniestra página literaria dedicada al culto a los jefes se termina evocando el «genio creador» de García Oliver al que comparan con «esa otra figura, nuestro inmortal Durruti, que se levanta de su tumba y grita: «¡Adelante!».6 Aunque sin llegar a alcanzar las elevadas cimas de Louis Aragon cuando canta a Thorez y a Stalin, no está de más recordar estos ejemplos de literatura... «ácrata».

6 «Boletín de Información CNT-FAI», n.º 34 (27 de agosto de 1937). 

La primavera de 1937 constituyó pues un viraje donde la «guerra empieza a devorar a la revolución». El poder del Estado había sido restaurado y tras la entrada de los anarquistas en el Gobierno, la soberanía del Estado había sido reconocida por todas las organizaciones antifascistas. Con la «sumisión» de la Columna de Hierro, todas las columnas de milicianos se habían convertido en un ejército regular tradicional; las fuerzas de policía también; una severa censura se abatió sobre la prensa; en Cataluña, que fue donde las transformaciones sociales habían llegado más lejos, las colectividades quedaron frenadas, boicoteadas, el comercio privado sustituyó nuevamente al sistema de venta directa de los productos establecida por los Comités de abastos de los sindicatos, etc. Después de la oleada revolucionaria que había barrido al antiguo aparato represivo del Estado y a gran número de instituciones represivas, para iniciar una nueva forma de sociedad basada en la autodeterminación de los trabajadores y en la autogestión de las empresas, la antigua pirámide social —con algunos rasgos nuevos— se levantó una vez más y fueron precisamente los partidos políticos y las organizaciones obreras los principales actores de esa reconstrucción y quienes «transfirieron» su jerarquía interna a toda la sociedad.

Como en todos los movimientos revolucionarios contemporáneos, los hombres que luchaban contra la jerarquía opresora y contra los privilegios e injusticias de clase inherentes a la misma, como pensaban (y así era) que su tarea era inmensa, se vieron obligados a agruparse para ser más fuertes y más eficaces, pero lo hicieron dentro de unas organizaciones que reproducían en su seno la jerarquía existente en la sociedad a la que pretendían cambiar y por consiguiente, como una copia invertida, reproducían también todo el sistema de valores de dicha sociedad: disciplina, espíritu de sacrificio, rentabilidad, eficacia, organización, producción, represión, exclusión, fe y fanatismo, culto a los jefes, sin hablar de todos los valores y costumbres del mundo burgués, éstos no invertidos, en los que seguían inmersos. En este caso, como ocurre siempre que se puede hablar realmente de movimientos revolucionarios y cuando éstos resultan al principio victoriosos, ha sido la acción espontánea de las masas quien ha desencadenado el movimiento y lo ha llevado hasta sus últimas consecuencias. Después llegan las organizaciones para frenar, desviar —y a veces para aplastar— el resultado de esa acción espontánea. No podemos limitarnos a decir que los partidos toman el «control de la situación», porque es un control que casi siempre es deseado por las propias masas. Los partidos jerarquizados reconstruyen la pirámide social opresora e instituyen, glorifican, e ideologizan como resultado victorioso de la revolución (véase la URSS y todos los demás países «socialistas») nuevos privilegios e injusticias —que no dejan de tener muchas relaciones con los antiguos. La originalidad de la revolución catalana, aparte del hecho de que se desenvolvió en el seno de una guerra civil contra el fascismo y de que fue aplastada por las propias «fuerzas republicanas» antes de la derrota militar, consiste en que la CNT-FAI, organización mayoritaria en Cataluña —y muy fuerte en el resto de España— que era sin duda la organización menos burocrática y menos centralizada del movimiento obrero europeo, se fue convirtiendo en todo eso a un ritmo extraordinariamente rápido. Y ello no era debido al hecho de que los dirigentes fueran «malos» —aunque sea cierto que el poder corrompe— sino que era debido también a la complejidad de la propia situación, a las exigencias de  la guerra y de la revolución, que no se supo transformar en una guerra revolucionaria, y a las «taras» tradicionales de la CNT —culto a los líderes y sacralización de la Organización, entre otras. Sea como fuere, se puede legítimamente afirmar que toda organización obrera está condenada a la burocratización, de una forma u otra. Y esto plantea algunas cuestiones teóricas que todavía distan mucho de haber sido superadas, habida cuenta de que el mito de la organización revolucionaria o de vanguardia (¡¿de nuevo tipo?!) continúa haciendo los estragos que ya conocemos.

 

*     *     *

 

Ante esta situación difícilmente se puede comprender la afirmación de Broué y Temime según la cual: «En la primavera de 1937 se encontraban reunidas las condiciones de una marea revolucionaria. Los temas de la oposición revolucionaria encontraban, por lo menos en Cataluña, un eco creciente entre los trabajadores que seguían a la CNT y veían cómo sus "conquistas" eran puestas en tela de juicio. En la UGT, el ejército, la administración, los partidarios de Largo Caballero, reaccionaron contra los comunistas. Las dificultades económicas, los escándalos de las "checas" ofrecieron un terreno favorable a la agitación».7 En contradicción con este optimismo forzado, veremos más adelante cómo Largo Caballero y sus partidarios fueron barridos del escenario político justo después de las jornadas de mayo. Por lo que respecta a los «trabajadores que seguían a la CNT» su oposición —muy real, por cierto— también estaba dirigida contra los dirigentes de la CNT a quienes se negaban a seguir en sus compromisos y en su línea «gubernamentalista».  

7. Broué y Temime, Op. cit., pág. 256-257.

Veamos algunos ejemplos de esta oposición en las filas de la CNT. El 14 de abril de 1937, Camillo Berneri, militante anarquista italiano que gozaba de gran prestigio en Cataluña, dirigió una «Carta abierta a la camarada Federica Montseny» (publicada en su periódico «Guerra di classe», en la misma fecha, y recogida íntegramente en el libro del mismo título publicado en esta colección, de la que ofrezco aquí algunos fragmentos:

«Son los Guardias Civiles y los Guardias de Asalto los que conservan las armas, también son los que en la retaguardia deben controlar a los “incontrolables", dicho de otro modo, los que deben desarmar a los núcleos revolucionarios que tienen algunos fusiles y algunos revólveres. Esto está ocurriendo cuando el frente interior aún no ha sido liquidado. Esto está ocurriendo durante una guerra civil donde toda sorpresa es posible y en las regiones donde el frente, muy próximo, no está matemáticamente determinado. Esto está ocurriendo cuando resulta evidente que hay una distribución política de las armas, para no proporcionar sino las armas «estrictamente necesarias» (que, esperémoslo, resulten suficientes) al frente de Aragón, escolta armada de la colectivización agraria en Aragón y bastión de Cataluña, esa Ucrania Ibérica. Formas parte del goberno que ha ofrecido a Francia y a Ingalterra una serie de ventajas en Marruecos,8 cuando se tenía que haber proclamado oficialmente la autonomía política de Marruecos desde julio de 1936 (...) Creo que ha llegado la hora de comunicar que tú y los demás ministros anarquistas no estáis de acuerdo con la naturaleza y el contenido de tales propuestas (...)

8. Sobre el «asunto de Marruecos», véase anexo 11, página 359.

El dilema entre guerra o revolución ya no tiene sentido. El único dilema es éste: o la victoria sobre Franco, gracias a la guerra revolucionaria, o la derrota. El problema para ti y para los demás camaradas reside en escoger entre el Versalles de Thiers y el París de la Comuna, antes de que Thiers y Bismarck realicen la Sagrada unión.9»

9. Berneri, Op. cit.  

En Cataluña, los grupos de oposición expresaban su descontento a través del diario de Lérida «Acracia», dirigido por José Peirats, de la revista «Ideas» y del órgano de las Juventudes Libertarias «Ruta». Estos eran —entre otras— las publicaciones que los dirigentes cenetistas querían acallar.

Entre los grupos de oposición también hay que citar a «Los Amigos de Durruti». Este grupo estaba formado principalmente por milicianos de la CNT-FAI que se habían negado a militarizarse hasta el punto de que prefirieron dejar el frente antes que endosarse el uniforme del llamado nuevo Ejército Popular. Desplegaron su principal actividad durante las «jornadas de mayo» y en los meses siguientes, en los que publicaron un periódico clandestino (clandestino ¡porque estaba prohibido por la censura!): «El Amigo del Pueblo». En la primavera de 1937, los líderes del grupo, todos ellos miembros de la FAI (Careño, Pablo Ruiz, Eleuterio Roig y sobre todo Jaime Balius), colaboraban en los periódicos de oposición, especialmente en «Ideas».  

Las Juventudes Libertarias catalanas constituyeron uno de los principales focos de oposición a la política de los dirigentes de la CNT-FAI. Ciertamente, algunos de sus líderes, como Fidel Miró, secretario, y Aurelio Fernández, secretario de la Alianza Revolucionaria de la Juventud, eran bastante sensibles a los argumentos de los líderes «gubernamentalistas». Y sin duda, no querían romper demasiado abiertamente con las organizaciones «de más edad». En agosto de 1936, siguiendo la oleada «unitaria». las J.L. habían firmado un pacto de alianza con las J.S.U. (estalinistas) catalanas —como habían hecho la CNT-FAI con el PSUC— pero no tardaron mucho en denunciar el pacto para formar la Alianza de la Juventud Revolucionaria con las Juventudes Comunistas Ibéricas (POUM) y las juventudes Sindicalistas.

En la primavera de 1937 el Comité Regional de Cataluña y la Federación local de Barcelona de las Juventudes Libertarias publicaron un manifiesto que mostraba claramente la oposición de los jóvenes libertarios a la evolución de la situación política. He aquí algunos fragmentos:

«Ha llegado el momento de hablar con claridad y firmeza. Frente a la actividad abiertamente contrarrevolucionaria de algunos sectores antifascistas que pretenden —como ellos mismos lo admiten cotidianamente— volver a la República democrático-burguesa y cuya acción, tanto en el plano nacional como en el internacional, es en parte la causa de que se polongue esta lucha brutal que sostenemos contra el fascismo, situándonos paulatinamente y de modo cada vez más acuciante en la alternativa de tener que abandonar la revolución o perder la guerra, nosotros, las Juventudes Libertarias, hemos decidido hablar con claridad al pueblo —al pueblo del 19 de julio— para que él juzgue y decida sobre lo que considere pertinente.

( ... ) La contrarrevolución se ha quitado la careta y actúa a plena luz del día. Las J.S.U. revalorizan el papel de Azaña —que había caído tan bajo durante los primeros días de la Revolución cuando intentó huir al extranjero— y solicitan la unión de las juventudes católicas, e incluso la de aquellos que “simpatizan con el fascismo”, mientras que se niegan a constituir la unidad de la juventud. revolucionaria con los jóvenes libertarios, comunistas (del POUM [C. S.-M.]), sindicalistas, federalistas, etc.»

Después de haber denunciado las provocaciones de las fuerzas de policía y el apoyo prestado por el Gobierno y por los partidos políticos a los proyectos de los Gobiernos francés e inglés para «ahogar la revolución española», el manifiesto declaraba:

«En el País Vasco encarcelan a nuestros Comités y persiguen a los militantes anarquistas... Niegan las armas necesarias al frente de Aragón (...) Envían al frente a los hijos del pueblo, mientras que dejan en la retaguardia —con fines notoriamente contrarrevolucionarios— a los cuerpos armados y a la policía ... »

Es inútil continuar mencionando la lista de actos contrarrevolucionarios —de los que damos aquí sólo unos pocos ejemplos— sigue diciendo el manifiesto, las cosas están muy claras, quieren aplastar la revolución, están preparando la represión de los elementos revolucionarios. Pero:

«estamos dispuestos, si ello fuese necesario, a pasar a la clandestinidad, a luchar sin piedad contra todos los falsarios, contra los tiranos del pueblo y contra los miserables mercachifles de la política. Y hoy seguimos repitiendo: ¡¡Antes que renunciar a la lucha contra el fascismo, moriremos en las trincheras!! ¡¡¡Antes que renunciar a la Revolución, sabremos morir en las barricadas!!! 10»

10. Archivos personales.

Estos importantes sectores de oposición dentro de la misma CNT-FAI, que eran una perpetua fuente de malestar y «mala conciencia» para los dirigentes anarquistas, constituían un obstáculo para la restauración total del Estado y para meter en cintura a los «incontrolados». Pero era un obstáculo que había que aplastar a cualquier precio y a ello fue precisamente a lo que se dedicaron a partir de 1937.

 

Las primeras escaramuzas

Desde el 23 de enero de 1937, la UGT, dominada por los estalinistas, organizó el Primer Congreso de Trabajadores de la Tierra, en el que 400 delegados que representaban, según las cifras oficiales, a 30.000 afiliados a las organizaciones campesinas de la UGT, se pronunciaron enérgicamente contra las colectivizaciones. Según Peirats, la tribuna estaba adornada con una enorme pancarta en la que se leían las siguientes palabras: «Menos ensayos colectivistas y más productos». Víctor Colomé (que se había convertido en dirigente comunista tras su expulsión del POUM en enero de 1936) se expresó en los siguientes términos:

«Es preciso terminar rápidamente con la situación confusionista —en algunas comarcas, caótica— que existe hoy en el campo catalán, y esto es indispensable para obtener la victoria contra el fascismo. Si bien sois vosotros los que tenéis que decidir si se tiene que ir a la colectivización o no, nosotros debemos deciros que no somos partidarios de ella, por no creerla oportuna en estos momentos.11»

11. Peirats, Op. cit., t. II, pág. 127.

Toda la campaña anti-colectivista desarrollada por el PSUC, la mayoría de la UGT catalana a la que controlaba y las organizaciones pequeño-burguesas nacionalistas, encontraban gran eco entre gran número de campesinos catalanes, cuya estructura económica agrícola, tradición y mentalidad les empujaban a defender la explotación familiar —y a intentar ampliar su pedazo de tierra— antes que entregarse a los experimentos de la colectivización, más revolucionarios y más modernos. La polémica entre partidarios y adversarios de las colectivizaciones llegó a veces a tomar características de enfrentamiento armado, como en Fatarella, pueblecito de 600 habitantes de la provincia de Tarragona.

Pero el incidente de Fatarella sólo fue uno más entre los numerosos episodios de la lucha que llevaban a cabo en Cataluña partidarios y adversarios de la revolución social y que culminó en la «semana sangrienta» del mes de mayo de 1937. Otro incidente significativo, que hizo correr mucha tinta en la época fue el asunto del «robo, de 12 tanques».

Estos fueron los hechos: los milicianos comunistas del cuartel Vorochilov de Barcelona se presentaron con una orden falsa de requisición en un almacén de material militar controlado por la CNT y consiguieron que les entregaran doce tanques. Aunque sus papeles estaban firmados por Eugenio Vallejo, el metalúrgico de la CNT, que se había convertido en el «patrón» de la industria de guerra en Barcelona, algo en la actitud de los milicianos comunistas les pareció sospechoso a los guardias del almacén. Les siguieron y les vieron entrar en el cuartel Vorochilov. Tras informarse, descubrieron que Vallejo no había firmado nada. ¡Un robo! La CNT acudió a la Generalitat. El Primer consejero Tarradellas y Vallejo se presentaron en el cuartel Vorochilov que entretanto había sido cercado por las patrullas de control. Tras haberlo negado todo, el teniente coronel acabó confesando pero declaró que no había hecho más que obedecer órdenes del Alto Mando de la División Carlos Marx, de la que dependía. Pero por supuesto éstos lo desmintieron. El 9 de marzo de 1937, «Solidaridad Obrera» publicó el telegrama siguiente:

«Comisario de Guerra División "Carlos Marx" al director de "Solidaridad Obrera". Enterado por la prensa asunto sustracción tanques, te ruego hagas público que el Estado Mayor de esta División es ajeno por completo a este asunto, ignorando incluso la existencia de tanques en Cataluña. Desautorizamos, pues, las manifestaciones del supuesto encartado en este asunto, Manuel Trueba.12»

12. «Solidaridad Obrera» (7 de marzo de 1937).

Dentro de la lógica interna de la jerarquía, los cuadros inferiores tienen que proteger a los superiores y éstos, si es necesario, para el «bien del Partido» tienen que desautorizar a los cuadros inferiores. El Teniente coronel que ostentaba el mando del cuartel, no tenía que haber echado la culpa de este asunto a sus superiores bajo ningún concepto, comprometiendo también así al PSUC.

Este asunto del «robo de tanques» adquirió grandes proporciones y bastante tiempo después, muchos comentaristas, especialmente los anarquistas, vieron en él un ejemplo de la premeditación comunista en la preparación del complot que culminó en las jornadas de mayo de 1937. Sea como fuere, la «guerrilla» de golpes de mano y de provocaciones entre organizaciones, de violentas polémicas seguidas de estremecedoras declaraciones sobre la «unidad proletaria» frente al fascismo, fue empeorando hasta llegar a una nueva crisis del Gobierno autónomo catalán. La crisis duró exactamente un mes: del 26 de marzo al 26 de abril de 1937.

La «gota de agua» que provocó esta crisis fue, según Peirats:

«Un decreto del consejero de Orden Público, con fecha 4 de marzo, por el cual se declaraban disueltas las Patrullas de Control en aras de una ulterior reorganización de los distintos cuerpos armados que pululaban por la retaguardia catalana. Se prohibía a los guardias la facultad de estar adheridos a los partidos y organizaciones, y se procedía a la supresión de los Comités de Control de dichos cuerpos armados so pretexto de que la depuración ya estaba hecha. Además, se ponía en práctica el plan de “desarme de la retaguardia". Todo paisano portador de un arma sin la debida autorización o licencia sería desarmado y sumariado. Este decreto implicaba lo siguiente: reducir a la impotencia al pueblo y, por consiguiente, desarmar a la revolución. Las armas pasaban a poder de la fuerza pública, y ésta quedaba sujeta a la absoluta dependencia de la Consejería de Orden Público, a la cual, suprimidas las Patrullas populares y los Comités de Control de los cuerpos armados, le eran otorgadas todas las clásicas prerrogativas propias del Gobierno.13»

13. Peirats, 0p. cit., t. II, pág. 130-131.

Evidentemente las cosas no ocurrieron así. Las Patrullas de Control no sólo no entregaron las armas sino que por el contrario salieron en masa a la calle y desarmaron a las fuerzas de policía «regulares» cuando se les presentó la ocasión y estas últimas hicieron lo propio cuando las primeras estaban en inferioridad numérica. Se intercambiaron algunos disparos y aunque no se tiene información exacta sobre el número de muertos producidos en estas operaciones de desarme mutuo, es más que posible que los haya habido. La Federación local de las juventudes Libertarias de Barcelona publicó un panfleto incendiario con el titulo de: «Una provocación más», panfleto en el que se puede leer lo siguiente:

«Nosotros declaramos hoy solemnemente que íbamos armados, vamos e iremos armados, y tanto peor para Rodríguez Sala. Para nosotros esta medida no tiene ningún valor.

Lo repetimos para que no quede duda alguna, seguiremos yendo armados, aunque con todos nuestros papeles en regla y todo el que, a pesar de ello, nos quiera desarmar tendrá que matarnos primero.

Pero veremos quién vence a quién.14»

14. Archivos personales.

Sin embargo, como la medida era una medida gubernamental que había sido tomada con el acuerdo de principio de los consejeros anarquistas de la Generalitat, éstos se vieron duramente criticados por la «base» de las organizaciones libertarias y tuvieron que retirar su apoyo al Decreto de disolución de las patrullas de control, provocando así la crisis en cuestión.

Durante el mes que duró la crisis, las organizaciones dieron rienda suelta a las polémicas y acusaciones de toda índole, pero todo quedó «resuelto» con la formación de un nuevo Gobierno que se parecía como un hermano gemelo al anterior. Tarradellas seguía siendo Primer consejero y Ayguadé (los dos miembros de la Esquerra) conservaba la «Seguridad Interior». Y, a pesar de la violenta campaña de prensa comunista en su contra, el cenetista Isgleas guardaba su cartera de Defensa.

Durante la crisis gubernamental siguió habiendo enfrentamientos armados y conflictos de todo tipo. Uno de los más graves fue el provocado por la decisión de Juan Negrín, por aquel entonces ministro de Finanzas del Gobierno central, de sustituir en la frontera francesa a los grupos armados de la CNT-FAI por carabineros (que dependían de su ministerio). El 17 de abril los carabineros y otras fuerzas de policía llegaron al puesto fronterizo de Puigcerdá y después a Figueras y ocuparon toda la región fronteriza. Una vez más, los grupos anarquistas no cedieron y se inició una batalla entre las fuerzas de policía y los grupos armados de la CNT-FAI.

Las fuerzas de policía rodearon la ciudad de Puigcerdá, que estaba en manos de los libertarios desde julio de 1996. Grupos armados anarquistas que habían llegado a socorrer a sus camaradas rodearon a su vez a las fuerzas de policía impidiendo que éstas tomaran contacto con las autoridades gubernamentales de Lérida o de Barcelona. Pero los responsables de la CNT de Cataluña se precipitaron al lugar del conflicto para negociar un compromiso. Tal «compromiso» no fue sino la retirada de los grupos armados anarquistas y la ocupación de Puigcerdá por las fuerzas de policía.  

Entretanto, el 25 de abril, Roldán Cortada, dirigente de la UGT y el PSUC fue asesinado misteriosamente en Molina de Llobregat. «El PSUC reaccionó violentamente, denunció a los «incontrolados” y a los “agentes fascistas escondidos" (en la CNT y la FAI). La CNT condenó formalmente el asesinato y exigió una investigación que según ellos les pondría fuera de toda sospecha.15» Dos días después, en los alrededores de Puigcerdá, tres militantes anarquistas fueron asesinados a su vez. Entre ellos figuraba Antonio Martín, dirigente anarquista local, que era el alcalde de esa ciudad. En una nota de la página 259 de su libro Broué y Temime escriben: «Antonio Martín, antiguo contrabandista, fue, después de julio del 36, un eficaz jefe de aduaneros». Según Santillán eso fue lo que le valió tan sólidas enemistades. Sin embargo, republicanos, socialistas y comunistas le convirtieron en el verdugo de Puigcerdá y en el responsable de un prolongado período de terror. Manuel D. Benavides, en su libro Guerra y Revolución en Cataluña, elaboró una extensa requisitoria contra aquel al que llamaba «el cojo de Málaga 16».  

15. Broué y Temime, Op. cit., pág. 259.  

16. M. D. Benavides, Guerra y Revolución en Cataluña, pág. 426.

Con la habilidad de siempre en la utilización de sus muertos, los comunistas pusieron tan de relieve el asesinato de Roldán Cortada que el de Antonio Martín pasó casi desapercibido. Entre otras detenciones provocaron la de Luis Cano, consejero municipal anarquista de Hospitalet de Llobregat, acusado de haber asesinado al dirigente comunista, pero el Tribunal de Barcelona lo absolvió por falta de pruebas el 2 de mayo de 1937.  

El entierro del líder de la UGT constituyó una manifestación de fuerza del PSUC. Durante tres horas y media desfilaron con sus armas los policías y los soldados de las fuerzas controladas por ese partido. Según Broué y Temime, los representantes del POUM y de la CNT que asistieron al entierro, comprendieron que la situación era más grave de lo que habían supuesto: en realidad, se trataba de una manifestación de fuerza, dirigida contra ellos. «La Batalla» escribió a este respecto:  

«Manifestación contrarrevolucionaria, de ésas cuyo objetivo es el de crear entre las masas pequeño-burguesas y las capas más atrasadas de la clase obrera, un ambiente de pogrom contra la vanguardia del proletariado catalán: la CNT, la FAI y el POUM.»

Y en efecto, así era: «Se le ha atribuido al PSUC la siguiente frase: "Antes de tomar Zaragoza, hay que tomar Barcelona". Reflejaba con toda exactitud la situación y expresaba fielmente la aspiración del país que reclamaba que se le devolviera a la Generalitat el poder detentado por los anarquistas», escribió posteriormente Manuel D. Benavides, portavoz de Comorera y del PSUC, en su libro Guerra y Revolución en Cataluña.17 El hecho de que los anarquistas estuvieran representados en la Generalitatl 18 no parece afectarle en absoluto a nuestro autor. Lo comprendemos. «Devolver el poder a la Generalitat» significa liquidar «el poder obrero», la democracia obrera y restaurar el Estado burgués. Mientras hubiese anarquistas que quisieran hacerles el juego —como por otra parte lo hacían no sin dificultades— podía tolerarse su presencia en la Generalitat, al menos de momento. Para los comunistas, lo esencial —y esto tanto en Cataluña como en toda la «zona republicana»— era llegar lo más pronto posible a la centralización estatal, al poder fuerte, al que esperaban, no sin razón, controlar con el apoyo de la URSS y de su «ayuda desinteresada». Como dos capas geológicas superpuestas, pero estrechamente enlazadas, la tradición jacobina burguesa y su variante, la tradición «bolchevique», constituían la fundamentación ideológica de los partidos nacionalistas catalanes y de los estalinistas en su lucha común por la restauración del Estado.

17. M. D. Benavides, Op. cit.  

18. Según ellos, estaban subrepresentados. No se puede hojear la prensa anarquista de la época o los comunicados oficiales, etc., sin encontrarse con el siguiente argumento: la CNT, organización mayoritaria en Cataluña, tenía el mismo número de representantes en los órganos del poder que la UGT, organización minoritaria. No obstante, ellos aceptan esta situación, ese sacrificio en nombre de la unidad antifascista, como testimonio de su buena fe.

En esta tensa situación provocada por todos los conflictos armados, los asesinatos y las detenciones (aquí sólo he citado unos cuantos, pero hubo muchos más), el Gobierno autónomo catalán decidió que el Primero de Mayo, fiesta tradicional de los trabajadores, no sería festivo. Para ello apeló a las necesidades de la producción de guerra y a las necesidades del frente. Pero también prohibieron las manifestaciones, mítines y reuniones (que se hubieran podido celebrar perfectamente después del trabajo).  

El Primero de Mayo era sábado. Por lo tanto, todos trabajaban. Los comités dirigentes de las organizaciones antifascistas publicaron sus rituales, y por eso mismo siniestros, comunicados sobre la lucha de la clase obrera internacional simbolizada por esa fecha.  

El 2 de mayo era domingo. Los barceloneses se paseaban por las Ramblas. Pero algunos militantes estaban inquietos. Pocos días antes, Camillo Berneri escribía en su periódico «Guerra di classe».  

«La sombra de Noske se perfila. El fascismo monárquico-católico-tradicionalista no es más que un sector de la contrarrevolución. Hay que recordarlo. Hay que decirlo. No hay que prestarse a las maniobras de esa gran "Quinta Columna" que ha demostrado su tenaz vitalidad y su temible mimetismo durante seis años de República española.

La guerra civil española se hace en dos frentes político-sociales. La Revolución debe triunfar en ambos. Vencerá.»

El lunes 3 de mayo empezaban los combates de la «Semana sangrienta» de Barcelona, durante la cual el propio Berneri fue asesinado por los estalinistas.

 

La provocación

 

El 3 de mayo, a las 14,45, varios camiones de Guardias de Asalto, mandados por Rodríguez Sala, comisario de Orden Público de Barcelona y miembro del PSUC, acababan de colocarse ante el edificio de la Telefónica, en la plaza de Cataluña.

Habían escogido esa hora a propósito, porque en ese momento habían salido a comer muchos empleados y milicianos de guardia.

Desde los primeros días de la Revolución, la Telefónica de Barcelona, como todas las de Cataluña, estaba controlada por los dos sindicatos CNT y UGT con una representación del Consejo de la Generalitat, pero al igual que en otros sitios, casi todos los empleados eran miembros de la CNT.

Los policías se precipitaron en el interior del edificio gritando: «¡Arriba las manos!» a los milicianos de guardia quienes, cogidos por sorpresa, fueron desarmados. Los policías subieron a los otros pisos para asaltarlos pero, alertados por la insólita barahúnda, los empleados y milicianos que se encontraban en ellos cogieron sus armas y opusieron una violenta resistencia a los policías. Estos últimos tuvieron que regresar precipitadamente a la planta baja.  

El plan de los estalinistas había fracasado. Habían querido apoderarse de la Central mediante un «audaz» golpe de mano y poner a la CNT ante el hecho consumado. Pero, a pesar de la hora y del elemento sorpresa, los asaltantes no consiguieron sus objetivos. La Central seguía en poder de las fuerzas sindicales, excepto en la planta baja, donde permanecían unos cuantos Guardias de Asalto, mientras que los demás se habían apostado en los techos de las casas vecinas.

«La noticia del golpe se difundió rápidamente. Informado de lo que pasaba, el Comité Regional de CNT pidió explicaciones por teléfono a la Cancillería de la Seguridad Interior. ¿Quién había dado la orden de ocupación? No procedía del Consejo de la Generalitat que no había deliberado sobre ello. Al ser interrogado, el consejero de Seguridad Interior, el republicano Ayguadé, dijo no saber nada. En realidad, la orden de ocupación que había mostrado Rodríguez Sala llevaba su firma ( ... )

La provocación resultaba tan evidente, que levantó de inmediato una oleada de indignación. Tampoco se hizo esperar la reacción. No había pasado una hora cuando aparecieron los milicianos de la FAI y los miembros de las Patrullas de Control. De inmediato empezaron a oírse los primeros disparos. El efecto fue instantáneo. A los pocos minutos no había nadie en las calles, los comerciantes habían echado los cierres de sus tiendas y sólo se veían algunos transeúntes que se precipitaban a sus casas, rozando las paredes para evitar las balas que ya empezaban a silbar por todas partes. "¿Qué ocurre?" No se sabía nada. Pero había que ponerse a salvo.

Entretanto las fábricas habían sido alertadas. De común acuerdo, obreros de la CNT y obreros de la UGT decidieron interrumpir su trabajo. Las armas salieron de sus escondrijos y, como obedeciendo a una consigna, empezaron a aparecer barricadas por todas partes.

La reacción fue tan grande que casi acabó con todo. No era eso lo que habían previsto los autores de la provocación. No era todavía de noche cuando ya toda la ciudad estaba llena de barricadas y las había incluso alrededor de la Generalitat, donde el Gobierno se encontraba de hecho asediado por la fuerza popular. Los Guardias de Asalto situados de antemano en todos los puntos estratégicos se vieron sumergidos por esa inmensa oleada humana que les tenía rodeados, cual islotes perdidos en medio de un océano tormentoso. Las tiendas estaban cerradas, los tranvías y los autobuses habían regresado a sus cocheras, los taxis habían desaparecido de la circulación, la ciudad se hundió en un silencio trágico, cortado de vez en cuando por el ruido de los disparos que se oían en la noche, o por el estruendo súbito de las ametralladoras.

La noche transcurrió así, ocupada de un lado y de otro en los preparativos de la lucha cuya inminencia era sentida por todos. El Gobierno, claramente desbordado por esta inesperada resistencia, callaba.19»  

19. Marcel Ollivier, Les journées sanglantes de Barcelone, «Spartacus», pág. 13-14. Me he inspirado ampliamente en el relato de Marcel Ollivier que me parece el más completo de todos los que he leído. El testimonio de Georges Orwell también es excelente, pero como su libro (Homenaje a Cataluña) está en venta en todas las buenas librerías, prefiero aprovechar la ocasión para recomendar vivamente su lectura.

Según Julián Gorkin, esa misma noche del 3 al 4 de mayo:

«El Comité Ejecutivo del POUM se reunió con los Comités regionales de la CNT y de la FAI y de las Juventudes Libertarias. Expusimos el problema en sus verdaderos términos: "Ninguno de nosotros ha lanzado a las masas de Barcelona, es una respuesta espontánea a una provocación estalinista. Este es un momento decisivo para la revolución. 0 nos colocamos a la cabeza de este movimiento para destruir al enemigo interior, o el movimiento fracasará y el enemigo nos destruirá. Hay que escoger: la revolución o la contrarrevolución”.20»

20. Julián Gorkin, Op. cit., pág. 69.

No decidieron nada. Su máxima reivindicación fue... ¡¡que se destituyera al comisario provocador!!

«Los antagonistas (escribe Peirats) se dividieron en dos bandos. De una parte, la fuerza pública (Guardias de Asalto, Guardia Nacional Republicana, Guardias de Seguridad y Mozos de Escuadra) y los partidos PSUC y Estat Català (comunistas y separatistas); de otra parte, las fuerzas populares formadas por los anarquistas (CNT, FAI y Juventudes Libertarias), el Partido Obrero de Unificación Marxista y las Patrullas de Control. Los Comités de Defensa Confederal (CNT-FAI), organizados tradicionalmente por barriadas, fueron los grandes estrategas de la contraofensiva popular.

Se levantaron por doquier las no menos tradicionales barricadas; y la lucha, tanto o más implacable que el 19 de julio, quedó planteada por el dominio de la calle.21»

21. Peirats, Op. cit., t. II, pág. 144.  

 

Martes 4 de mayo

 

«Por la mañana, toda la ciudad, exceptuando algunos barrios del centro, estaba en poder de los obreros», escribe Marcel Ollivier.

El alba estaba en calma. Ni un disparo. Las amas de casa salieron de sus hogares y rozando las paredes se dirigieron a comprar provisiones. Porque «la vida continúa», hay que comer, los niños tienen que comer, incluso el marido que hoy no irá a la fábrica sino a las barricadas...

Después volvió a empezar el tiroteo y las amas de casa y los mirones, corrieron para ponerse a salvo.

«Se luchaba calle por calle, casa por casa, con fusiles, con ametralladoras, y con granadas de mano.22»

22. Marcel Ollivier, Op. cit.

Durante todo el día la batalla fue de una violencia extrema. Asediados y asediantes, ambos bandos, lucharon encarnizadamente en casi toda la ciudad. Las «fuerzas del orden», policía, estalinistas, ultranacionalistas del Estat Catalá asediaron a la Central Telefónica, a los locales de algunas organizaciones como los del POUM, y a su vez fueron asediados por los milicianos de la CNT y del POUM en los grandes hoteles del centro de Barcelona que habían ocupado, en sus cuarteles y en sus locales. Durante la jornada, varios centenares de Guardias Civiles, parapetados en el parque, fueron rodeados y prácticamente diezmados por milicianos anarquistas. Estos mismos milicianos consiguieron desarmar y hacer prisioneros a 400 Guardias de Asalto en los barrios populares de Barcelona. Pero la situación permanecía confusa, sin que hubiera ninguna ventaja neta para ninguno de los bandos, durante todo el día.  

«Bajo el sol primaveral, luchaban, se mataban sin tregua. Por las calles, que estaban totalmente desiertas, sólo circulaban los coches blindados de la FAI, los automóviles de las organizaciones que pasaban rápidamente, acogidos por ráfagas de disparos y las ambulancias que llegaban hasta las mismas barricadas para recoger a los muertos y a los heridos y transportarles seguidamente al hospital, donde muy pronto llegaron a alcanzar un número impresionante. Los médicos estaban sobrecargados de trabajo. Hubo que recurrir a la ayuda exterior.23»  

23. Ibid.

Puede sorprender la rapidez y la decisión con que los milicianos de la CNT y la FAI y los milicianos del POUM —por una vez unidos, o casi— se lanzaron contra las fuerzas de policía y el encarnizamiento con que estas últimas intentaron someterles. Si nos colocamos en el terreno de la «guerra antifascista» o incluso en el de la «legalidad republicana» esto puede parecer absurdo o criminal. Pero precisamente esa rapidez y esa decisión parecen la demostración palpable de todo lo que acabo de decir: dentro de la guerra y en el campo republicano, se estaba desarrollando un conflicto agudo desde hacia meses, una «guerra de clases» que había provocado ya incontables escaramuzas y que, en esos días de mayo de 1937, estalló con toda su crudeza. El destino de la revolución social estaba en juego y por eso los trabajadores se lanzaron a las barricadas con tanta decisión y sin perder un minuto en «negociaciones» ni en tergiversaciones. Porque no había un minuto que perder.

Los Estados Mayores, las burocracias dirigentes, fueron las que se encargaron de hacer esas negociaciones. Llegó la noche y parecía que la Generalitat despertaba de su letargo. Una vez reunidos sus miembros, decidieron que ya no había Gobierno, que éste había sido arrastrado por la tormenta. Había que formar un nuevo equipo gubernamental.

«Mientras tanto, urgía detener la masacre, Vidiella, en nombre de la UGT, Vázquez, en nombre del Comité Nacional de la CNT, lanzaron por radio llamamientos patéticos rogando a los combatientes que cesaran el fuego, mientras se llegaba a un acuerdo. Los ministros anarquistas del Gobierno central, García Oliver y Federica Montseny, que vinieron a toda prisa de Valencia, apoyaron ese llamamiento con todas sus fuerzas.24»

24. Ibid.

Pues mientras que los militantes de ambos bandos se entregaban a una verdadera batalla campal, sus jefes continuaban parlamentando, tanto para intentar ponerse de acuerdo como para sacar provecho de la situación. Companys exigía, antes de llegar a ningún acuerdo, la retirada de los obreros armados. Tarradellas (Primer Consejero), apoyado por Companys, se negaba a despedir a Rodríguez Sala y a Ayguadé, tal y como exigían los anarquistas.

Desde los micrófonos instalados en el Palacio del Gobierno catalán, los parlamentarios de los partidos y organizaciones dirigieron ese mismo martes 4 un desesperado llamamiento a los combatientes para que detuviesen el combate. Rafael Vidiella, dirigente del PSUC y miembro del Gobierno catalán declaró:

«Es indispensable que todos los trabajadores depongan su actitud. Es indispensable que depongan las armas, que se haga un alto el fuego. Que conserve cada cual sus posiciones, pero sin disparar un solo tiro. Nosotros tenemos la certeza de que encontraremos una solución definitiva a esta misma noche. Trabajadores: nosotros tenemos fuerzas más que suficientes para vencer al fascismo nacional e internacional, pero con una actitud fratricida como la que se ha planteado no podemos llegar a la victoria definitiva.

Hay que hacer un alto el fuego. Nosotros buscaremos esta solución hoy mismo. Catalanes, trabajadores, antifascistas todos: ¡Viva la unidad de todos los trabajadores para vencer definitivamente al fascismo nacional e internacional! ¡Viva Cataluña! ¡Viva la República! 25»

25. Peirats, Op. cit., t. II, pág. 146.

García Oliver, el líder anarquista, ministro del Gobierno central y primer enviado por éste para solucionar el conflicto, declaró por su parte:

«Camaradas: por la unidad antifascista, por la unidad proletaria, por los que cayeron en la lucha, no hagáis caso de provocaciones. No cultivéis en estos momentos el culto a los muertos. Que no sean los muertos, la pasión a los muertos, de vuestros hermanos caídos, lo que os impida en estos momentos cesar el fuego. No hagáis un culto a los muertos. En toda guerra civil como la que vivimos, hay muertos siempre. Los muertos todos de la familia antifascista tendrán la misma gloria, tendrán el mismo honor. Tal como os lo digo, lo pienso. Me comprendéis, me conocéis suficientemente para pensar que en estos momentos solamente obro por impulso de mi libérrima voluntad, porque me conocéis bastante para estar convencidos de que nunca, ni antes ni ahora, ni el porvenir, nadie conseguirá arrancar de mis labios una declaración que no sea sentida. Sí, después de decir esto debo añadir: todos cuantos han muerto hoy son mis hermanos; me inclino ante ellos y los beso. Son víctimas de la lucha antifascista y los beso a todos por igual. ¡Salud, camaradas, trabajadores de Cataluña! 26»

26. Ibid., pág. 146.

¡Cómo no! ¡Lejos de regatear besos, García Oliver los destina a todos los muertos, polis u obreros en armas! ¿Por qué? Unos y otros han muerto defendiendo o creyendo defender el qué? Eso no parece que le interesara ni poco ni mucho. En cuanto a su insistencia en hablar de su sinceridad, se explica por el rumor que circulaba entre los militantes de la CNT-FAI según el cual estaba prácticamente prisionero de las fuerzas de la Generalitat y por lo tanto no hablaba libremente.

Pero no era así. García Oliver, ministro del Gobierno central, utilizaba el mismo lenguaje demagógico que Rafael Vidiella, incitando a que cesara el fuego, únicamente a que cesara el fuego, como si la sangrienta batalla no tuviese objeto, como si fuese en cierto modo una locura que pusiese en peligro la supuesta unidad antifascista y la debilitase frente a los franquistas. Cosa que era cierta. No cabe duda que esa batalla «fratricida» no reforzaba precisamente el «campo republicano». Pero lo que interesa es saber cómo y por qué se había llegado a ese extremo y qué era lo que estaba verdaderamente en juego en esta «guerra civil dentro de la guerra civil».

Durante toda la noche del 4 al 5 de mayo, mientras que los combatientes permanecían frente a frente, en el Palacio de la Generalitat, se sucedían las negociaciones marcadas por los llamamientos a la calma que los dirigentes lanzaban por radio. Cual aprendices de brujo, los estalinistas y sus aliados, que mediante una sencilla operación policíaca habían querido arrancar un poco más de poder a los comités obreros, se encontraron frente a los trabajadores en armas. Ahora había que llegar hasta el final: aplastar definitivamente la revolución. Los dirigentes anarquistas, por su parte, parecían hallarse completamente rebasados por los acontecimientos. Uno tras otro, además de los ya citados Vidiella y García Oliver, Federica Montseny, Toryho, director de «Solidaridad obrera», el comisario de Propaganda de la Esquerra, Miravitlles, y el mismo presidente Companys, se sucedieron aquella noche en las ondas. Companys, en su discurso que fue difundido por radio, desmintió la operación contra la Central Telefónica llevada a cabo por su jefe de policía, el estalinista Rodríguez Sala. Pero en las negociaciones de aquella noche, que habían tenido lugar en la sede de la Generalitat, Companys exigía como medida previa a cualquier acuerdo que el pueblo armado se retirase de la calle. Los anarquistas, por su parte, sólo pedían que se les asegurara la dimisión de Rodríguez Sala y de Ayguadé. No llegaron a ponerse de acuerdo sobre ningún punto.

 

Miércoles 5 de mayo

 

«...Obedeciendo a las consignas recibidas, los obreros habían permanecido en sus puestos esperando el resultado de las deliberaciones gubernamentales.27» Como éstas no habían llegado a ninguna parte, el combate continuó.

27. Marcel Ollivier, Op. cit.

Al igual que el día anterior, las amas de casa salieron por la mañana con gran prudencia a realizar sus compras y los comerciantes, que habían abierto un momento sus tiendas, se apresuraron a echar los cierres en cuanto se oyeron los primeros disparos.

La lucha, según parece, fue aun más violenta que la del día anterior. Exasperados por las pérdidas sufridas, los adversarios lucharon encarnizadamente en los barrios de Barcelona. En todas partes, patrullas de muchachos (y también de muchachas) se dirigían a sus barricadas o a participar en los golpes de mano contra los edificios ocupados por los estalinistas y las fuerzas de policía.

Sin embargo, durante ese día las fuerzas revolucionarias sufrieron dos derrotas: la Guardia Civil tomó la Estación de Francia, ocupada por los anarquistas y los empleados de la Central Telefónica, que llevaban ya dos días de asedio, se rindieron a los Guardias de Asalto.

«( ... ) Las divisiones del frente, cuando supieron lo que ocurría, propusieron bajar hasta  Barcelona. El Comité Regional de la CNT declaró que por el momento no les necesitaban, pero que si su intervención se hiciese necesaria les avisarían.28»

28. Ibid.

En realidad —todos los testigos lo confirman—, los dirigentes anarquistas y el POUM ya habían decidido la retirada. Esa misma noche las organizaciones políticas y sindicales lanzaron otros llamamientos pidiendo a los obreros que abandonaran las barricadas y volvieran a sus casas.

Se comprende que estas reiteradas llamadas hayan desconcertado a los combatientes revolucionarios. Ellos, que desde el primer día habían cercado prácticamente a las fuerzas de policía en el centro de la ciudad, dudaron en lanzarse al asalto final. ¿Cómo iban, por ejemplo, a atacar y a tomar el Palacio de la Generalidad, cuando sus propios dirigentes estaban adentro, dialogando con los dirigentes de sus adversarios?

La actitud de los militantes anarquistas en esos dramáticos momentos es exactamente la misma que ya señalé cuando hablaba de las colectivizaciones. Se lanzaron a la batalla con ardor y espontáneamente. Se adueñaron de las tres cuartas partes de la ciudad. ¡Pero esperaban consignas, esperaban órdenes de sus venerados jefes! Cuando éstos les ordenaron que abandonaran las barricadas ¡se negaron! Nunca dejarían las barricadas, ni ese día, ni al otro, a pesar de todos los llamamientos de sus dirigentes. Sin embargo, esa decepcionante espera de consignas revolucionarias causó alguna vacilación, alguna incertidumbre, que los enemigos aprovecharon para tomar la Estación y la Telefónica. Por supuesto esa vacilación corría pareja con un innegable ardor en el combate, pero, también en este caso, ese ardor era defensivo. Ellos esperaban que sus jefes les dieran un plan de ataque de conjunto, una estrategia global y ofensiva (hemos podido ver que, cuando el «plan de conjunto» fue la retirada pura y simple, lo rechazaron) y como no recibían nada parecido, se conformaron con mantener sus barricadas y sus locales, sin pasar a la ofensiva generalizada y coordinada. Porque los numerosos golpes de mano y las victorias parciales de la víspera ya no bastaban en ese momento de la batalla.

Ese mismo miércoles 5 de mayo, el Gobierno autónomo catalán dimitió en bloque. Cabe preguntarse qué otra cosa hubiera podido hacer. Por la tarde, el Comité Regional de la CNT hizo nuevas proposiciones:

«Cese de las hostilidades. Cada parte mantiene sus posiciones. La policía y los paisanos que combatían a su lado quedan invitados a hacer una tregua. De no cumplirse estos acuerdos, se avisará inmediatamente a los comités responsables. No se hará caso de los disparos aislados. Los defensores de los sindicatos se mantendrán tranquilos, esperando nuevas informaciones.29»

29. Peirats, Op. cit., t. II., pág. 147.

Estas proposiciones fueron aceptadas en principio, pero en la práctica, las fuerzas gubernamentales no dejaron de disparar. El propio Comité Regional de la CNT-FAI, reunido en la sede de ambas organizaciones, en un momento determinado tuvo que suspender la sesión para participar en la defensa del edificio, atacado por las fuerzas gubernamentales. La situación era de lo más confusa. En las filas de la CNT-FAI iba en aumento el descontento contra los comités responsables que no paraban de dirigir llamamientos a la calma y al cese de las hostilidades sin dar la menor consigna revolucionaria que fuese un tanto coherente. La rebelión contra esa actitud conciliadora a corto plazo —cese el fuego y punto— estaba sostenida por la oposición de izquierdas de la CNT, por todos aquellos que llevaban ya varias semanas criticando el «colaboracionismo» gubernamental de los dirigentes de la CNT. En esta oposición se encontraban un importante sector de las Juventudes Libertarias, numerosos comités y grupos de base en las empresas y los barrios, así como los «Amigos de Durruti». (Los acontecimientos siguientes demostraron, sin embargo, que la mayoría de los militantes de la CNT-FAI dudaría en oponerse abiertamente a las consignas «conciliadoras» de sus dirigentes.)

«Los Amigos de Durruti» lanzaron en plena batalla la idea de formar una junta Revolucionaria cuya existencia parece haber sido puramente teórica. Para ellos dicha Junta debía sustituir a la Generalitat, pues eran partidarios de llevar la lucha hasta el final, hasta la toma del poder por las organizaciones revolucionarias. Exigían que «todos los elementos responsables de la tentativa subversiva que maniobran bajo la protección del Gobierno sean pasados por las armas. En la Junta Revolucionaria hay que admitir al POUM porque se ha puesto al lado de los trabajadores.30»

30. «L’Espagne Nouvelle», n.° 5 (22 de mayo de 1937).

 

Mientras combatían en las barricadas se entregaban a una intensa propaganda para que prosiguiera la lucha. He aquí unos de sus llamamientos más difundidos:

«CNT - GRUPO DE LOS AMIGOS DE DURRUTI-FAI.

»Trabajadores, exigid esto con nosotros: una dirección revolucionaria. El castigo de los culpables. El desarme de todos los cuerpos armados que participaron en la agresión. La socialización de la economía. ¡La disolución de los partidos políticos que se han levantado contra la clase obrera! ¡No cedamos la calle! ¡La revolución ante todo! Saludemos a nuestros camaradas del POUM que han fraternizado con nosotros en la calle. ¡Viva la revolución social! ¡Abajo la contrarrevolución! 31»

31. Ibid.

 

Estos llamamientos y toda la actividad del grupo de los «Amigos de Durruti» fueron denunciados por el Comité Regional de la CNT como provocaciones. El grupo fue posteriormente excluido de la CNT. Según Peirats, ese grupo nunca tuvo la importancia que algunos comentaristas extranjeros quisieron prestarle. «La causa de la débil influencia de los “Amigos de Durruti” (escribe Peirats) quizá sea el escaso relieve de los elementos que la componían, la intervención del POUM en su seno y el sabor marxista que tenían algunas de sus consignas.32» Sin duda, para los anarquistas, ese «sabor marxista» debía de consistir en la insistencia con la que reclamaban la unidad de acción con el POUM, y su consigna de «una dirección revolucionaria», tema obsesivo de los trotskistas de ayer y de hoy. Además, los trotskistas hablaban con gran entusiasmo de ese grupo lo que puede demostrar, que o bien practicaban el «entrismo» en dicho grupo, o bien que tenían buenas relaciones con él. Sin embargo, José Balius, líder de los «Amigos de Durruti» se defendió de estas «acusaciones» de marxismo. El minúsculo grupo trotskista de Barcelona (Sección Bolchevique Leninista de España para la IV Internacional) había distribuido en las barricadas, los días 4 y 5 de mayo, un panfleto no demasiado diferente al de los «Amigos de Durruti».

32. Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, Buenos Aires, Ed. Alfa, pág. 249.

«¡Viva la ofensiva revolucionaria! ¡Que no haya compromisos! Que se desarme a la Guardia Nacional Republicana (ex Guardia Civil) y a los reaccionarios Guardias de Asalto. Este es el momento decisivo. La próxima vez será demasiado tarde. Huelga general en todas las industrias excepto en las de guerra, hasta que caiga el Gobierno reaccionario. El poder proletario es el único que puede obtener la victoria militar.

Armamento completo de la clase obrera. ¡Viva la unidad de acción CNT-FAI-POUM ¡Viva el frente revolucionario del proletariado!

Comités revolucionarios de autodefensa en las tiendas, fábricas, barrios.33»

33. Citado en Morrow, Op. cit., pág. 91.

Por supuesto, la huelga general había empezado espontáneamente desde el día 3 de mayo en Barcelona y en muchas otras ciudades catalanas, en cuanto se conoció la noticia del asalto a la Telefónica.

La actitud del POUM una vez más fue ambigua. Al mismo tiempo que se lanzaba, con todas sus fuerzas, en la pelea —fuerzas que eran considerablemente menores que las anarquistas— parcela que les asustaba la situación y sus posibles consecuencias. Cataluña, pensaban ellos, no es España. Sabían muy bien que si las fuerzas revolucionarias llegaban a tomar el poder en Cataluña, el resto de España republicana no les seguiría: de ello resultaría una situación «triangular» difícil para el campo antifascista en general y que sólo beneficiarla a los fascistas. En cualquier caso, éstos eran los argumentos que utilizaba Andrés Nin para frenar el ardor de los combatientes del POUM, quienes, con los anarquistas, pensaban, no sin razón, que podían barrer por completo a las fuerzas de policía y a los estalinistas y convertirse en los dueños absolutos de Barcelona, primero, y de Cataluña, después. Y así, según el testimonio de Wilebaldo Solano, que por aquella época era secretario de la Juventud Comunista Ibérica (juventudes del POUM), las fuerzas del POUM, en vez de atacar el centro de Barcelona, como habían pensado, se conformaron con defender sus posiciones, lo que equivalía a situarse voluntariamente en una situación de perdedor. El siguiente llamamiento del POUM, si se lee con atención, refleja muy bien esa ambigüedad:

«EL POUM A LA CLASE OBRERA.

Camaradas:

Con la lucha de estos días, el proletariado de Barcelona ha demostrado su voluntad inquebrantable de no tolerar la menor provocación contrarrevolucionaria. Cuando nos hayamos desembarazado del enemigo, gracias a la magnífica reacción de la clase obrera, habrá que "retirarse". Pero la retirada sólo pue