En
el capítulo anterior hemos intentado reconstruir la trayectoria antipolítica
del anarcosindicalismo español según sus grandes etapas históricas. Hemos
podido ver que lo que le separa de los otros movimientos políticos o sindicales
de la península son la inspiración filosófica del anarquismo y un
escepticismo desolado por las clásicas soluciones de tipo electoral y
gubernamental. Pero aun indiscutiblemente influida por los principios
anarquistas, la C. N. T. debe a su sola actitud antipolítica todo lo que ha
venido representando como movimiento de masas. Las corrientes filosóficas, por
el esfuerzo analítico, que exige su asimilación a los devotos, son operantes
solamente en círculos reducidos culturalmente preparados. Por sí sola la
influencia filosófica no hubiera producido nunca un movimiento de masas. Hacía
falta una razón más al alcance de la comprensión de los trabajadores para que
la mística popular se produjera.
Esta
razón asimilable, práctica y, si se quiere, vulgar, la ha venido brindando
gratuitamente, en todas las épocas de nuestra historia moderna, la inmoralidad
congénita (salvo excepciones) en los partidos políticos y en sus figuras
representativas, especialmente en los demócratas y liberales. No ha sido
necesario recurrir a las exageraciones de la propaganda para llegar a la
conclusión de que la emancipación de la clase explotada dependía
Otra
de las virtudes convergentes es la propensión de los obreros a formar
organizaciones por un impulso natural o instintivo que hace paradójico el
innegable y tan arraigado individualismo español. Esta propensión arranca de
los gremios de la Edad Media y de las rebeldías espontáneas e invertebradas de
los campesinos. Los gremios y hermandades profesionales tienen una larga
historia salpicada a veces de luchas heroicas. Ejemplo: la epopeya de las Germanías
en Valencia y Baleares al empezar el reinado de Carlos I. Las insurrecciones
campesinas tienen por motivo la injusticia endémica del feudalismo agrario y
fueron tan implacablemente reprimidas durante todo el siglo XIX.
En
suma, se puede afirmar que la actitud antipolítica, la alergia hacia lo
partidos políticos y a los falsos redentores reformistas constituye el motor,
el impulso principal del movimiento anarcosindicalista español. Por poco que se
analice la tortuosa ejecutoria de estos partidos políticos y la de la mayoría
de sus hombres representativos se llega a la conclusión de que la posición
antipolítica, antielectoral y antirreformista de la C. N. T. no ha sido
necesario inventarla.
Sin
pecar, pues, de temerarios, podríamos colegir que sin esta posición tan viva y
siempre presente, el movimiento anarcosindicalista español no hubiera nunca
alcanzado el volumen de popularidad que todos conocemos. Es más, sin ella es
casi seguro que el anarquismo español hubiera quedado reducido a una corriente
ideológica de élites, a una escuela filosófica, sin influencia en las grandes
masas de trabajadores industriales y campesinos y, por tanto, sin determinante
en los acontecimientos políticos, sociales y revolucionarios del país.
Podrá
discutírsele al anarcosindicalismo español una vertebración, la escasez de
cerebros rectores de su propio manantial de energías, la ausencia de la
agilidad mental que permite dosificar convenientemente aquella plétora de energías
y, por ende, su demasiada propensión a la exuberancia temeraria, muchas veces
ciega, su incapacidad para amaestrar o controlar los acontecimientos por él
mismo desencadenados. Su potencial de vitalidad le ha permitido superar con el mínimo
de quebrantos las duras represiones que atrajo contra si mismo.
Pero
a pesar de tan graves defectos fue considerable la labor desarrollada por el
anarcosindicalismo para despertar a grandes masas de productores de la
indiferencia o del embrutecimiento vulgar y del mundillo político caciquil. El
movimiento anarcosindicalista ha hecho surgir del vivir cotidiano a una nueva
clase beligerante. La arrancó de los antros del vicio, de la superstición
religiosa, así como de la demagogía política. Esta innegable evolución
intelectual (es proverbial la inclinación del anarquismo militante por las
bibliotecas, las publicaciones, las escuelas y los ateneos) es la propia obra de
la organización obrera. No la debe a las élites intelectuales que limitaron su
revolución en la cátedra y en la literatura. Se puede decir de estas élites
lo que dijo Ossorio Gallardo de los reformadores políticos (Cánovas, Maura,
Romanones, Dato, Canalejas), «que se movieron siempre dentro del ámbito de los
problemas políticos y apenas si alcanzaron a presentir los sociales»..
El
movimiento pedagógico popular de Ferrer Guardia, que fue inseparable de la
empresa creadora anarcosindicalista, fue denostado por faros de la
intelectualidad como Miguel Unamuno. Otros hicieron peor, explotando para fines
electorales el trágico fin del fundador de la Escuela Moderna.
Pues
bien, esta tradición tan hermosa y fecunda del anarcosindicalismo español quedó
bruscamente interrumpida en septiembre de 1936, precisamente en el momento
cumbre en que cosechábase maduro el fruto. Bastó el choque con una «realidad
nueva» muy discutible, aunque en circunstancias sumamente dramáticas para que
lo que era la razón de ser de un movimiento histórico se desplomase.
¿Cómo
había sido posible una crisis ideológica tan galopante? Algunos críticos
alegan falta de previsión revolucionaria ante ciertos hechos imperativos
circunstanciales: «Pero ni Fabri ni los publicistas libertarios de ese tiempo
se plantearon el problema [de la revolución] con referencia a una situación de
guerra civil contra un enemigo de tipo fascista militarista, ni en un país
donde la opinión anarquista arrastra a grandes masas proletarias como en el
caso de España»
1.
1
Carlos M. Rama: La crisis española del siglo XX.
Este
juicio no es exacto. La literatura anarquista es abundante en las muchas facetas
del problema revolucionario a raíz de las grandes revoluciones del mundo
moderno y muy especialmente sobre la rusa de 1917. Pero ocurre que todos los análisis,
aun basados en hechos concretos determinados del pasado, son siempre sacudidos
por los hechos concretos presentes no importa si redundantes.
En
nuestros días reverdecen los problemas planteados por la revolución rusa a raíz
de los acontecimientos de Cuba, con sus filias y sus fobias, incluso entre los
propios anarquistas. Los hay entre éstos, pocos, que se derriten ante un guiñar
de ojo picaresco de la U. R. S. S. A la especulación filosófica (no importa si
previstos por la crítica anticipacionista de ciertos hechos concretos) se
impone siempre el impacto directo y brutal de la realidad.
La
literatura anarquista, la española en particular, a partir de la década 30, es
riquísima en anticipación revolucionaria de tipo constructivo. Si algunos
aspectos no quedaron resueltos satisfactoriamente en el papel fue por
incapacidad analítica o porque no tuvieron humanamente solución alguna. No la
tiene nunca la resistecia más heroica ante la acometida de una fuerza superior.
Posiblemente faltó la gallardía necesaria, el aplomo y la serenidad para
desechar la solución más fácil en apariencia frente a esa fuerza mayor
aplastante, Pero, repitamos, todos los anticipos, todas las previsiones basadas
en la pura especulación, aun el escarmiento en cabeza ajena, ceden ante la
fuerza irresistible de los acontecimientos en presencia, especialmente cuando de
su disyuntiva depende nuestra existencia individual y colectiva.
Ante
el peligro de muerte, lo primero que reacciona en el hombre, y por extensión en
las organizaciones, es el instinto de conservación por encima de todo. Aunque
la opción a que nos arrastra el instinto no es infalible. Muchas veces las
reacciones del instinto de conservación son las más opuestas a la conservación
misma. Pero tales reacciones tienen una explicación, si no una justificación,
en el fin mismo de la conservación.
En
el viraje táctico de la C. N. T. y de la F. A. I. (la F. A. I. participó
durante casi todo el período de la revolución del mismo impacto psicológico
que la C. N. T.) hay que distinguir varios aspectos. Empecemos porque la reacción
fue en gran parte instintiva o humana. Los comités y demás «apóstatas»
también solían alegar la «imprevisión», pero para justificar après coup un
caso de conciencia, Este remordimiento disimulado puede ser estudiado en las
constantes autocríticas de los adalides cenetistas y faístas, no importa si el
tono es arrogante y hasta agresivo.
Hay
un documento típico muy interesante de este genero. Se trata del informe del
Comité Nacional de la C. N. T. al congreso de la A. I. T., celebrado en París
en diciembre de 1937
2. Según él, el 19 de
julio de 1936 la C. N. T. era dueña absoluta de Cataluña. Pero su fuerza no
era tan considerable en Levante y muy inferior en el Centro, donde señoreaban
el gobierno central y los partidos políticos clásicos. En el Norte la situación
era todavía un enigma. No obstante, siempre según el documento, podía haber
desencadenado una insurrección propia «con resultados probables de éxito».
Pero tal aventura implicaba tener que luchar en tres frentes: el frente
fascista, el de los gubernamentales y el del capitalismo exterior. Vistas las
complicaciones de tal aventura no había más remedio que colaborar con los demás
sectores. La colaboración antifascista llevaba consigo fatalmente la colaboración
en el seno del gobierno.
2
Informe de la delegación de la C. N. T. al congreso extraordinario de la A. I.
T. y resoluciones del mismo, Barcelona, 1937.
Así
se expresa el documento, y prosigue: «De hecho, en todos los pueblos y
capitales de provincia la C. N. T. formaba parte de los organismos oficiales, en
los Comités del Frente Popular, en los Comités de Milicias Antifascistas,
practicando funciones de verdadero gobierno en los antiguos municipios y
diputaciones provinciales, en los tribunales de justicia, en la administración
de cárceles, en las comisarías [de policía]... Positivamente la C. N. T. se
había desbordado a sí misma... Estábamos plenamente metidos en la acción política
sin haberlo acordado, sin previa meditación, sin haber calculado las
consecuencias, sin haberlas presentido siquiera... Nada más faltaba
comprometerse públicamente en la gestión gubernamental ... »
Esta
dialéctica oficial no es muy convincente en cuanto al dilema fatal de «revolución
anarquista» o «colaboración gubernamental». Tampoco lo es sobre que la
colaboración antifascista arrastrase, fatalmente a la colaboración
gubernamental. Menos todavía que la colaboración de la C. N. T. y la F. A. I.
en los organismos revolucionarios populares de nueva creación o transformados
por impulso popular implicase automáticamente una colaboración oficial. Dichos
organismos se transformaron en oficiales o dejaron paso a los organismos políticos
tradicionales a medida en que el fatalismo «gubernamentalista» fue haciendo
camino en las mentes de los adalides de la C. N. T. - F. A. I.
Para
algunos de estos hombres, los más influyentes, no había otra salida sino la
dictadura anarquista, y ésta representaba un suicidio.
Prosigue
el informe del Comité Nacional: «Levante estaba indefenso y vacilante, con las
guarniciones sublevadas dentro de los cuarteles; nuestras fuerzas minoritarias
en Madrid; Andalucía era un desconcierto con grupos de trabajadores armados de
escopetas y hoces luchando en las montañas; el Norte era una incógnita todavía
y el resto de España se suponía en poder de los fascistas. Había el enemigo
en Aragón, a las puertas mismas de Cataluña... Por otra parte, el nerviosismo
de las representaciones consulares extranjeras se tradujo en la presencia ante
nuestros puertos de gran número de buques [de guerra] ... ».
Añadamos
por nuestra cuenta que la pérdida de Zaragoza, en el camino de La Rioja y del
Norte, y la pérdida potencial de Andalucía, significan medio censo confederal
fuera de combate.
Sigue
el informe ocupándose de las complicaciones que iban mellando el poder
revolucionario de la C. N. T.: «En el Sur nuestros compañeros, armados de
escopetas de caza, resistían bravamente, pero perdían terreno; fueron armados
con fusiles, ametralladoras y artillería que les enviamos de Cataluña,
debilitando la potencia revolucionaria de ésta; Levante, por fin, se decidió
por asaltar los cuarteles, pero para ello hubo que enviar a los camaradas
fusiles y ametralladoras ( ... ); Madrid y sus frentes del Centro, destruidos
por la aviación ítalo-alemana, hubimos de mandar fuerzas y materiales...» El
propio frente de Aragón, donde había unos 30.000 milicianos, llegó a carecer
casi en absoluto de munición: «Hubiéramos necesitado seis millones de
cartuchos diarios y llegamos a no tener un solo cartucho ( ... ) Los gobiernos
demócratas burgueses nos impedían comprar y recibir material de guerra ... »
La
C. N. T. - F. A. I. dominaba el Comité Central de Milicias Antifascistas de
Cataluña y éste asumía la organización y dirección de la guerra en todo el
frente de Aragón, independizado del Estado Mayor central y del Ministerio de la
Guerra de Madrid. Continúa el
informe:
«Se
nos invitaba,, en fin, a quitar fisonomía agresiva a la revolución disolviendo
el Comité Central de Milicias Antifascistas. Se nos presentó la conveniencia
de reconstituir el gobierno de la Generalidad de Cataluña, presidido por
Companys, liberal burgués, que diese la sensación al extranjero de un
encauzamiento de la revolución por vías menos radicales ( ... ). Eramos una
potencia tan formidablemente organizada, usufructuábamos de una manera tan
absoluta el poder político, militar y económico en Cataluña, que, de haberlo
querido, nos hubiera bastado con levantar un dedo para instaurar un régimen
totalitario anarquista. Pero nosotros sabíamos que la revolución en nuestras
únicas manos había agotado todas sus resistencias y que del exterior los
anarquistas no habíamos recibido apoyos eficaces ni podíamos esperar
recibirlos... »
Es
una alusión al atentismo del proletariado internacional por la revolución española
y también al diletantismo de los sectores anarquistas del exterior.
El
gobierno central empezaba entonces a extender su garra dispuesto a envolver las
posiciones revolucionarias con un cerco de asfixia:
«Nuestras
columnas —prosigue el informe— , las más numerosas y las más combativas,
eran las que estaban más desatendidas por el gobierno, y se entraba ya en el
terreno de las intrigas persecuciones contra nuestros camaradas ( ... ). Desde
el poder se obstaculiza sin cesar la obra expropiadora y reconstructiva de la C.
N. T. Carecíamos de una base real Para la política de reconstrucción social:
el oro. A Cataluña se le negaban sistemáticamente dinero, mercancías y armas.
A Levante, lo mismo, y en general a todos aquellos sectores de la retaguardia
donde la C. N. T. privaba ( ... ). Marxistas y republicanos se confundieron en
un bloque, y como disponían del dinero y de las armas, iniciaban una política
de favoritismo entre sus partidarios, distribuyendo entre ellos los víveres, el
armamento, los mandos, los elementos de información y de transporte ( ... ).
Cataluña tuvo que organizar su comercio exterior compitiendo en el extranjero
con el resto del país, tanto para alimentar a sus ciudadanos como para atender
a las demandas del frente de Aragón ( ... ) los gobernantes, apoyados en
nuestros anhelos de no perturbar la unidad antifascista ni interrumpir las
relaciones oficiales con el exterior, abusaban de esa privilegiada oportunidad
[diplomática] para sabotearnos sañudamente en todos los terrenos ... »
He
aquí explicado oficialmente el por qué intervino el Movimiento Libertario español
en las responsabilidades del gobierno. Pasemos ahora a estudiar el cómo de la
intervención.
Pasaremos
muy por encima de la supuesta tentativa de golpe de Estado atribuida a la C. N.
T. - F. A. I. (agosto de 1936), de la que no hace referencia el documento que
estamos estudiando ni otros muchos ofíciales, más o menos íntimos.
Todo
arranca de un libro publicado en Francia por la ex diputado republicana Clara
Campoamor. Se basan en esta versión otros autores, como Rabasseire, Koltsov y
el mismo Carlos M.
Rama,
quien dice que el misterio quedará aclarado cuando se publiquen las inéditas
memorias de Largo Caballero.
Según
Campoamor, cuando la perdida de Badajoz (14 de agosto de 1936) la C. N. T. y la
U. G. T. se preparaban para derribar el gobierno del Dr. Giral para instalar una
Junta Revolucionaria en base a los sectores netamente proletarios. Los
republicanos quedarían excluidos. La Junta sería presidida por Largo
Caballero. Se dice que el plan no prosperó porque el presidente de la República
(Azaña) amenazo con la dimisión. Por otra parte, el embajador soviético
(Rosemberg) disuadió a los conjurados advirtiéndoles de las embarazosas
consecuencias internacionales de un golpe de Estado que quitaría a la República
el último vestigio de legalidad.
Haya
existido o no esta conspiración, lo cierto es que una de las aspiraciones de la
C. N. T. fue que los órganos de poder, de cualquiera suerte que fueren, debían
tener un carácter revolucionario proletario. Esta aspiración se ve clara en
los editoriales de la prensa libertaria de la época, de un sentido jacobino
inconfundible. El asunto paró finalmente en un gobierno presidido por Largo
Caballero, apadrinado por los soviéticos que de tiempo le tenían a aquél dado
el título de «Lenin español».
El
comunismo no contaba todavía con figuras propias de primer plano y acaso no las
tuvo nunca. El mismo Largo Caballero se había hecho el vocero de la «revolución
proletaria» desde la crisis interna del Partido Socialista, allá por 1933
3.
Los soviéticos hicieron un arma de su promesa de ayudar a la República diplomática
y militarmente, ante la insólita No Intervención de las potencias democráticas
occidentales. Esta ayuda militar de la Unión Soviética haría transigir al
presidente Azaña (y a sus amigos republicanos), quien el 4 de septiembre de
aquel año daba el espaldarazo al nuevo gobierno con seis ministros socialistas.
3
Es casi proverbial que durante su encarcelamiento por los hechos de octubre
Largo Caballero se atracó por primera vez de catequesis leninista.
Según
declaración del propio jefe del gobierno (el 2 de octubre a las Cortes
reunidas), el mismo había gestionado personalmente «que estuviera representado
[en el gobierno] el sector del proletariado que tiene arraigo en el país. En
principio se aceptó el ofrecimiento, pero después, organismos superiores lo
rechazaron».
En
otra declaración de Caballero (al Daily Express), reproducida en la prensa española
del 30 de Octubre, se dice: «Cuando el gobierno se estaba formando hace dos
meses, pedimos colaboración a la C. N. T., porque queríamos que el gobierno
tuviera representación directa de todas las fuerzas que luchan contra el
enemigo común».
Sea
porque no se estaba preparado o porque se manifestaran en su seno reparos por
los militantes de base, la C. N. T. declinó aquella vez su participación en
las responsabilidades ministeriales. Posiblemente había que vencer algunas
resistencias y vacilaciones. De vencerlas se encargaron los plenos de Regionales
celebrados en Madrid el 15 y el 28 de septiembre. El primero de estos plenos
elaboró un plan de reconstrucción del Estado «en un organismo nacional
facultado para asumir las funciones de dirección en el aspecto defensivo y de
consolidación en el aspecto político y económico».. Este organismo no se
llamaría «gobierno», sino Consejo Nacional de Defensa. Los ministros se
llamarían «delegados» y representarían tendencias políticas doctrinales y
no partidos (marxistas, cenetistas y republicanos) y los ministerios quedarían
transformados en «departamentos». El ejército se convertiría en «Milicia de
Guerra», la policía armada en «Milicia Popular» y los mandos militares en «técnicos
militares». Se mantenían como presidente del Consejo a Largo Caballero y como
presidente de la República al mismo Manuel Azaña. El programa económico
propiciaba la socialización de la Banca y de los bienes de la Iglesia, los de
los terratenientes, de la gran industria y comercio. Los sindicatos usufructuarían
los medios de producción y de cambio socializados, y quedaría oficializada la
libre experimentación revolucionaria económica popular que seria armonizada
con «la marcha normal de la economía».
El
pleno de 15 de septiembre dispuso someter este proyecto a la U. G. T., a la vez
como programa de alianza sindical.
Aparte
una cierta audacia de tipo económico, salta a la vista que el Consejo de
Defensa en el fondo no era más que un gobierno con otro nombre. Esta evidencia
dio a Largo Caballero el pretexto para rechazarlo. Era el encargado de recibir
el programa como secretario general de la U. G. T. El plan cenetista apenas
disimulaba un espíritu de capitulación a corto plazo, y ello no podía escapar
a la comprensión del jefe del gobierno y secretario de la U. G. T. De ahí que
fuese rechazado.
El
punto fuerte de los anarcosindicalistas eran los poderes autónomos de Cataluña
y Aragón y la configuración federalista que iba tomando la zona republicana.
Aparte de la autonomía de Cataluña, entonces más amplia que nunca, existía
un Estado autonómico de hecho en la parte de Aragón liberado. En Levante el
Comité Ejecutivo Popular había cerrado el paso a la junta Delegada del
gobierno central.
El
2 de octubre las Cortes concedieron la autonomía al País Vasco. A mediados del
mismo mes quedó constituido en Fraga el primer Consejo de Aragón
exclusivamente anarquista. En diciembre se formaría la Junta de Defensa de
Madrid y el Consejo Regional de Asturias.
Este
sarampión federalista, nunca tan vasto y tan netamente popular en la moderna
historia española, eran triunfos para la C. N. T. si hubiese ella conseguido
ligar en un bloque la aspiración autonomista. Pero el espectro revolucionario
que encarnaba la C. N. T. asustaba a los nacionalistas burgueses y tropezaba con
el centralismo congénito de socialistas y comunistas. Una de las paradojas que
cuesta comprender es que los autonomistas burgueses prefiriesen como compañeros
de viaje a los absolutistas comunistas. Así hizo el gobierno nacionalista y católico
vasco y así hizo el criptoseparatismo catalán. La agilidad de maniobra de los
comunistas aventajó en todo momento al oportunismo poco diestro de los
anarquistas recién convertidos a las artimañas políticas. Por otra parte
algunas de estas formas autonómicas cuajaron demasiado tarde como autonomías
de derecho. Por otra aún, el negocio de la guerra no favorecía la tesis de
descentralización del poder. Se estaba abocado a una saturación militarista,
la más adversa a toda forma política de libertad.
Terminado
el plazo de 10 días previsto para poder pulsar los resultados de la campaña
pro Consejo Nacional de Defensa, volvióse a reunir el Pleno Nacional de
Regionales de la C. N. T. en Madrid, éste profundamente sacudido por el
candente clima de guerra. El Pleno redactó un extenso manifiesto en el que se
lamentaba de la incomprensión e irresponsabilidad de los demás elementos
sindicales y políticos, que habían desdeñado el proyecto confederal: «La
responsabilidad que contraen ante la historia y ante su conciencia los que
pudiendo facilitar la creación del órgano nacional de Defensa no lo hacen es
inmensa».
El
manifiesto transpiraba por todas las líneas un ambiente de capitulación: «La
exclusión de un movimiento del volumen y la significación de la C. N. T. en la
dirección de la lucha equivale a parcializar esta misma dirección». Se daba
(pour sauver la face) un último aldabonazo a la sensibilidad revolucionaria de
la U. G. T.: «La C. N. T., que previó claramente esta situación, propuso en
su congreso de Zaragoza la Alianza Revolucionaria. Hoy redobla sus esfuerzos en
este sentido y cree que si la C. N. T. y la U. G. T. no se entienden la revolución
marchará a la deriva ...»
Hay
también en el documento una amenaza inofensiva: «Si lo que la C. N. T. no
quiere hacer en sentido de reivindicación integral de sus postulados lo hacen
otros con criterio de fracción y no de síntesis nacional, la C. N. T. pública
y solemnemente declina toda la responsabilidad de los fracasos que sobrevengan
[y] fiel a su tradición y a sus postulados, a las necesidades actuales
continuará prestando sus fuerzas sin regateos, de todo corazón, porque la
lucha contra el fascismo está por encima de todo».
Este
párrafo es una retirada en desorden. La retirada se acentúa cuando se anuncia
en el mismo documento la constitución del Consejo de la Generalidad (léase
gobierno de Cataluña) con participación cenetista, formado en el intervalo de
los dos plenos de Regionales. Formar el Consejo de la Generalidad como presión
para forzar la voluntad de Largo Caballero parece de una ingenuidad antológica.
Produjo lo que se esperaba: un resultado opuesto completamente. Más ingenuo
todavía era hacer pasar por «consejo» lo que era «gobierno» hecho y
derecho. «No se ha constituido un gobierno —trompeteaba el comité de la C.
N. T. catalana—, sino un nuevo organismo propio de las circunstancias que se
atraviesan, y se denomina Consejo de la Generalidad».
Este juego de palabras no podía engañar a nadie. Para empeorar la situación algunos anarquistas, ya al borde del Rubicón, lanzaban alborozados las campanas al vuelo: «Decir que la C. N. T. y los anarquistas no son políticos y que ahora quieren serlo, por reclamar participación en la fábrica gubernamental, es como decir que los libertarios hemos de desempeñar la misión que en la sociedad burguesa desempeñan los asalariados... » 4
4
Federico Urales, en Solidaridad Obrera de aquellos días.
Está
claro que la C. N. T. sólo quería cambiar el nombre de pila al gobierno antes
de ingresar en él con todas las consecuencias. Los políticos catalanes no
tuvieron inconveniente en dar esta mínima satisfacción a la C. N. T.,
convencidos que estaban de que las aguas, a corto plazo, irían a su molino.
Largo Caballero, apoyándose en estas mismas razones, optó
porque el fruto cayera de su propia madurez. No se tomó la molestia de
transigir.
El
informe al congreso de la A. I. T., ya referido, revela que de antemano la
participación confederal en el gobierno ya estaba decidida (desde el 28 de
septiembre). Si la rendición no se produjo hasta el 4 de noviembre (dos meses
exactamente después de la formación del gobierno de Caballero) fue debido a un
regateo sobre el número de ministerios que la C. N. T. reclamaba y no le concedían:
«No relataremos ahora —sigue el informe a la A. I. T.— la multitud de
inconvenientes que desde las altas esferas políticas se atravesaron al camino
de nuestras aspiraciones legitimas. Fueron éstos bien evidentes al tratar de la
proporcionalidad en la representación gubernamental».
La
C. N. T. reclamaba seis ministerios, tantos como detentaban los socialistas, y
tuvo que conformarse con cuatro: Justicia, Sanidad, Industria y Comercio. En
realidad no eran más que dos ministerios. Industria y Comercio siempre habían
sido un solo ministerio. Sanidad nunca fue un ministerio, sino Dirección
General de Sanidad. Sin embargo, los socialistas siguieron acaparando seis de
los principales ministerios: Guerra, Marina y Aire, Estado, Hacienda, Trabajo y
Gobernación, además de la presidencia. Se amplió el gobierno con tres
ministros sin cartera para que el número de representantes republicanos fuese
también de seis. Los comunistas conservaron los ministerios de Agricultura e
Instrucción Pública que ya detentaban.
Siempre
según el informe del Comité Nacional al congreso de la A. I. T., el acuerdo de
intervenir en el gobierno de Cataluña fue
tomado por «un pleno regional de Cataluña de Comités Locales y
Comarcales que tuvo lugar en el mes de agosto». La intervención en el gobierno
central se acordó en un Pleno Nacional de Regionales: «El Pleno Nacional de
Regionales celebrado en Madrid el 28 de septiembre de 1936, informado de las
gestiones realizadas por el Comité Nacional de la C. N. T. para lograr la
formación del Consejo Nacional de Defensa, vistas las dificultades que para
ello se encontraban y ante las necesidad apremiante de intervenir directamente
en la dirección de la guerra, la política y la economía, con objeto de evitar
el continuo sabotaje que se hacia a nuestra organización, colectividades y
columnas militares, daba un Amplio voto al Comité Nacional para que, ante la
imposibilidad de constituir el Consejo Nacional de Defensa, acordado en el pleno
del 15 del mismo mes, pudiera ser lograda la intervención de la C. N. T. en el
gobierno».
En
el mismo informe al congreso de la A. I. T. el Comité Nacional reitera sus
protestas de federalismo funcional: «Algunos camaradas en el exterior se han
hecho eco de ciertas habladurías según las cuales en la C. N. T. se
abandonaron las normas federalistas. Se agrega en esas críticas que son los
comités los que actúan por su cuenta y riesgo, imponiendo sus decisiones a la
base. Importa mucho desmentir tales infundios».
Seguidamente
se hace constar que desde el 19 de julio de 1936 al 26 de noviembre de 1937 se
celebraron en España 17 Plenos Nacionales de Regionales y «suman decenas los
plenos en cada región de Locales y Comarcales ( ... ) y varios Congresos
Regionales de Sindicatos». Además, «el actual Comité Nacional, que actúa
desde noviembre de 1936, ha remitido a la organización 110 circulares dirigidas
a los sindicatos, y desde el 4 de octubre hasta el 17 de noviembre, 14
circulares dirigidas a las Federaciones Locales y Comités Comarcales».
Se
añade que desde el 18 de mayo de 1937 hasta el 21 de octubre del mismo año se
han «remitido 21 números del Boletín Informativo», y desde el 8 de junio al
7 de noviembre, 15 números del Boletín de Orientación Interna. «Y últimamente
3 números de un Boletín dirigido a los sindicatos en el cual se hace un
resumen sintético de las actividades del Comité Nacional».
En
cuanto a los plenos celebrados, el mismo informe previene que en «una etapa
como la actual, rodeados de adversarios políticos y de enemigos emboscados,
ante un aluvión de ingresos en la Organización sobre los cuales no ha sido
posible efectuar una investigación a fondo para conocer su exacto pensamiento y
todos sus antecedentes, hay que comprender con qué facilidad al discutir los
problemas aun en reuniones de militantes, el adversario y el enemigo los conoce
inmediatamente de adoptarse las resoluciones».
Más
abajo prosigue: «No puede escapar a ninguno de vosotros que los problemas que
deben de estudiarse en una situación como la que se atraviesa en España, son a
veces tan complicados y delicados que sólo deberían ser conocidos de la vieja
militancia de antes del 19 de julio».
Seguidamente
se explica cómo se preparan los Plenos Nacionales de Regionales: «El Comité
Nacional los convoca por circular, con el orden del día correspondiente y el
informe adjunto. Los Comités Regionales pasan la circular a las Federaciones
Locales y Comarcales o a los Sindicatos, según lo delicado del orden del día.
Convocan reuniones amplias de militantes, en las cuales se discute el orden del
día, adoptándose resoluciones que son después defendidas en los Plenos
Regionales de Locales y Comarcales, cuyas determinaciones son defendidas a la
vez por las delegaciones de los Comités Regionales en los Plenos Nacionales de
Regionales. De esta forma, siempre partiendo del principio del
anarcosindicalismo, de la ley de mayorías, se adoptan resoluciones a tenor de
la discusión e intervención de la militancia en todos los problemas».
Nadie
mejor documentado que un espía. Para todo buen conocedor de la mecánica
confederal clásica esta detallada explicación no demuestra más que una cosa:
que en la C. N. T. de aquella época el federalismo funcional se hallaba
completamente suprimido. Este exceso de circulares enviadas a los sindicatos por
el Comité Nacional demuestra que éste se había erigido en máquina de
consignas. No es regular que un comité superior se relacione directamente y con
tanta frecuencia con los organismos de base y utilice a los comités intermedios
como estafeta postal. Las relaciones normales de los comités superiores son con
los comités intermedios por escalafón inmediato. Lo mismo puede decirse del
exceso de Plenos Nacionales, sobre todo cuando no tienen su motivación en la
verdadera base orgánica: la asamblea de afiliados. El Comité Nacional convoca
esos plenos mediante una circular con el orden del día. Sí se quiere
significar que el Comité Nacional establecía él mismo el orden del día,
diremos que esta práctica es antifederalista. El orden del día es norma que se
forme según las sugerencias procedentes de los sindicatos. Pero esto no es lo más
grave. El Comité Nacional confiesa que sus circulares son enviadas «a las
Federaciones Locales y Comarcales o a los Sindicato según lo delicado del orden
del día». Quiere decir que si el orden del día es «delicado» la circular no
llega hasta el sindicato. Luego los asuntos «delicados» planteados a la
organización eran resueltos por los Comités mediante la colaboración de «reuniones
amplías de militantes» de la vieja guardia. Pues bien: una organización donde
solamente opinan y deciden los militantes es una organización de militantes, de
élites o, si se prefiere, una organización donde sólo deciden las minorías.
Resulta un sarcasmo hablar aquí del «principio del anarcosindicalismo de la
ley de mayorías», y sarcasmo es hablar de «amplías reuniones de militantes
de la vieja militancia de antes del 19 de julio». Esto quiere decir que ni
siquiera todos los militantes de antes del 19 de julio eran aptos para opinar en
ciertas cuestiones, sino que sólo la «vieja militancia» de antes del 19 de
julio, es decir: los escogidos entre los escogidos. ¿Será necesario decir aquí
que el consejero de Economía del primer gobierno de la Generalidad,
representante de la C. N. T., Juan P. Fábregas, era un ilustre desconocido
hasta por muchos viejos militantes de antes del 19 de julio? Esto quiere decir
que no era de rigor la calidad de viejo militante para intervenir en las «delicadas
deliberaciones ». Por otra parte, las columnas confederales que luchaban en los
frentes estaban repletas de estos «viejos militantes» que no intervenían de
ninguna manera en los problemas políticos. Por el contrario, en los comités
subalternos de la organización, abundaban, por una razón muy natural, los
militantes de después del 19 de julio. Con lo que no es arriesgado afirmar que
las resoluciones trascendentales de la organización eran adoptadas por los
comités y muy excepcionalmente por la base orgánica. De ahí la abundancia de
Plenos de Locales, Comarcales y Nacionales.
Se
puede afirmar con fundamento que las necesidades de la época exigían una
agilidad de movimiento en la mecánica orgánica y que era necesario tomar las
precauciones pertinentes para evitar ciertas filtraciones impertinentes. Con
decir que estas necesidades invitaban a dejar de lado el viejo federalismo estábamos
al cabo de la calle.
Pero
no se puede tildar de «habladurías» e «infundios» ciertas críticas;
afirmar que la C. N. T. «sigue siendo la organización de desenvolvimiento
federalista» y a renglón seguido demostrar todo lo contrario con las propias
palabras. El gran pecado de la delegación española que asistió en 1937 al
congreso de la A. I. T. (formada por José Xena, David Antona, Horacio M. Prieto
y el secretario general Mariano R. Vázquez) no consiste sólo en hacer patente
la impotencia de la C. N. T, para salir airosa de una avalancha de problemas y
situaciones de difícil y hasta de imposible solución sin quebranto para los
principios, sino en denostar estos principios por no tener la capacidad, la
firmeza o la posibilidad material para salvaguardarlos. Otro de sus grandes
pecados fue su pretensión en querer acomodar los estatutos de la A. I. T. a la
trayectoria de una C. N. T. new look, poniendo sobre la mesa de votación su
millón y medio de afiliados
5.
5
Este
último pecado lo consumó otra delegación de la C. N. T. al siguiente congreso
de la A. I. T. a cuya presión tuvo este que modificar ciertos aspectos de sus
estatutos, Posteriormente, en el primer congreso celebrado por la A. I. T. después
de la segunda guerra mundial, la mancha estatutaria fue borrada a instancias de
la propia C. N. T. ya recuperada.
En
el informe que analizamos hay confesiones de impotencia que conmueven por su
profunda sinceridad. Todos comprendemos perfectamente que en el fondo de aquella
etapa de colaboración hubo un encadenamiento de situaciones que tirando una de
otras colocaron a la C. N. T. en una dramática encrucijada moral y
materialmente impotente. Creo que se trata de un proceso común a todas las
grandes revoluciones de la historia. El principio, revolucionario mismo saldría
muy mal parado de un análisis procesal profundo.
Ya
hemos dicho que la reacción psicológica que estamos estudiando fue en el fondo
profundamente humana por la categoría de los obstáculos interpuestos. A la
distancia de tantos años, creo que quienes estuvimos en todo momento frente a
la tesis gubernamentalista no hubiéramos podido dar a los problemas planteados
otra solución de recambio que el gesto estoico o numantino. Creo, inclusive,
que hubo una complicidad inconfesada en muchos militantes enemigos de la
colaboración, quienes gritaban sus santas iras al mismo tiempo que dejaban
hacer. Y, sin embargo, eran también sinceros a su manera; sinceros en su
impotencia. Ninguna solución podían ofrecer que salvase a la vez tantas cosas
preciosas como eran: el triunfo de la guerra contra el fascismo, la marcha hacia
adelante de la revolución, la fidelidad integral a las ideas y la conservación
de la propia vida. Y a falta de un poder taumatúrgico o sobrenatural, estos
hombres se consolaban a si mismos aferrados a la bandera de los principios.
Entre
estos hombres, pocos o muchos, los había cuya negación, estoicismo o
numantismo no puede desdeñarse a la ligera. Para ellos la única solución
consistía en marcar el presente de una huella indeleble sin comprometer el
futuro de la organización. Las experiencias revolucionarias de tipo
constructivo: colectividades, creaciones artísticas y culturales, ejemplos de
vida libre y solidaria, son el tipo de huella indeleble capaz de sobrevivir a la
más feroz contrarrevolución. No comprometer el futuro actuando positivamente
significa mantenerse fuera del torbellino de las intrigas, evitar la complicidad
contrarrevolucionaria en el seno de los gobiernos, preservar a la organización
que se ama y a sus militantes del vértigo de la vanidad gubernamental o de la
situación de nuevos ricos, evitar el contagio de un mundillo de bajos apetitos
con vistas a ese mañana eterno como el espacio y el tiempo, en que todos hemos
de ser juzgados por nuestras obras y no por el estrépito de nuestra capacidad
silogística.
En
una revolución hay que distinguir dos cosas: la obra constructiva en lo moral y
en lo económico, la consecuencia en la integridad incorruptible; y el destino
propio de la revolución como fenómeno anecdótico. No siempre se puede dominar
convenientemente el destino de una revolución política que tiene, según
parece, sus leyes propias de Levante y Poniente, de aurora, cenit y ocaso. Pero
podemos hacer que permanezcan vivos los vestigios edificantes entre las cenizas
de la revolución malograda. Este saldo de vestigios permanentes es tal vez la
única revolución real y positiva.
¡Pobre
de la revolución que para salvar su finalidad suprema se devora a si misma! ¡Pobre
de la revolución que aguarda al triunfo final para realizarse!
A
pesar de todos los inconvenientes y torpezas, la revolución española tuvo el
acierto de realizarse a sí misma. La obra revolucionaria de las
colectivizaciones será su huella indeleble en el espacio y el tiempo.
Lo
demás pasará a la posteridad como un mal sueño. Pasarán también al olvido
los que, sintiendo la nostalgia de unas muy anchas casacas ministeriales y unos
uniformes militares no menos fugaces, sueñan todavía, al cabo de cerca de
cuarenta años, en un partido político libertario imposible, porque el
movimiento libertario español tiene raíces históricas, psicológicas y
populares profundas cuyo desarraigo es su muerte.
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